Buenos Aires-17 de febrero de 2026-Total News Agency-TNA- El episodio del regreso sanitario de Alberto Samid desde Punta del Este volvió a exponer una zona gris de la política argentina: la frontera difusa entre la asistencia razonable ante una urgencia médica y los privilegios informales que parecen activarse cuando el paciente tiene nombre, contactos y llegada a despachos con poder. Internado en el hospital Cantegril por una infección urinaria y un cuadro viral que, según su entorno, requería continuidad de tratamiento en Buenos Aires, el empresario convirtió su situación clínica en un reclamo público y, al hacerlo, instaló una pregunta incómoda: ¿por qué algunos pueden levantar el teléfono y otros quedan varados afuera, o incluso dentro del país, sin acceso a recursos equivalentes?
El propio Samid llevó el tema al terreno político al mencionar, en sus mensajes, pedidos de asistencia tanto a la administración bonaerense de Axel Kicillof como a la Secretaría de Turismo a cargo de Daniel Scioli. Allí aparece el componente que irrita a muchos: no se trató de un trámite silencioso entre un paciente, su cobertura médica y las autoridades uruguayas, sino de un caso empujado por redes, con la expectativa —explícita— de que el Estado o funcionarios con peso faciliten un avión sanitario. En esa lógica, Scioli queda en el centro del debate, no solo por su rol institucional sino por su relación personal y política con el universo peronista donde Samid se movió durante años.
Sin embargo, los hechos que se conocen públicamente muestran un desenlace menos épico y más revelador del funcionamiento real del poder. Tras la exposición mediática, la intervención confirmada fue la del ministro de Salud bonaerense, Nicolás Kreplak, quien informó gestiones para acelerar el traslado articulando con la cobertura médica del empresario. El regreso finalmente se concretó en un vuelo sanitario/privado hacia Aeroparque, en un movimiento que, más allá del financiamiento específico, terminó cumpliendo el objetivo del paciente: volver a Argentina para continuar su atención. El punto político no es si correspondía o no un traslado —nadie sensato discute que la salud puede urgir—, sino el mecanismo: la puerta que se abre cuando el reclamo se hace desde el altavoz de la fama y el contacto.
En clave de opinión, el caso funciona como espejo de una desigualdad silenciosa. Miles de argentinos enfrentan cuadros de salud graves en el exterior —por turismo, trabajo, residencia temporaria o imprevistos— y deben depender de su seguro, de recursos familiares o de la burocracia consular, sin un “amigo del poder” a quien llamar. Y dentro de la propia Argentina el contraste puede ser aún más áspero: pacientes del interior que necesitan derivaciones complejas, familias que peregrinan por camas, traslados terrestres interminables, o emergencias en zonas donde el acceso a un avión sanitario es una excepción y no una garantía.
La discusión, además, no se limita a un nombre propio: pone sobre la mesa el rol del Estado en emergencias individuales. Si la vara para conseguir un traslado aéreo se define por la cercanía con funcionarios o por la capacidad de instalar un reclamo en redes y televisión, el sistema queda degradado a una lotería de influencias. Si, por el contrario, existe un circuito institucional transparente para evaluar traslados, prioridades, cobertura y criterios médicos, entonces la pregunta es por qué ese circuito no es visible, no es igual para todos y termina pareciendo un “favor” gestionado por amistad o conveniencia política.
El caso Samid también deja otra lectura incómoda: el poder simbólico de la “gestión” en la Argentina. En la práctica, muchas veces el dato no es quién pagó o quién firmó, sino quién quedó asociado públicamente a la solución. En esa puja, el nombre de Scioli apareció por el lado del pedido y el rumor; el de Kreplak, por el lado de la respuesta; y el del propio Samid, como el protagonista que expuso el sistema. En cualquier variante, el saldo es corrosivo: para la sociedad queda la impresión de que el acceso a soluciones extraordinarias depende, demasiadas veces, de estar bien conectado.
Cuando la política se mete en un avión sanitario, el problema ya no es el avión. El problema es el país que naturaliza que algunos tengan puente directo y otros, no. Y mientras no existan reglas claras, auditables y universales para la asistencia, cada caso mediático seguirá abriendo la misma herida: la de un Estado que aparece rápido para unos y demasiado tarde —o nunca— para la mayoría.
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