Por Daniel Romero
Caracas/Washington, 8 de enero de 2026-Total News Agency-TNA- La definición pública y contundente de las Fuerzas Armadas venezolanas contra la intervención militar de Estados Unidos introduce un giro relevante en el esquema de transición abierto tras la captura de Nicolás Maduro y obliga a revisar la hipótesis inicial que colocaba a Delcy Rodríguez como principal bisagra entre Washington y el poder real del chavismo armado. La declaración castrense no solo desbarata cualquier intento inmediato de acuerdo con la Casa Blanca, sino que podría modificar la lógica primigenia de la transición y habilitar, más rápido de lo previsto, el pasaje a una segunda etapa de reacomodo político.
El pronunciamiento del ministro de Defensa Vladímir Padrino López, al rechazar de manera frontal la operación estadounidense, exigir la liberación de Maduro y cerrar filas en defensa de la “continuidad constitucional”, dejó en claro que el poder duro no está dispuesto a negociar bajo coerción externa. Ese mensaje sepultó las especulaciones iniciales sobre un entendimiento tácito entre Estados Unidos y Rodríguez, insinuadas en las primeras horas tras las declaraciones favorables del presidente Donald Trump hacia la mandataria interina.
Este dato altera el tablero. En el análisis previo, la centralidad de Delcy Rodríguez se explicaba por su utilidad operativa en la fase 1: control del caos. Su rol combinaba continuidad administrativa, acceso al aparato estatal y capacidad de interlocución con militares, inteligencia y estructuras de seguridad. Sin embargo, la postura explícita de las Fuerzas Armadas introduce un límite claro: Rodríguez puede coordinar, pero no imponer una salida alineada con Washington si el poder armado decide bloquearla.
Ese cierre de filas militar cumple una doble función. Hacia afuera, neutraliza cualquier intento de Estados Unidos de condicionar la transición mediante acuerdos rápidos o concesiones energéticas. Hacia adentro, redefine la relación entre el poder político residual y el estamento castrense, dejando a la vista que la última palabra no está en Miraflores sino en la estructura militar. En términos estratégicos, esto reduce el margen de negociación directa con actores armados y, paradójicamente, puede acelerar el agotamiento de la fase 1.
Cuando los actores con armas dejan en claro que no negociarán bajo presión externa y que no están dispuestos a “entregar” el control, la transición entra en un punto de saturación. En ese escenario, la lógica fría del poder empuja hacia la fase 2: reacomodo político, donde comienzan a ganar peso los actores civiles, técnicos y figuras capaces de ofrecer gobernabilidad sin pretender una purga inmediata del sistema.
Aquí se abre una ventana distinta. El rechazo militar a EE.UU. no fortalece indefinidamente al chavismo armado; también lo aísla internacionalmente y limita su margen de maniobra económica, financiera y diplomática. Con el control del caos relativamente estabilizado —estado de conmoción, despliegue interno, calles bajo vigilancia— el siguiente paso inevitable es buscar una salida que no dependa exclusivamente de la coerción.
En ese punto, figuras civiles de consenso comienzan a adquirir relevancia. Edmundo González Urrutia, como símbolo electoral y referencia institucional, encaja mejor en esta segunda etapa que en la inicial. No es un operador de poder duro, pero sí un puente posible entre sectores enfrentados, con menor carga de amenaza existencial para el chavismo militar que otras figuras opositoras.
La situación de María Corina Machado no cambia en lo inmediato, pero sí se resignifica. Sigue sin ser la carta para apagar el incendio, pero la negativa militar a alinearse con Washington refuerza la necesidad futura de legitimación política y social. En ese esquema, Machado continúa siendo una figura clave para la fase 3: legitimación, cuando el proceso requiera respaldo popular, narrativa democrática y liderazgo electoral. Forzar su ingreso ahora seguiría siendo disruptivo, pero excluirla del horizonte sería un error estratégico.
En síntesis, la declaración de las Fuerzas Armadas venezolanas rompe la hipótesis de una transición tutelada desde el exterior y modifica el ritmo del proceso. Al cerrar la puerta a acuerdos con Estados Unidos, el poder armado acelera el desgaste de la fase de control del caos y empuja, incluso sin proponérselo, hacia un escenario donde el reacomodo civil y político se vuelve necesario para evitar el estancamiento o una escalada de aislamiento y crisis.
La secuencia comienza a ajustarse: la fase 1 se endurece y se acota; la fase 2 asoma antes de lo previsto; la fase 3 queda latente como horizonte. En ese tránsito incómodo, el dato central permanece: el poder armado sigue siendo decisivo, pero ya no alcanza por sí solo para definir el futuro de Venezuela.
Pero vale la duda: Seguira Delcy Rodriguez al frente del regimen?





