Del 25 de mayo de 1810 a otro, pero de 1982, donde en la guerra por Malvinas se hundía al Atlantic Conveyor

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"No podían creer lo que estaban viendo. Tantas veces habían deseado vivir ese momento que les parecía estar soñando… Relatado por su protagonista: Cap. De Corbeta de la Armada Argentina (RE) Julio Barraza VGM*

El sol del veinticinco viene asomando tímidamente en Purmamarca. Los cerros van despertando y recuperando poco a poco su colorido y majestuosidad. Don Manuel Arredondo ya tomó mate, ensilló el zaino y se prepara para ir al pueblo a la ceremonia del 25. Ya viene clareando en Villa Mercedes y Gabriela Ponce, maestra de segundo grado, plancha su guardapolvo para la ceremonia del día patrio. El sol ya despuntó en Monte Longdon. Jorge y sus compañeros de pelotón ya pueden ver claramente hacia el oeste desde su posición.

Los aviones Harrier y Sea Harrier embarcados en la Isla Ascensión y que operaron en mayo desde el mercante.

En Río Grande, el veinticinco de mayo amaneció gris y con la niebla típica de esta época del año. El frío se sentía en la cara y en las manos. Sin embargo, había un frío diferente que calaba en lo más profundo de cada uno: el frío de saber que la muerte está rondando. El “pelado” García y sus huestes –los mecánicos y los de armamento– madrugaron muy temprano para reagrupar los aviones en la plataforma frente al hangar, prepararlos y dejarlos en condiciones de vuelo.

Hacía ya varias noches que corrían rumores de ataques de comandos ingleses. Y no era para menos: esa pequeña base en la Isla Grande de Tierra del Fuego albergaba un puñado de aviones que provocaban nerviosismo y ansiedad en los británicos: los Super Etendard. Sabían que los ingleses querían dejar fuera de combate a los “Super” en tierra porque representaban la mayor amenaza para su Fuerza de Tareas, así es que todas las noches se desparramaban por distintos lugares de la Base para tratar de ofrecer un blanco disperso en caso de que fueran atacados en tierra.

Los estoicos patriotas de armamento eran los encargados de sacar los misiles Exocet de los contenedores presurizados y colocarlos en los dos aviones preparados para volar ese día: el 2-A-203 y el 2-A-204. Luego, desplegaban sus maletitas negras y realizaban toda una secuencia de pruebas electrónicas para dejarlos en condiciones operativas.

Pin en Malvinas

Toro y Mate ya sabían para ese entonces que eran la pareja que debía salir ese día y, lógicamente, se vistieron para la ocasión: calzoncillos largos, camiseta “strindex”, medias gruesas y encima de todo eso, el ponderado traje anti-exposición o “goma”, como se le conocía en el vernáculo aeronaval. Se suponía que la goma permitiría prolongar la supervivencia en las heladas aguas del Atlántico Sur, escenario sobre el que volarían, una hora más. La realidad, seguramente, era mucho menos.

En la salita improvisada de Operaciones ya se respiraba adrenalina. Repasaron procedimientos de vuelo, de ataque, de emergencias y actualizaron información del enemigo. El vuelo se iba a realizar en total silencio electrónico y de comunicaciones.

Se encaminaron hacia los aviones y no escaseaban los saludos y deseos de suerte y de éxito en la misión que iban a ejecutar aquel 25 de mayo. Hacen la inspección visual externa alrededor de cada avión y se montan.

El letal ataque al Atlantic Conveyor: el error estratégico que les ...
El mecánico les ayuda a amarrarse al asiento eyectable. Ponen en marcha, cierran las cabinas y comienzan a preparar los aviones para iniciar el carreteo, pero nadie da la seña. Expectativa e intriga. Veinte minutos de espera en plataforma y les ordenan apagar motores.

Desensillaron y bajaron con todo el equipo. En la salita de Operaciones, Colombo, su comandante, les comunica que el “tanquero” KC-130 de la Fuerza Aérea que tenía que reabastecerlos en vuelo a 20.000 pies de altura y a 200 millas al este de Puerto Deseado, no estaba disponible en esos momentos. Ya era casi mediodía y les ordenan ir a comer para estar listos a salir lo antes posible.

Cuarenta minutos después, volvieron al hangar, se subieron a los aviones, pusieron en marcha, y esta vez sí, los mecánicos les hicieron la seña de iniciar el rodaje. Se alzaron los brazos y se iluminaron los rostros de aquel puñado de hombres dela Segunda Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque que ponían todo de sí para contribuir al éxito de una misión. Alivio, al menos, de saber que se daban los primeros pasos, pero ansiedad e incertidumbre por todo lo que quedaba por delante.

Listos para el despegue en cabecera. Señas con las manos y potencia al máximo. Afuera el trueno de dos nobles turbinas. Adentro el galope de dos corazones valientes. Soltaron los frenos y pronto levantaron vuelo.
Mar y cielo. Cielo y mar. Inmensa masa gris azulada, uniforme y apacible.

