Moscú, 7 de enero de 2026 – Total News Agency-TNA- La captura de Nicolás Maduro por fuerzas de Estados Unidos y su traslado a Nueva York abrió un interrogante central en la política internacional: el llamativo silencio del presidente ruso, Vladímir Putin, frente a la caída de uno de sus aliados más fieles en América Latina. A más de cuatro días de la operación estadounidense, el Kremlin evitó pronunciamientos directos del jefe del Estado ruso, una actitud que contrasta con los gestos de apoyo explícito que Moscú había brindado históricamente al régimen chavista.
Hasta hace poco, la relación entre Rusia y Venezuela se presentaba como estratégica. En mayo de 2025, Maduro visitó Moscú con motivo del Día de la Victoria y colmó de elogios a Putin, a quien definió como líder de “una potencia clave para la humanidad”. En ese viaje, ambos gobiernos firmaron un acuerdo de asociación estratégica y cooperación, que reforzaba vínculos en materia militar, energética y política. Sin embargo, el 3 de enero de 2026, Rusia se limitó a observar desde la distancia la operación militar estadounidense que terminó con la detención del mandatario venezolano y de su esposa, Cilia Flores.
Mientras Putin guarda silencio, el Ministerio de Relaciones Exteriores ruso expresó únicamente su “preocupación” por los hechos y reclamó la liberación de Maduro, además de negociaciones entre Washington y Caracas. Para los analistas, esa reacción medida refleja más una señal de impotencia que una estrategia calculada de confrontación.
Maduro fue uno de los pocos jefes de Estado que respaldó abiertamente a Rusia en febrero de 2022, cuando Moscú reconoció a las autoproclamadas repúblicas separatistas de Donetsk y Lugansk, preludio de la invasión a gran escala de Ucrania. En 2018, incluso, Rusia había enviado bombarderos estratégicos Tu-160 a Venezuela como demostración de apoyo militar. Sin embargo, ese respaldo nunca se tradujo en una capacidad real para proteger al líder chavista cuando fue capturado por fuerzas estadounidenses.
Expertos en seguridad y política exterior coinciden en que el apoyo ruso a Venezuela fue, en gran medida, simbólico. Neil Melvin, del Royal United Services Institute, sostiene que Moscú hoy no está en condiciones de cuestionar el despliegue militar de Estados Unidos en el hemisferio occidental, debido a la carga que supone la guerra contra Ucrania y a la dependencia de canales diplomáticos con Washington. En la misma línea, el politólogo alemán Felix Riefer afirma que Rusia, en los hechos, ya había abandonado a Maduro antes de su caída.
El acercamiento pragmático entre Moscú y Washington bajo la presidencia de Donald Trump aparece como otro factor clave. Según los analistas, el Kremlin evita criticar con dureza a la Casa Blanca para no comprometer negociaciones más amplias, en las que Estados Unidos juega un rol central como mediador indirecto en el conflicto ucraniano.
Por ahora, los especialistas no observan un impacto inmediato en el frente de guerra en Ucrania. No obstante, advierten que el precedente venezolano podría alterar equilibrios si Trump avanzara con acciones más audaces en otras regiones estratégicas. En ese sentido, Melvin desliza que un intento estadounidense de controlar territorios sensibles, como Groenlandia, pondría en jaque incluso a la propia OTAN.
Desde Ucrania, algunos analistas observan la situación con cauteloso optimismo. Una eventual normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Venezuela podría abrir el camino a una mayor producción de petróleo, con impacto a la baja en los precios internacionales. Para Kiev, eso implicaría menos ingresos energéticos para Rusia y una presión adicional sobre su capacidad de sostener una guerra prolongada.
Otros especialistas subrayan que no existen paralelismos entre la detención de Maduro y la invasión rusa a Ucrania. Señalan que, en el caso venezolano, Estados Unidos no anexó territorio ni cuestionó la existencia del Estado, sino que actuó dentro de su doctrina histórica de considerar al hemisferio occidental como área de interés estratégico.
Para varios observadores, el episodio confirma un debilitamiento progresivo de la posición internacional de Rusia. Moscú perdió influencia en Armenia y Siria, y ahora también en Venezuela, sin contar con recursos suficientes para sostener alianzas lejanas mientras intensifica su esfuerzo bélico en Ucrania. En América Latina, incluso su socio más sólido, Cuba, enfrenta un margen de maniobra limitado frente a la creciente presión estadounidense.
La caída de Maduro y el silencio de Putin dejan así una señal clara en el escenario global: quienes apuesten por el respaldo ruso ya no pueden dar por garantizada su protección, en un contexto de reordenamiento de poder donde Estados Unidos vuelve a marcar límites con acciones directas.
Fuentes consultadas: Deutsche Welle (DW), Reuters, Royal United Services Institute, análisis de politólogos europeos y ucranianos, medios internacionales.

Argentina
España
USA
Israel















