Y si el confundido es Alberto…

Ernesto Bobek Cáceres
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Alberto Fernández es un hábil operador político. El ofrecimiento de CFK para que encabece la fórmula presidencial seguramente lo tomó tan de sorpresa a él cuanto a todos los argentinos. Hay que reconocer que hizo una movida brillante, prueba de lo cual es la cantidad de votos que logró la fórmula. Por Ernesto Bobek Cáceres-TNA-

Pero así como de sorpresiva fue su candidatura, lo fue luego la irrupción de la pandemia de Covid-19. Hasta ese momento las nuevas autoridades solo se ocuparon de acusar al gobierno anterior del desastre económico que le dejaron de herencia, obviando que las peores desgracias económicas a lo largo y ancho del país y por décadas se generaron en gobiernos peronistas. Prueba de ello son provincias sumidas en la miseria, mientras sus gobernadores -caudillos peronistas- están en sus cargos por más tiempo del aconsejable, atribuyéndose además haber hecho algo más que nombrar amigos y obsecuentes, y repartir planes y beneficios en canje de votos, todo pagado con fondos de la coparticipación federal. No generaron absolutamente ningún valor agregado a las economías provinciales desde su gestión.

Alberto Fernández no puede ni referirse a estos temas ya que tocaría temas sensibles al movimiento justicialista, peronista, kirchnerista o como se lo quiera denominar.

El Covid, indudablemente un enorme drama para cualquier sistema sanitario y económico, le sirvió de coartada para no desnudar su absoluta inacción e imposibilidad de gestión. Nadie pudo pretender que un operador político condicionado se convirtiera en un gestor de políticas públicas. Sería como encargarle una central atómica a un electricista de barrio, -dicho ello con mi mayor reconocimiento a los electricistas que nos han sacado de apuros una y mil veces-.

Además de la pandemia, al presidente se le presentan dos frentes complejos, sobre todo si no tiene el asesoramiento adecuado o -peor aún- imposiciones. La deuda y default, potenciados con el Covid y un tema casi intrascendente que el mismo gobierno se ocupó de poner caprichosamente en primera plana en situación de alarma y pánico, como lo es el concurso de la empresa Vicentín, nos lleva hoy a preocuparnos por la salud institucional de la República.

La gran prioridad es acordar con los acreedores en forma racional. No hacerlo nos deja fuera del mundo. Claro que muchos funcionarios de este gobierno aplaudirían un corte de manga internacional como bravata y actitud propia de matones de poca monta.

El segundo tema lo generó sin dudas CFK, quien buscando revancha de la ya histórica 125/08, obligó al presidente que ella misma eligió a intervenir en un concurso de acreedores con juzgado y sindicatura asignados, violentando la división de poderes y el orden constitucional al entrometerse donde no puede ni debe.

Cuando no la oposición, sino los ciudadanos le hicieron saber que se estaba electrocutando, reculó en pantuflas y se aferró a una “solución” sugerida por el gobernador Perotti, que no soluciona absolutamente nada,
Para dejar en claro quién manda, CFK lo mandó a decir que si no se aceptaba la solución de intervención de la empresa, no quedaba más remedio que expropiar. Ni una ni otra. Ambas medidas son ilegales por más que se las pretenda camuflar.

La movilización que generó el banderazo y la verdadera furia de la gente deberían llevar al presidente a replantearse quién es el equivocado. Que recuerde que nos observa el mundo, que nos puede tirar una cuarta o dejarnos empantanados en ese falso orgullo progrepopulista.

Es válido preguntarse si intentó escuchar la voz del soberano, y sobre todo la de los ciudadanos productivos, -esos que bancan el gasto público mayormente inútil pagando impuestos bizarros- muchos que no tienen campo ni jardín, y con tierra solo en alguna maceta. Esto los habilita a exigirle que conduzca para todo el país, y no solo para algunos. Permítales por una vez y si hace lo que debe, sentirse orgullosos de su presidente.

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