Buenos Aires-22 de febrero de 2026-Total News Agency-TNA- Ucrania atacó en las últimas horas la planta de maquinaria de Votkinsk, en la región rusa de Udmurtia, un complejo clave de la industria militar del Kremlin que produce, entre otros sistemas, los misiles balísticos Oréshnik, Iskander y los intercontinentales Topol-M. El objetivo, ubicado a más de 1.300/1.500 kilómetros de la frontera ucraniana según las distintas mediciones, quedó en el centro de una disputa de versiones: autoridades regionales rusas hablaron de un ataque con drones de ala fija contra “una infraestructura”, mientras que fuentes y medios ucranianos sostuvieron que el impacto fue logrado con misiles de crucero de fabricación nacional —identificados como FP-5 “Flamingo”—, en lo que sería una señal de maduración de la capacidad ucraniana de ataque de largo alcance contra blancos estratégicos del agresor.
El Ministerio de Sanidad local informó que el ataque dejó once heridos, con tres hospitalizados y uno en estado grave, y se registraron daños estructurales en instalaciones del complejo, según reportes de testigos y material audiovisual difundido en redes. El gobernador de Udmurtia, Alexandr Brechálov, confirmó que hubo un ataque y habló de drones, pero no identificó públicamente el emplazamiento ni brindó detalles técnicos sobre el vector utilizado. Del lado ucraniano, en cambio, se puso el foco en el salto cualitativo que implicaría haber alcanzado el blanco con un misil propio, una tecnología que permite golpear en profundidad, lejos del frente, y que apunta a recortar la capacidad de Rusia de sostener una guerra de desgaste basada en la producción constante de municiones y misiles.
La planta de Votkinsk es considerada un objetivo de alto valor por su rol dentro del complejo militar-industrial ruso. Diversas coberturas internacionales remarcaron que el establecimiento está asociado a la producción de misiles de alcance operativo y estratégico, algunos de ellos utilizados para atacar ciudades ucranianas, infraestructura energética y objetivos civiles. En la lógica de Kyiv, golpear esa cadena de suministro es un acto defensivo: degradar la capacidad de fuego del invasor para reducir el volumen de ataques contra población y sistema energético en Ucrania. En la lectura de Moscú, en cambio, el ataque es presentado como terrorismo o escalada, aun cuando es Rusia quien inició y sostiene la agresión armada.
En las últimas semanas, Ucrania aceleró su narrativa sobre la expansión de su “larga mano” tecnológica, con énfasis en desarrollos propios y en la capacidad de emplearlos contra nodos logísticos y de producción. En ese contexto, el golpe a Udmurtia adquiere un valor simbólico adicional: muestra que la guerra no queda confinada a los territorios ocupados o a zonas cercanas a la línea de contacto, y que la retaguardia industrial rusa también puede ser alcanzada, incluso con recursos fabricados por la propia Ucrania.
Los reportes coincidieron en que hubo explosiones y fuego en el área, con daños que podrían haber alcanzado talleres específicos dentro del complejo. También se destacó que la planta forma parte de un entramado bajo sanciones internacionales, en el marco de los esfuerzos de Estados Unidos y la Unión Europea por limitar la capacidad de Rusia de sostener la producción militar a gran escala. Más allá del detalle técnico del arma utilizada, el hecho central para el tablero estratégico es el mismo: el ataque apuntó a un engranaje clave del sistema de misiles ruso.
La ofensiva se produjo mientras Rusia continuó lanzando oleadas de drones y misiles contra territorio ucraniano, una dinámica que mantiene a millones de civiles bajo alarma constante y que refuerza el argumento ucraniano de que los golpes sobre infraestructura militar rusa son respuestas necesarias para reducir la capacidad de agresión. En el plano político-diplomático, el episodio vuelve a tensar el debate sobre el alcance de la guerra, el control de escaladas y el rol de la industria armamentística en la prolongación del conflicto.
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