Por Ernesto Bobek Cáceres
Camino a las cruciales elecciones del 14 de noviembre, quedó patéticamente demostrado que Alberto Fernández nunca ejerció la presidencia y que la economía jamás estuvo seriamente delegada en el ministro Martín Guzmán a quien desdicen y destratan desde el mismo momento de su nombramiento.
No resultaría oportuno para el oficialismo reemplazarlo en este momento, ya que ningún economista en sus cabales asumiría el cargo sin un plan económico -aun cuando fuera formal y no real-, máxime con la ineludible necesidad de cerrar algún acuerdo con el FMI, tema que se ha complicado enormemente y pude traernos consecuencias muy graves en el futuro próximo.
Nuestro presidente afirmó que no le gustan los planes económicos porque jamás se cumplen. La realidad es que ni él se lo cree. Y es ese aserto, que refirma una economía destrozada y a la deriva, el que desactiva la más remota posibilidad que tanto empresarios nacionales se dediquen a producir como que inversores extranjeros apuesten por el país. Con la economía al garete, el manejo de la pandemia en manos de inútiles que priorizan los votos por sobre la vida, y la educación básica eternamente postergada, nos encontramos en un país sin rumbo.
Si el oficialismo revirtiera los resultados de septiembre, el gobierno se radicalizaría al máximo y nos encaminaríamos rápidamente a modelos como los de Cuba o Venezuela. Y si se ratificara el resultado -que es lo más probable-, el kirchnerismo deberá maquillar fuertemente su imagen, ya que le quedan dos años de gobierno con la gente que le dijo “no va más”. Se justificarán por enésima vez en los medios concentrados, en la pandemia, y por supuesto en la herencia recibida de la anterior gestión (eludiendo mencionar las calamitosas condiciones en que entregaron ellos el gobierno tras doce años de “gestión”).
Entre tanto el presidente asiste a actos donde un funcionario incita a no respetar la alternancia que surja del resultado electoral, y a mantener a un gobierno populista por veinte años en el poder, en un claro desprecio a los sabios preceptos de nuestra carta magna. Se sigue emitiendo papel moneda sin respaldo para pagar los “regalos” que hace el gobierno en un intento de revertir lo irreversible. Ya anunciaron en Santiago del Estero un bono de noventa mil pesos y un aumento superior al 50 % para los empleados públicos. Valga recordar que el 84 % del presupuesto de Santiago del Estero proviene de las remesas remitidas por la coparticipación federal.
Paralelamente siguen jubilando a quien no aportó en forma o no aportó nunca. Siguen otorgando nuevos “planes sociales” y aumentando los viejos a muchos que no los merecen o que no necesitarían si se pusieran a trabajar como es debido.
En otro acto de absoluta inmoralidad, el gobernador Kiciloff anuncia el otorgamiento de más de 200.000 planes de $ 30.000.- para que los estudiantes vacacionen en la provincia de Buenos Aires.
Interesante estímulo para los destinos de verano, pero ¿no olvidó que hay más de 50 % de pobres e indigentes que no llegan a cubrir sus necesidades básicas? Esos estudiantes hace un año y medio que no tienen clases, por lo que no estudian y salvo contadas excepciones tampoco trabajan. ¿Vacaciones para descansar de qué agotadora actividad?
Ahora activarán desde los amenazantes anuncios del reaparecido Felleti un congelamiento de precios de más de mil productos. Esa receta jamás funcionó, y tampoco va a funcionar ahora. Es un manotazo de ahogado para la “felicidad” de la gente, o sea una muestra de desesperación por recuperar algunos votos que perdieron por incapacidad e incompetencia. Cuanto más hablan los funcionarios del oficialismo, más votos pierden. Ya la prepotencia y las amenazas –veladas o no- han provocado hartazgo y saturación a los argentinos.
Las torpezas de dos años de gobierno se amontonaron y las recuerdan aún quienes habían votado por el entonces FDT, Frente de Todos, hoy FUP, Frente de Unos Pocos.





