
La corrupción es corrupción, no importa quien la ejerza, no importa a qué nivel, tampoco si perjudica a una o a millones de personas. No existe la corrupción buena, ni la “tolerable”.
Lo antedicho viene a cuento de la fanatización de ciertos actores sociales que encuentran en sus jefes políticos la coincidencia ideológica y los defienden sin importar cuánto mal hayan causado o puedan causar.
Un colectivo, a veces bastante voluminoso, que es capaz de discutir con los más especializados en temas de corrupción la inocencia de sus deidades recurriendo en la mayoría de las ocasiones en chicanas al no poder desmentir la prueba contundente.
No importa si los hechos ilícitos provienen de personajes teñidos de celeste, violeta, rojo o amarillo. Solo importa el suceso en sí. El nombre de los implicados no es más que un factor secundario que nunca debe ser decisivo a la hora de realizar una denuncia o cuestionamiento.
Sin embargo, para los lobotomizados por el poder partidario, la cuestión funciona exactamente al revés. Si en los hechos o supuestos hechos de corrupción aparece el nombre de alguno de sus más devotos líderes, la acusación queda descartada de plano, sin importar los elementos que lo compliquen.
Es algo en lo que no se diferencia ningún fanático. No importa a qué partido apoye, pero a ese lo defenderá sin importar qué tan complicado esté en materia de corrupción. Sin importar quiénes se vengan encima, porque cree que hay hechos que son mejor ocultarlos, a pesar de haber perjudicado a miles o a millones de personas.
Pero lo cierto es que no existe un partido cien por ciento honesto. La corrupción existió y existe en todos los Gobiernos, y en la gran mayoría de los casos es promovida por los principales funcionarios del Gobierno, involucrando incluso el despacho de la Presidencia de la Nación.
Creer que un Gobierno es incorruptible es el terraplanismo político del siglo 21, y los partidos políticos no son diferentes, los más convocantes, al menos, tienen en sus filas figuras de la más pesada calaña.
Por ello, además, es necesario el periodismo, el honesto e independiente, el que no vea figuras, sino hechos, que luego puedan ser decodificados, plasmados y transmitidos para mantener informada a la sociedad.
Ese periodismo que termina molestando en mayor o menor medida a todos los Gobiernos y a la gran mayoría de los actores políticos. No es por nada que cada administración que asume al frente de la Casa Rosada utiliza mecanismos para avanzar contra la prensa.
El ataque, la desacreditación y/o el espionaje ilegal son algunos de los métodos con los que el poder busca callar a los periodistas. Lamentablemente, la mayoría de aquellos que cuentan con altos y fluidos niveles de audiencia han prostituido el oficio.
Pero hay otros que luchan, contra toda marea, y sostienen con pasión y firmeza su pelea contra la corrupción política, a pesar de ser insultados, espiados y en casos atacados solo por ejercer su labor periodística.
En fin. La corrupción está enquistada, no solo en la política argentina, sino en el mundo, y es por ello que es más que necesario sostener una prensa libre, independiente, imparcial y objetiva.
Este artículo se publicó primero en Mendoza Today.
Fuente Mendoza Today

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