21 días en coma y con "pesadillas horribles": la odisea de una joven embarazada que le ganó la batalla al coronavirus

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-Te vamos a conectar a un respirador

-¿Me tienen que dormir?

- Sí

- ¿Por cuánto tiempo?

- No sabemos, uno o dos días

Natali Levy (32)

-Te vamos a conectar a un respirador

-¿Me tienen que dormir?

- Sí

- ¿Por cuánto tiempo?

- No sabemos, uno o dos días

Natali Levy (32)

cerró los ojos embarazada de 13 semanas y sin diagnóstico. A las pocas horas, le confirmaron a su familia que su hisopado había dado positivo. Tenía coronavirusy un daño pulmonar severo. El pronóstico era poco alentador. Su mamá, Liliana, escuchó a los médicos decir que no había mucho por hacer.

“Todavía no llegué a procesar todo lo que me pasó”. La que habla ahora con Clarín es Natali, que finalmente salió del coma inducido, no a las 24 ni 48 horas. Despertó 21 días más tarde. “Tenía los brazos atados a la camilla, lo primero que pedí fue que me soltaran para tocarme la panza y sentir a mi bebé”, recuerda la mujer que estuvo 45 días internadas.

Natali junto a su marido Marcelo. La joven embarazada se contagió coronavirus y estuvo 21 días en coma. Serán padres en octubre. (Foto: Juano Tesone)

Natali junto a su marido Marcelo. La joven embarazada se contagió coronavirus y estuvo 21 días en coma. Serán padres en octubre. (Foto: Juano Tesone)

Un año con lo mejor y lo peor

Su 2020 había empezado con una gran noticia: por fin, después de varios tratamientos fallidos, estaba embarazada. Pero no en Argentina. Había viajado a Israel para la fertilización asistida. La elección del lugar había tenido que ver con experiencias positivas de parejas amigas. Como plus, sabía que iba a estar acompañada ya que parte de su familia vive en ese país. 

“La idea era transitar el primer trimestre allá. Mi marido, Marcelo, iba a viajar para encontrarse conmigo y teníamos armadas unas pequeñas vacaciones, con festejo incluido por el bebé en camino”, cuenta Natali, que es judía ortodoxa.

Pero no pudo hacer nada de lo que había planificado. De repente, se encontró con que estaba embarazada, a 12.000 kilómetros de su hogar y del papá de su hijo y en cuarentena​.

“Por la pandemia, Marcelo no podía entrar a Israel y yo no sabía si subirme a un avión y cruzar el océano estando embarazada y con el riesgo de contagiarme coronavirus. Por Europa no se podía pasar. Había que hacer escala en San Pablo y, para ese momento, Brasil ya era considerada una zona peligrosa”, relata.

El mundo se empezaba a cerrar y un día recibió el ultimátum del consulado argentino en Israel​: “Te queda esta semana para volver, después se cortan los vuelos”, le advirtieron. Ella no quería gestar y parir lejos. Lo hablaron con su esposo y sacó pasaje.

“Tomé todas las precauciones. Usé barbijo, anteojos, alcohol en gel, toallitas desinfectantes. Pensé que, por ser joven, no me iba a pasar nada grave. No sabía que los medicamentos que había consumido para quedar embarazada podían afectar mis defensas y complicar la situación”, adelanta.

Embarazo, fiebre y Brasil

El martes 24 de marzo aterrizó en el aeropuerto de Ezeiza sin síntomas. Pero la alegría del reencuentro duró poco. Ese viernes por la noche empezó a sentirse mal. “Me dolía el cuerpo, mucho. No podía mantenerme sentada”, señala.

Se acostó y le subió la temperatura. Llamó al 107. “Hasta que no tengas más de 38 no podemos hacer nada”, le dijeron. Hizo una videoconsulta médica a través de su prepaga: le indicaron que tomara paracetamol. Con el antitérmico no logró frenar la evolución del cuadro y llegó a los 38 grados.

“Vivo a dos cuadras del Instituto Argentino de Diagnóstico y Tratamiento (IADT) así que esperé unas horas y decidí acercarme a la guardia”, cuenta.

