Washington / Caracas, 13 de enero de 2026-Total News Agency-TNA-La captura del expresidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas especiales de Estados Unidos no solo marcó el colapso definitivo del núcleo político del chavismo, sino que redefinió de manera profunda la arquitectura de seguridad hemisférica y la correlación de fuerzas en América Latina. La operación, ejecutada con un nivel de precisión, sigilo y superioridad técnica pocas veces visto, confirmó el mensaje que Washington había anticipado durante meses: la situación en Venezuela era considerada insostenible y el tiempo de las advertencias había concluido.
Durante gran parte de 2025, Estados Unidos desplegó en el Caribe un dispositivo naval y aéreo sin precedentes, con un costo estimado en cientos de millones de dólares. Lejos de tratarse de una demostración simbólica, el despliegue respondió a una planificación estratégica prolongada. El presidente Donald Trump había sido explícito en sus declaraciones públicas, señalando que el régimen venezolano debía poner fin al narcotráfico, cesar el saqueo de recursos y aceptar una salida negociada. Las múltiples advertencias y ultimátums fueron desoídos por Caracas, y el desenlace confirmó que Washington estaba dispuesto a ejecutar aquello que había anunciado sin ambigüedades.
La operación, conocida como “Resolución Absoluta”, involucró a más de 150 aeronaves y a unidades de elite de las fuerzas armadas estadounidenses. Entre ellas se destacó la participación de Delta Force y de comandos de los Navy SEALs, fuerzas que no operan bajo los parámetros convencionales de la guerra clásica. No se trató de una demostración de valentía individual ni de un enfrentamiento simétrico: fue la aplicación quirúrgica de un sistema integral de dominación operativa.
Estas unidades actúan en un plano radicalmente distinto al de las fuerzas regulares. Sus operadores no entrenan únicamente tiro o tácticas básicas, sino toma de decisiones bajo estrés extremo, combate en espacios cerrados, operaciones nocturnas, entornos urbanos densos y escenarios de máxima incertidumbre. Un solo operador de estas fuerzas dispara en un año más munición que la que consume una unidad regular en varios ejercicios completos, y lo hace bajo condiciones diseñadas para simular el caos real del combate.
El eje central de la operación no fue el enfrentamiento directo, sino la supremacía informativa. Las fuerzas estadounidenses no “buscaron” a su objetivo: llegaron sabiendo con exactitud quién era, dónde se encontraba, cuáles eran sus rutinas, su entorno de seguridad y sus vías de escape. Esa ventaja provino de una integración total de inteligencia, vigilancia y reconocimiento, combinando satélites, interceptación de comunicaciones, drones en tiempo real y sensores térmicos e infrarrojos. En este esquema, el combate comienza mucho antes de que se abra una puerta.
Cada operador desplegado llevaba consigo equipamiento cuyo valor individual se estima entre 200.000 y 300.000 dólares: chalecos balísticos ultraligeros multicapa, radios encriptadas multibanda, visores nocturnos de fusión, armas suprimidas con munición especializada, sistemas de posicionamiento táctico y sensores biométricos. Pero el operador fue solo la punta visible de un sistema mucho más amplio, respaldado por drones de observación y ataque, vigilancia aérea constante, centros de comando con inteligencia en vivo y planes de extracción previamente ensayados.
El dominio del entorno fue otro factor decisivo. El uso de granadas aturdidoras, humo táctico y agentes irritantes no buscó aniquilar al adversario, sino desorganizar su percepción sensorial. Al privar al objetivo de visión, audición y orientación, la resistencia colapsa en segundos. La operación se convierte así en un procedimiento técnico, no en una batalla tradicional. No se combate contra hombres, sino contra sistemas, y cuando un sistema es superado, la voluntad de resistir desaparece.
Este modelo de guerra moderna, basado en la ingeniería cognitiva y la dominación sensorial, marca una ruptura definitiva con la épica militar del pasado. La historia premiaba al más valiente; la guerra contemporánea premia al que controla la experiencia sensorial del adversario. Estados Unidos y quienes operan en ese nivel no buscan heroísmo del otro lado, sino confusión, duda y error. Cuando eso ocurre, el desenlace está decidido antes de que el enfrentamiento comience.
La captura de Maduro envía así una señal inequívoca a la región y a los actores extrahemisféricos: el control del entorno, la superioridad tecnológica y la integración total entre inteligencia, doctrina y logística colocan a Estados Unidos en una posición de supremacía operativa incontestable. América Latina despierta en un escenario distinto, donde el poder ya no se mide solo en discursos o alianzas políticas, sino en la capacidad real de ejecutar decisiones estratégicas con precisión absoluta.
Fuentes consultadas
Reuters
The Washington Post
The New York Times
Defense News
Informes oficiales del Departamento de Defensa de Estados Unidos

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USA
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