Buenos Aires, 25 de enero de 2026-Total News Agency-TNA-El arribo a China del primer cargamento de mineral de hierro proveniente del megaproyecto Simandou, en Guinea, marcó mucho más que un hito logístico o comercial. Para analistas estratégicos, el hecho constituye una señal temprana de un reordenamiento profundo del equilibrio de poder global, con implicancias directas en uno de los focos geopolíticos más sensibles del planeta: el estrecho de Taiwán.
Durante décadas, la fuerte dependencia china del mineral de hierro australiano fue considerada un factor de contención clave frente a una eventual acción militar de Pekín contra Taiwán. Australia provee cerca de dos tercios del insumo crítico para la industria siderúrgica china, y una interrupción de ese flujo en caso de conflicto habría tenido efectos devastadores sobre la economía del gigante asiático. El avance del proyecto Simandou, controlado estratégicamente por capitales chinos, comienza a erosionar ese condicionante.
Simandou no está aún a plena capacidad, pero las proyecciones indican que en pocos años podría exportar más de 120 millones de toneladas anuales, con China como destino casi exclusivo. Esto reduce de manera sustancial la capacidad de presión indirecta que Occidente, y en particular Australia, podría ejercer sobre Pekín en un escenario de guerra. El rediseño de las rutas globales de materias primas empieza así a reflejarse en el cálculo militar y político del liderazgo chino.
Este cambio estructural se produce en un contexto de creciente tensión en el estrecho de Taiwán. Desde 2022, las maniobras militares chinas en la zona son tan intensas que varios especialistas ya hablan de una “Cuarta Crisis del Estrecho”. La presión se combina con un aumento sostenido del poder militar chino, tanto naval como aéreo y misilístico, que ha reducido de manera notable la brecha histórica con Estados Unidos.
Si bien Washington sigue destinando un presupuesto de defensa muy superior al de China en términos nominales, la diferencia se achica cuando se mide en capacidad real de producción y costos. La industria militar china fabrica buques, aviones y misiles a un costo muy inferior al estadounidense, apoyada además en la mayor industria naval del mundo. En apenas cuatro años, China construyó buques de guerra equivalentes en tonelaje a toda la Marina Real británica, mientras los astilleros estadounidenses enfrentan dificultades incluso para reemplazar unidades obsoletas.
A ello se suma una ventaja geográfica decisiva. Un conflicto en torno a Taiwán se libraría a escasa distancia de las bases chinas, mientras que las fuerzas estadounidenses y aliadas deberían operar a miles de kilómetros de sus centros logísticos principales. Esta asimetría reduce el impacto efectivo de la superioridad presupuestaria de Washington y aumenta el desgaste operativo de sus fuerzas.
En este marco se inscribe la filtración reciente de un informe interno del Pentágono que advierte que Estados Unidos podría sufrir una “derrota decisiva” si interviniera directamente para impedir una conquista china de Taiwán. Aunque este tipo de evaluaciones suele estar atravesado por disputas presupuestarias internas, refleja una preocupación real: la capacidad china para saturar las defensas estadounidenses con misiles de largo alcance y para sostener operaciones prolongadas en su entorno inmediato.
Los juegos de guerra realizados por centros de estudios estratégicos occidentales ofrecen un panorama aún más inquietante. Incluso en escenarios donde China no logra conquistar Taiwán, el costo para Estados Unidos y sus aliados sería enorme, con pérdidas de buques, aeronaves y personal en una escala no vista desde la Segunda Guerra Mundial. Taiwán, aun permaneciendo libre, quedaría devastado económica y socialmente, con impactos globales severos debido a su rol central en la producción de semiconductores.
En paralelo, las señales políticas de Occidente aparecen ambiguas. Mientras el Reino Unido busca recomponer vínculos económicos con Pekín, al mismo tiempo refuerza su compromiso militar en el Indo-Pacífico a través del acuerdo AUKUS, diseñado explícitamente para contener la expansión china. Esta dualidad refleja la dificultad de equilibrar intereses económicos inmediatos con consideraciones estratégicas de largo plazo.
La conclusión que se desprende de este escenario es clara: China trabaja de manera sistemática para eliminar vulnerabilidades estratégicas antes de considerar una acción decisiva sobre Taiwán. La reducción de su dependencia de insumos críticos controlados por potencias occidentales es parte central de ese proceso. Para Estados Unidos y sus aliados, el desafío ya no es solo militar, sino también económico y logístico.
La historia enseña que la disuasión efectiva no se basa en declaraciones, sino en capacidades reales. Si Occidente pretende evitar un conflicto mayor en el estrecho de Taiwán, deberá asumir que el margen de ventaja se estrecha y que el tiempo ya no juega necesariamente a su favor.
Fuentes consultadas:
The Telegraph; análisis estratégicos del Center for Strategic and International Studies (CSIS); informes sectoriales de la industria naviera y minera internacional.

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