Dijo "embarazo, fiebre y Brasil" y terminó dentro de un box. “A partir de ahora quedás aislada”, le informaron desde afuera por un intercomunicador. No pudo despedirse de su marido.

Natali junto a su marido Marcelo y su mamá Liliana. La joven embarazada se contagió coronavirus y estuvo 21 días en coma. (Foto: Juano Tesone)

Natali junto a su marido Marcelo y su mamá Liliana. La joven embarazada se contagió coronavirus y estuvo 21 días en coma. (Foto: Juano Tesone)

En adelante, se activó el protocolo. Le hicieron el hisopado, le sacaron sangre, analizaron su orina y la auscultaron para chequear su capacidad pulmonar. Los profesionales la visitaban con delantal, barbijo, mascarilla plástica y guantes.

“La muestra se mandó al Malbrán. En ese entonces, los resultados demoraban bastante. Estuve ocho días internada sin diagnóstico”, sigue.

Habla con el manos libres, la conversación también la escuchan Marcelo y Liliana que, cada tanto, suman detalles. También están ahí para contenerla. Recordar sigue siendo muy difícil para ella.

La fiebre subía y bajaba. Perdió fuerzas al punto de que necesitaba ayuda para darse vuelta en la cama. Tenía tos seca y casi no podía emitir sonidos. “Me faltaba el aire”, dice.

El sábado siguiente le dieron oxígeno. El domingo a la mañana pasó a verla un médico. “Se escucha un silbido cuando respirás. Tenés neumonía”, confirmó.

Al rato, regresaron más especialistas con novedades: “Te vamos a pasar a terapia, es solo para que estés más controlada hasta que te den el resultado. La habitación es parecida”.

Terapia era Terapia Intensiva. Y el dormitorio era una pecera llena de cables, luces y ruidos nuevos.

La llevaron en silla de ruedas. Mientras avanzaba por el pasillo pudo ver lo que pasaba en otros cuartos vidriados. "Era gente mayor, conectada, dormida",cuenta.

Tiene lagunas. Dice que casi no recuerda la previa a que la intubaran. Sabe que le hicieron una placa de tórax, que ella venía evitando por miedo a que afectara a su bebé. Lo siguiente que se le viene a la cabeza fue esa charla en la que le hablaron de dormirla y conectarla a un respirador.

“La idea era que no forzara los pulmones. Pregunté por mi hijo. Aseguraron que todo iba a estar bien”, suma.

Le mandó un mensaje a Marcelo contándole lo que le habían dicho. “Tengo miedo”, escribió. Faltaba poco para Pésaj​, la pascua judía, fiesta que simboliza la libertad y que se celebra en familia. Ambos aislados y solos se desearon Jag Sameaj.

Un largo sueño y los mensajes del "doctor Martín"

“Se comportó como un hermano, un amigo, un padre”, dice Liliana sobre el “doctor Martín” por Martín Baratelli, coordinador de la Terapia Intensiva del IADT.

Es que, por el coronavirus​, visitar a Natali no era una opción y cuando ella quedó inconsciente, él se transformó en el único interlocutor.

Hablaban horas por teléfono. Él explicaba, Liliana y Marcelo lloraban, preguntaban, repreguntaban. Le pedían, por favor, que hiciera todo para sacarla del coma.

Martín Baratelli, coordinador de la Terapia Intensiva del IADT y médico de Natali. (Foto: Juano Tesone)

Martín Baratelli, coordinador de la Terapia Intensiva del IADT y médico de Natali. (Foto: Juano Tesone)

También le mandaban audios para Natali. Martín se acercaba a la habitación de la mujer y, mientras chequeaba su evolución, le daba play a esos mensajes de amor con voces familiares para ella. 

"Estábamos sin dormir, sin comer, con una impotencia impresionante y ataques de nervios. Era terrible no poder ir a verla”, dice su mamá. Y agrega: "Fueron muchos días de malas noticias, después nos decía que estaba estable pero a nosotros no nos alcanzaba, queríamos que se levantara”.

