De Rossini a Salvini, la forja de los europeos

Internacionales - España
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Matteo Salvini, líder de La Liga, en una rueda de prensa el pasado martes, en Roma.
Matteo Salvini, líder de La Liga, en una rueda de prensa el pasado martes, en Roma.
DPA vía Europa Press / Europa Press

Esta vez, la Unión Europea contempló con detenimiento su sombra y dio un gran salto hacia el otro lado.

Aprendida la dolorosa lección de responder a depresiones económicas con austeridad, titubeos y medidas de distanciamiento político, esta vez los socios optaron por un estímulo decidido e integrador. La emisión de deuda por parte de instituciones comunes es un paso integrador que pasará a la historia como el mayor de las últimas décadas junto a la institución de la divisa común euro y de la libre circulación en el espacio Schengen. ¿Qué impacto tendrá este gran movimiento en los euroescépticos del club?

El euroescepticismo es una fe con muchas iglesias. Para algunas de ellas, el acuerdo de esta semana es un tremendo jarro de agua fría política; para otras, gasolina para la hoguera. Veamos.

Italia y España. El pacto sobre el Fondo de Reconstrucción europeo prevé que Roma recibirá 209.000 millones de euros –de los cuales 81.000 subsidios-; Madrid, unos 140.000 –de los cuales 72.000 subsidios-. En total, los dos países recibirán la mitad del total del fondo. La lluvia de dinero es de tal magnitud –y la parte de subsidios tan cuantiosa- que la posición política de los euroescépticos de ambos países resulta sustancialmente insostenible. Matteo Salvini, líder de la Liga, optó no obstante por mantener una posición ácida, calificando el acuerdo de “gran trampa” o “timo como una casa”. En España, los dirigentes de Vox trataron de poner el foco en la presunta ineficacia negociadora del Gobierno de Sánchez y la contención de los fondos para la política agrícola en el presupuesto para el próximo septenio que se aprobó junto con el fondo de reconstrucción. En ambos casos, es muy razonable pensar que la bandera euroescéptica será mucho más difícil de levantar en los próximos años.

Alemania y Holanda. Muy diferente es la situación de AfD en Alemania o del partido de Geert Wilders en los Países Bajos. Aunque el acuerdo final contiene mejoras desde el punto de vista de los euroescépticos de esos países –reducción del monto de subsidios desde los 500.000 millones de la propuesta inicial a 390.000; consolidación de cheques que rebajan la exposición como contribuyentes netos de ambos países- es evidente que el gran paso de solidaridad que implica el fondo es munición para críticas. Wilders sostuvo que el primer ministro Rutte se ha “arrodillado” ante los socios al aceptar “390.000 millones de euros en regalos para el Sur de Europa”. Calificó el asunto de “locura”, alegando que se tirarán “a la basura miles de millones que se deberían haber gastado” en los Países Bajos. Alice Weidel, líder de AfD en el Bundestag, también criticó los “regalos” y acusó a la canciller Merkel de haber renunciado a defender los intereses alemanes. Ambos soslayan el enorme beneficio que sus países extraen del mercado común y la manga ancha de Bruselas a la hora de autorizar cuantiosas ayuda de Estado. Según como sea el desarrollo de los próximos años, en cualquier caso, está claro que estos partidos tienen una baza importante que jugar.

Este. En la muy peculiar iglesia del euroescepticismo oriental, el acuerdo de esta semana tiene características muy peculiares. Los gobernantes de Polonia y Hungría exhiben el triunfo de haber evitado la vinculación de fondos con el respeto de valores democráticos y estado de derecho. Polonia además mantiene cuantiosas ayudas, pese a ser una de las economías menos golpeadas por la pandemia (igual que lo fue en la crisis que empezó en 2008). A la vez, la actitud generosa de la UE será en los próximos años un activo para todos aquellos que, en esos países, defienden la aventura integradora.

Francia. En la segunda potencia del club europeo, Marine Le Pen ha aprovechado el acuerdo para cargar contra la posición del presidente Macron y una posición que, según su punto de vista, no tuteló los intereses franceses, en las cuantías percibidas y especialmente en la cuestión de la política agrícola, pilar central de los intereses galos en la UE. Calificó el pacto como “el peor para Francia en la historia de la UE” y acusó al presidente de sacrificar los intereses nacionales en nombre de su ego. El desempeño de la economía francesa determinará cuánta fuerza tendrán estos argumentos en el futuro.

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