Cubiertos por fundas y embalados, así viajaron los aviones de guerra. A los helicopteros se les extrajeron los rotores.

No parece ser el escenario de una guerra. Lo que sigue salió como tenía que salir ya que lo habían practicado cientos de veces. Se encontraron con el KC-130 y se reabastecieron, uno de cada lado. Descendieron suavemente hacia el este y comenzaron la fase de ataque. Perfil bajo para evitar ser detectados y acercarse sigilosamente a un punto que supuestamente se encontraría a unas 50 millas de un blanco. Blanco que había sido designado indirectamente por información del radar de Puerto Argentino: se detecta una concentración de actividad de despegue y aterrizaje de aviones y helicópteros a unas 100 millas al noreste.
El mar apenas encrespado con suaves olas y un pálido sol austral a sus espaldas. Repaso de la lista de chequeo. Preparación final para el lanzamiento del misil.

A muy baja altura, dos saetas descuentan distancia aceleradamente. Cuando llegan a las 50 millas previstas, con un doble pulsado del botón de radio, sincronizan un ascenso hasta unos 300 pies, lo suficiente como para permitir aumentar el horizonte radar y confirmar el blanco. Dos barridos del radar y no podían creerlo que estaban viendo. Tantas veces habían deseado vivir ese momento que les parecía estar soñando. En pantalla aparecieron tres ecos: uno grande en el centro y dos chicos, uno arriba y otro abajo. Toro rompió el silencio diciendo: “al más grande”. Por un segundo pensaron que podía ser el Invencible… y que tal vez podían llegar a cambiar el curso la guerra. Una gota de sudor corre por la frente de Mate y se le mete en el ojo izquierdo.

El mercante Atlantic Conveyor de la compañia Cunard fue requisado los primeros días de abril de 1982 como buque de apoyo y modificado para que pudiera operar como plataforma de Sea Harriers y helicópteros durante la Guerra de Malvinas.

Los radares quedaron “enganchados” tras un gatillazo, y a partir de allí fue cuestión de seguir los procedimientos previstos, oprimir el botón de lanzamiento y esperar. Esperar y seguir esperando, y es que a pesar de que el corazón latía agitadamente, el tiempo pareció detenerse... Tres segundos que parecieron una eternidad. Con el rabillo del ojo, Mate ve salir el misil de Toro y en ese momento oye un estampido y siente un fuerte sacudón: su dardo letal dejó la nave madre, cayó unos metros, inicialmente, y se aceleró rápidamente dejando una estela blanca.

En Plaza de Mayo, todas las palomas remontan vuelo alrededor de la plaza y se oyen las campanas de San Ignacio dar las 4 y media de la tarde.
Los misiles se encaminan raudamente hacia el blanco. Toro y Mate giran cerradamente hacia la izquierda buscando el rumbo opuesto a toda velocidad.

Mar dorado. Cielo púrpura. El sol del veinticinco ya viene bajando. La flota inglesa sabe que está siendo atacada. El Capitán Ian North subió al puente hace menos de cinco minutos y espera, pero la suerte está echada: él y once tripulantes del Atlantic Conveyor tienen hoy una cita puntual con el Eterno.

El sol del veinticinco sigue bajando. Juan Carlos se apura para llegar pronto a su casa en Caleta Olivia. Su hijo le pregunta si los soldados ya habrán recibido el paquete con chocolates que prepararon en la escuela. Las sombras del veinticinco van acentuándose en Yapeyú. Marcelo termina su cigarrillo mientras piensa en su hermano Daniel. En Isla Borbón ya casi es de noche, Daniel levanta los ojos al cielo y antes de rezar un Padre Nuestro piensa: “espero que este no haya sido un 25 de mayo cualquiera…”. *Crédito del post original Oscar Héctor Filippi*


Ese 25 de Mayo también…

Día de gloria para la FAA. Aviones argentinos (*A-4 C , A-4 B y Super Etendard de la Aviación Naval*) averiaron a 3 fragatas misilísticas (*HMS Fearless 12,25 hs, HMS Avenger 12,25 hs y HMS Broadsword 15,22 hs*). Hundieron además al transporte pesado *RFA Atlantic Conveyor* ( 15.22hs) (tonelaje similar al de un portaaviones) y al destructor *HMS Coventry* (16.20hs) (se hundió en menos de 20 minutos con una tripulación de 302 hombres).

En medios aeronáuticos argentinos se consideró que la de hoy fue la incursión más eficaz lanzada sobre la flota inglesa.
La aviación inglesa ataca Puerto Argentino, *pierde 3 Harrier*.


Reaparición de 2 pilotos argentinos que el lunes se habían eyectado de sus aviones. Según se informó uno de ellos es el *Capitán de Corbeta Jorge Alfredo Philippi*, *Jefe de la Escuadrilla de aviones A4-Q Skyhawk de la Armada*, a quien en principio se lo presumía desaparecido, pero hoy sus familiares precisaron que está en buen estado de salud, alojado en una estancia del archipiélago.

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