Desde que Natali entró en coma farmacológico, la vida para Marcelo dejó de calcularse en días u horas. Los partes médicos pasaron a ser la nueva medida del tiempo.

Algunos días recibía dos partes y otros se hacían las 17 horas y no tenía novedades. Para él, las jornadas sin noticias hasta la tarde eran buenas: “Sentía que lo malo se comunicaba rápido. Si no decían nada era porque, mínimo, no había empeorado”.

Fue un tobogán de emociones. Un lunes la intubaron, entre miércoles y jueves mejoró. Al lunes siguiente le subió la fiebre, después estuvo estable pero otra vez se complicó. “Retrocedió en lo pulmonar”, le dijeron. Marcelo atendía el teléfono temblando. Un domingo empeoró aún más. Y después comenzó a mejorar.

Según su médico, no está claro qué es lo que la salvó: usaron corticoides en dosis bajas y adaptaron el tratamiento para que no afectara a su bebé. Hacían monitoreo fetal y ecografías casi a diario. El día 21 decidieron bajarle la sedación para ver cómo reaccionaba. 

Volver a respirar

Abrió los ojos y se encontró con que tenía un tubo enorme en la garganta. Frente a ella, había un hombre de ambo celeste. Era Martín.

Estuviste acá 21 días. Tenés un respirador puesto. Vamos a ver cómo evolucionás. Con este botón podés llamar a la enfermera. Hay cámaras, si necesitás algo lo vamos a saber, no estás sola”, le dijo. Natali cerró los ojos.

Cuando volvió a abrirlos, notó que había más personas de ambo en la habitación. Le preguntaban si estaba lista. Ella no entendía: “¿Lista para qué?”

Iban a extubarla. Asegura que esa sensación de ahogo no se la olvida más. “El calor en la cabeza y sentir que me moría. Luego vino una respiración profunda como cuando salís del agua después de mucho tiempo”, precisa. Y Martín de nuevo en escena: “No intentes hablar, tu bebé está bien”.

“Durante los días en coma soñé mucho. Mejor dicho, tuve pesadillas horribles. Siempre era yo la que estaba muy grave, no había problemas con mi bebé”, cuenta.

Reconocerse en ese nuevo cuerpo fue extraño. Le impresionó su panza, estaba mucho más grande y con moretones por las inyecciones diarias que recibía para tratar su cuadro de trombofilia.

“¿Cómo te llamás? ¿Cuántos años tenés? ¿En qué año estamos? ¿Y qué mes?”. La última pregunta no supo responderla.

“Para mí habían pasado 72 horas. Y, desde que me sacaron el tubo, cada siesta era un día. Preguntaba si me podía ir y me explicaban que no, que me acababan de extubar. Dormía media hora y volvía a consultar lo mismo. Otra media hora y lo mismo”, comparte.

En uno de esos despertares, Martín le propuso hacer un video para su familia. Ella accedió y se mostró con los pulgares para arriba. El mensaje llegó con la confirmación de que el bebé también estaba bien y que el nuevo hisopado había dado negativo. A unas cuadras, Liliana y Marcelo no paraban de llorar, esta vez de alegría.

Natali junto a su médico, Martín Baratelli, durante la internación.

Natali junto a su médico, Martín Baratelli, durante la internación.

No pudo abandonar la clínica de un día para el otro. Y durante la recuperación Natali dice que su bebé se llenó de tíos, por su médico y las enfermeras, que ya la venían acompañando mientras dormía pero que, tras levantarse, fueron su gran sostén.

La despedida del IADT quedará por siempre en su memoria: “Me emocioné y Martín se puso a llorar conmigo”, recuerda. Y dice que lo único que faltó ese día fue darse un abrazo.

“No veo la hora de que termine la pandemia para volver a la clínica a saludarlo. También a las enfermeras”, señala Natali, que con la ayuda de un kinesiólogo ahora se recupera de las secuelas que le quedaron tras estar tanto tiempo en coma.

El plan hoy es ponerse bien, disfrutar de los últimos meses de embarazo y prepararse para la llegada del bebé tan esperado, no solo por ellos sino también por los profesionales que dieron todo para verla sana y mamá.

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