Por Daniel Grinspon
Greta Thunberg volvió a la carga con su historia de “secuestro” por parte de Israel. Sí, leyeron bien: secuestrada. Como si el Mossad tuviera tiempo para andar persiguiendo a una influencer sueca que se siente mártir de la causa palestina.
La cuestión es que Greta quiso llegar a Gaza en barco con un grupo de activistas pro-palestinos. Nada más original: una rubia nórdica intentando entrar a una zona de conflicto, con esa mirada de indignación que parece un libreto de teatro.
La marina israelí, sin mucho show, la paró, le explicó que no se puede entrar así nomás a un territorio controlado por una organización terrorista y la deportó. Todo normal. Pero Greta insiste en que fue “secuestrada”. No es chiste, lo dijo y lo repitió para la prensa, como buscando titulares y likes.
Y ojo, que no es que ella desconozca el conflicto. Según fuentes, se negó a mirar las imágenes de la masacre cometida por Hamás, esas películas que muestran el horror real que se vive en la zona. Parece más cómodo armar su propia historia que enfrentar la verdad cruda.
Uno se pregunta: ¿le importa más salvar el planeta o ganar repercusión? Porque cada vez que pierde visibilidad, aparece en algún conflicto armado buscando protagonismo. Ya no le basta con hablar de cambio climático: ahora quiere ser protagonista en la geopolítica de Medio Oriente.
Lo que está claro es que el drama de Gaza es real y doloroso. Pero usarlo como escenografía para un show personal es de una ingenuidad (o hipocresía) tremenda. Israel, en cambio, manejó la situación con prudencia. Más de uno hubiera aprovechado para sacarle una foto esposada y hacer un espectáculo. Pero no.
Greta no fue secuestrada, fue deportada. Como un paquete de Amazon que fue mal etiquetado y terminó donde no debía. La devolvieron a origen, sin daños, sin demoras y sin drama. Y cuando uno juega a ser revolucionario con pasaporte europeo, debería saber que no todos los conflictos se resuelven con un video para Instagram… aunque a ella le quede más cómodo hacerse la víctima que mirar de frente la realidad. Comunidades