
Enrique Gabriel: Ella nació en París, sus padres en Europa del Este, la nuestra es una historia muy representativa de lo vivido en el siglo XX. “El siglo de las siglas”, le puso de título al libro, por SS, KGB, etc. Le cuento, mi tío abuelo, Enrique Lipschutz, fue el primer periodista judío de la Argentina, trabajaba en “La Prensa”, y mi abuelo, siendo un joven inmigrante, se nacionalizó argentino y volvió a Rumania para buscar a su futura esposa. Estaban en Barcelona con mi madre, apenas niña, cuando los agarró la Guerra Civil. Por suerte los ayudó el cónsul argentino. Siempre en la familia nos salvamos de milagro.
P.: Ese libro tiene muchas aventuras, da para una mini-serie.
E.G.: Sí, pero requiere la coproducción de varios países, incluyendo Rusia.
P.: ¿Y la historia del acordeonista?
E.G.: Cuando lo conocí le dije a mi mujer “¡Con las anécdotas de este hombre tenemos que hacer un “Seinfeld” latino!”. El libro se llama “La vida inquieta de Alex Carozza”. Alessandro Carozza cumplirá 95 ahora en julio. Nació en un pueblito de los Abruzos, vino de niño a José León Suárez, se las rebuscó en diversos oficios, de pantalones cortos ya tocaba en piringundines del Bajo, de ahí pasó a las confiterías con la orquesta de Mario Carvi, donde debutó Alberto Cortez, se casó con la vecinita, le iba muy bien, pero a los 33 años, la edad de las angustias, se fue apenas con el acordeón y cien dólares a Nueva York, tocó en la calle, en un ristorante italiano, luego entró al negocio de afinaciones y venta de instrumentos, se instaló en la Calle 48 de Manhattan, exactamente en la Manhattan Music Road, como le decían hasta hace poco, entre la 7 y la 6, por donde circulaban los famosos del jazz, el rock, la música latina, afinaba tanto el fuelle de Piazzolla como la trompeta de un dominicano que tocaba en las fiestas, y terminó haciendo negocios inmobiliarios con la gente de Rockefeller. El socio, Pasquale Ficosecco, es otro personaje. En la tienda siempre había buen ambiente, clientes interesantes, de lindas charlas. Cerró justo antes de la pandemia, era la última que quedaba en la Calle 48. La 47 era la de los diamanteros. ¡Las calles de los oficios, todo eso se fue perdiendo!
P.: Lo suyo también da para un libro de memorias. El Museo del Cine le ha dedicado una retrospectiva completa, desde la primera hasta la última película, con Ángela Molina.
E.G.: Esa última, “Vidas pequeñas”, fue la mejor que hice, quizá la única buena, la que más quiero, y mi mayor fracaso. Faltando apenas una semana de rodaje el productor se fundió. Buen tipo, pero sus defectos superaban a sus virtudes. Estuvimos dos años parados, me volví loco, con mi enojo hice sufrir a mi mujer, pobrecita, con muchísimo esfuerzo la terminamos, luego se estrenó bastante mal, y no pasó nada.
P.: ¿Ve? Ya eso da para un libro. Y sus otras películas, como “Suspiros de amor”, o el documental “La pérdida” sobre la fuga de científicos argentinos a lo largo de los años, y sus producciones en Colombia, o sus trabajos juveniles al lado de directores como Manuel Summers, José Luis Borau, Franklin Schaffner, Blake Edwards o Warren Beatty, hay mucho para contar.
E.G.: ¡Pero justo me tocó trabajar en las películas malas de los directores buenos, salvo una de Ricardo Franco y “Reds”, de Warren Beatty, que eran realmente buenas!
P.: Y todavía no hablamos de esto: ¿sabe que la primera noticia que se difundió aquí de su existencia fue “técnico argentino seduce a la estrella inglesa Lesley-Ann Down”?
E.G.: ¡Qué bochorno! ¡Pero fue ella! Yo tenía 21 años, era apenas el tercer asistente de dirección (lindo, de pelo largo, lo reconozco). La película era “La esfinge”, un bodrio. Me llamó a su camarin para ayudarla a repasar los diálogos. De ahí fuimos a bailar, ella, su peluquera, un maquinista que andaba con la peluquera, y yo. Hicimos exteriores en Luxor, Egipto, nos casamos en Londres, bueno, viví dos años en primera clase, vuelos en el Concorde, invitados a la entrega del Oscar, todo eso. Un día me fui cuatro meses a España, para ayudar a un amigo en su primera película. No le gustó. Al cuarto mes se arregló con William Friedkin, el director de “El exorcista”.
P.: No se aflija, a Friedkin lo largó por el director de fotografía de “Terminator 2”.





