Nicolás Sanz
Hoy, 25 de diciembre, el mundo parece haber entrado en un paréntesis de silencio. Tras la efervescencia de la Nochebuena, nos encontramos en ese territorio suspendido, un umbral donde el año que se despide todavía proyecta sus últimas sombras y el que viene comienza a filtrar una luz expectante.
Es el momento justo para preguntarnos: ¿Por qué nos aferramos tanto a la simbología de cerrar un año y comenzar otro?
La importancia de terminar un ciclo no radica en el simple agotamiento de las hojas del calendario, sino en una necesidad humana profunda de higiene emocional y narrativa. Psicológicamente, el ser humano requiere de “puntos y aparte” para procesar su propia historia.
Sin estos cierres, la vida se convertiría en un párrafo infinito y agotador, una acumulación de sucesos sin orden ni sentido. Cerrar este 2025 es, en esencia, un acto de libertad: es la oportunidad de mirar nuestras cicatrices, celebrar las victorias y, sobre todo, perdonarnos por aquello que quedó incompleto o que, simplemente, no pudo ser.
Este 25 de diciembre nos invita a un balance que va más allá de lo material. En un año que nos ha desafiado con cambios vertiginosos, el rito del cierre se vuelve un ejercicio de metamorfosis. Al soltar el año viejo, dejamos atrás una versión de nosotros mismos que ya cumplió su propósito. No es una huida, sino una evolución.
Por otro lado, la importancia de comenzar un nuevo año reside en la recuperación del asombro. El 2026 que asoma en apenas una semana no es solo una cifra; es un lienzo en blanco que nos otorga el permiso de la reinvención.
El “año nuevo” funciona como un motor de esperanza, una tregua donde las promesas vuelven a ser posibles y los miedos parecen más pequeños ante la magnitud de la oportunidad.
Al despertar esta mañana, entendemos que el tiempo no es una línea recta, sino una espiral. Pasamos por los mismos lugares, pero nosotros ya no somos los mismos. Por eso, que este paso del 2025 al 2026 no sea un mero trámite administrativo del reloj.
No, que sea, en cambio, la reafirmación de que siempre hay una salida, siempre hay una página en blanco y, sobre todo, siempre hay una versión mejor de nosotros mismos esperando a ser escrita.
Fuente Mendoza Today

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