
Kike Ferrari: Macchi ya estaba en mi novela “Que de lejos parecen moscas” donde se contaban una serie de eventos poco felices que le sucedían. Como quería escribir la continuación de su historia, y que a la vez fuera otra novela, el único camino que encontré fue narrar su ausencia. Quería que, así como en la anterior era él quien narraba lo que le sucedía, en ésta todos lo narran a él, y la única forma para eso era que él no estuviera. Si en la anterior le habían aparecido unos cadáveres, que no sabía quiénes eran, en “El significado del fuego” todo el mundo sabe quien es Macchi, pero no dónde está.
P.: ¿Una novela negra de la clase alta contada por un intruso?
M.F.: “Que de lejos parecen moscas” también estaba contada por un intruso porque la contaba yo. En general la novela negra habla de los poderosos y la mejor manera de que no sea exponencial es que la contemos los otros. Es un acceso delictivo al tema porque me meto en un lugar que no me corresponde, es como si la nuestra clase invadiera los lugares, los usos y saberes de las clases potentadas.
P.: ¿Por qué se planteó un relato híbrido en las fronteras de los géneros?
K.F.: Una de las ventajas de los géneros es poner límites, señalar hasta dónde es su campo y donde se sale de él. Cuando eso se establece, la novela negra se estandariza, y lo mejor que pueden tener esos límites es romperlos. La ventaja del género negro es ya no ser hiperpopular. Como ya no hay un público enorme esperando lo que sigue, como ocurría con el folletín y la “novela negra de los 30”, eso permite jugar con las formas, tensionar los límites, experimentar. A mí una historia lineal de crímenes y detectives no me interesa. Me interesa poder trabajar con materiales del crimen, las injusticias del sistema, los temas irresueltos del poder.
P.: ¿Por qué la corrupción y mafia del empresario desaparecido están apenas aludidos?
K.F.: Lo que importaba era si la investigación del desaparecido Macchi podía avanzar, y donde iba a tropezar. Y avanza o tropieza por las mismas formas de la corrupción. La investigación la lleva adelante gente que no tiene que hacerlo, y avanza o retrocede según las necesidades de la familia política de Machi. Y quien llega a alguna conclusión es alguien ajeno a todo eso y fuera del tiempo. Eso pareciera indicar que la resolución de los crímenes del sistema solo se puede dar fuera del sistema y fuera del tiempo.
P.: Su novela tiene materiales a ordenar que lleva a pensar en “Rayuela”, de Cortázar.
K.F. “Rayuela” siempre me pareció más un prolongado ejercicio de taller que una novela. En ambas está la intención de que se puedan armar y desarmar de distintas maneras. En “Rayuela” eso es explícito, en “El significado del fuego” no está la indicación del orden de los capítulos, pero el que se puede armar de distintas maneras es hija directa de esa tradición. Los últimos capítulos de la novela llevan a leer capítulos que se leyeron de otro modo, con otra comprensión.
P.: ¿El significado del fuego es el silencio?
K.F.: Quizá el título tendría que haber sido “Los significados del fuego” porque, como todo lo demás en la novela, los significados son múltiples, así que una posibilidad es que el significado sea el silencio que cubre lo ocurrido, pero puede tener que ver con el final de algunos personajes, y con lo intenso de lo que se da entre Fermín, el escritor que busca escribir la novela que se lee, y Luciana, la hija de Machi, nieta del estanciero Mejía Durán, y puede tener que ver con el buscar o dejar de buscar entre las cenizas lo que alguna vez estuvo en el fuego. Como lo demás que pasa en el libro, desde la forma hasta la historia que se cuenta, tiene que ver con significados múltiples.
P.: Su novela lleva a seguir el trabajo de escritura de una novela, esa que busca escribir Fermín Forgeroni.
K.F.: A medida que uno se va haciendo más eficaz en éste oficio va imponiendo las condiciones de lectura a sus lectores. Esperaría que los que vayan a volver a leerme o a buscar mis libros anteriores entiendan que la mía es una literatura de la incompletitud. Es un trabajo que me tomo al no cerrar el sentido, al no cerrar caminos, y tratar de forzar al lector a participar del texto. No me interesa el lector espectador, no es que esté mal ese lector, pero no es una forma de lectura que me interese. En esta novela me interesaba especialmente que como todos los demás límites iban a estar borrosos también lo estuviera el límite de quien narra, de quien es el que cuenta, y una parte importante de quien cuenta va a ser el lector.





