
Clara sufre en escena su historia y el espectador no puede estar más que agradecido: un viaje artístico al siglo XIX, como éste, no puede ser más que bienvenido. Clara sufre su historia aunque no deja de demostrar que, de todos los hombres, y especial de todos los genios que la rodearon, ella fue la más fuerte, la más sabia y más apegada a la tierra. Si hay una idea que refuerza la obra de Betty Gambertes y Diego Vila (dirigida por éste último) es que, en el Romanticismo alemán, el hombre vivió apegado a la muerte y la mujer a la vida. ¿Sólo en el Romanticismo?
Robert no podía subsistir sin el láudano; intentó suicidarse antes de volverse loco, y —cuenta la leyenda— inventó un artilugio para inmovilizarse el anular con el fin de darle más agilidad al resto de los dedos al tocar el piano, lo cual aceleró su demencia. Murió, internado en un asilo, a los 46 años. Clara peleó contra todo, fue una virtuosa, intérprete, arregladora y compositora, y tuvo 8 hijos y 10 embarazos.
Aunque ningún melómano ignora el papel fundamental de Clara en la historia musical del Siglo XIX, el “aire del tiempo” impone que algunas de las líneas de la obra, no demasiadas, cedan a cierta didáctica contemporánea. Pero es comprensible que así sea. El cine llevó varias veces a la pantalla su vida (inclusive, hubo una versión durante el nazismo, “Träumerei”, 1944), pero ninguna le hizo auténtica justicia.
Una de las frases más definitorias está tomada de uno de sus diarios. Clara, compadeciéndose de Robert, al hablar de un espectador se refiere a “ese idiota al que se le ocurrió preguntarle a mi marido: ¿usted también es músico?”. Desde luego, la famosa era ella, pianista paneuropea y compositora. Robert no daba recitales públicos. El otro apunte, el único toque de humor de la obra, ocurre cuando Clara manifiesta, poco después de conocer a Brahms, que “quiere hacer un trío”. Por supuesto, se refiere a componer un trío para piano, violín y cello, aunque la broma no deja de tener su alcance. Ella vivió para esos dos hombres: a ambos los amó con profundidad, aunque la diferencia —a seguir sus palabras— la estableció la pasión por el primero, y el intelecto por el segundo, aun cuando se tratara de un intelecto amoroso.
El piano de Eduardo Delgado ilustra magníficamente los diferentes pasajes argumentales y emocionales de la historia, y otra presencia de lujo es la del Maestro Víctor Torres, que interpreta seis lieder, en su mayoría provenientes de los juveniles “Dichterlieder”, los amores de poeta dedicados por Robert a Clara, y, desde luego, el “Ich stand in dunklen Träumen”, opus 13 N.1, de la propia Clara, cuya letra, aunque sea de Heinrich Heine, parece escrita por ella misma a todos a quienes amó: “Sumida en sueños sombríos,/ miré con fijeza su retrato,/y el rostro amado/ cobró misteriosa vida. /Surgieron lágrimas/que se deslizaron por mis mejillas. /No puedo creer/ que te haya perdido”.
“¿Quién es Clara Wieck?”, de B. Gambartes y D. Vila. Dir.: D. Vila. Int.: A. Dutoit Argerich, E. Delgado, V. Torres. Teatro San Martín, sala Cunil Cabanellas.





