Jerusalén-28 de Febrero de 2026-Total News Agency-TNA- En medio de una escalada bélica que ya desbordó las fronteras de Irán e impacta de lleno en el Golfo, el primer ministro Benjamín Netanyahu aseguró por cadena nacional que Israel tiene “indicios” de que el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, “ya no está entre nosotros”, tras los bombardeos coordinados con Estados Unidos sobre objetivos estratégicos en territorio iraní. La afirmación, de enorme peso político y simbólico, no cuenta por ahora con confirmación independiente y choca con la versión oficial de Teherán, que sostuvo previamente que su cúpula se mantenía a resguardo. Aun así, el mensaje del líder israelí marcó un giro: ya no se habla solo de neutralizar capacidades militares, sino de golpear el corazón del poder del régimen.
Las declaraciones se conocieron pocas horas después de que Israel y Estados Unidos lanzaran ataques a gran escala sobre Teherán y otras ciudades, en una operación presentada como “preventiva” frente a lo que Washington y Jerusalén describen como una amenaza inminente asociada al programa nuclear, el desarrollo de misiles de largo alcance y la arquitectura regional de fuerzas aliadas de Irán. La respuesta iraní, sin embargo, fue inmediata y amplió el conflicto: oleadas de misiles y drones contra Israel y ataques contra bases estadounidenses en países vecinos, con reportes de explosiones y actividad antiaérea en Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Kuwait.
En el mensaje televisado, Netanyahu afirmó que la ofensiva conjunta dañó objetivos vinculados a la operación nuclear iraní, golpeó a altos mandos y seguirá atacando “miles de objetivos” del “régimen terrorista” iraní. También se dirigió al “valiente pueblo iraní” y planteó que este momento abre una “oportunidad única en una generación” para derribar a la conducción actual. La narrativa, en sintonía con llamados similares desde la política estadounidense, apunta a combinar el impacto militar con un objetivo político: quebrar la capacidad de mando y, a la vez, estimular fisuras internas.
Del lado estadounidense, el presidente Donald Trump justificó la ofensiva como una acción para eliminar amenazas inminentes y sostuvo que su país busca destruir capacidades misilísticas iraníes. En paralelo, volvió a apelar directamente a las fuerzas de seguridad iraníes y a la población, en un intento de acelerar un quiebre interno. La Casa Blanca, por ahora, mantiene el foco discursivo en la amenaza estratégica y en el argumento de la no proliferación, mientras se prepara para una campaña que podría prolongarse si Irán sostiene el ritmo de represalias.
Pero la reacción iraní, aunque contundente, dejó una señal que abrió una rendija diplomática. El canciller Seyed Abbas Araghchi afirmó que Irán “ciertamente está interesado en una desescalada”, al tiempo que calificó como “misión imposible” cualquier intento de cambio de régimen. El jefe de la diplomacia iraní dio a entender que su país está dispuesto a conversar si Estados Unidos busca canales de contacto, aunque aclaró que, en este momento, “no hay comunicación” en curso. La posición resume el delicado equilibrio que intenta proyectar Teherán: mostrar capacidad de respuesta y disuasión regional, pero evitar una espiral que ponga en riesgo la supervivencia del propio Estado.
En el terreno, sin embargo, la lógica de la guerra manda. Tras los bombardeos iniciales, se reportaron interrupciones de comunicaciones, restricciones de movimiento y cierre total del espacio aéreo en Irán, además de cierres y restricciones en Israel e Irak. En Teherán, distintos reportes hablaron de zonas acordonadas y nerviosismo civil, con filas para abastecimiento y un clima de incertidumbre, alimentado por la falta de información verificable en tiempo real. La advertencia de las fuerzas iraníes fue directa: cualquier base o instalación regional que, según su criterio, contribuya a la ofensiva contra Irán puede transformarse en objetivo.
Ese escenario se materializó con ataques contra instalaciones estadounidenses en el Golfo. En Bahréin, el gobierno confirmó que una instalación asociada a la presencia naval norteamericana fue atacada, mientras circularon reportes sobre impactos o intentos de impacto en objetivos de Qatar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos. Las defensas aéreas de varios países quedaron activas y se multiplicaron las recomendaciones a la población para permanecer bajo resguardo. La expansión al Golfo eleva la gravedad del episodio: ya no se trata solo de un intercambio Israel–Irán, sino de un choque que involucra directamente a infraestructuras militares estadounidenses distribuidas en la región.
A nivel internacional, las consecuencias ya se sienten en rutas aéreas, logística y mercados. Aerolíneas suspendieron o desviaron vuelos y el nerviosismo por el petróleo reapareció con fuerza. Analistas del sector energético advierten que, si no hay señales claras de contención, el precio del crudo puede pegar saltos bruscos en pocos días por la combinación de riesgo geopolítico, seguros y eventual afectación de corredores marítimos. El temor, en voz baja, es que el conflicto se transforme en una guerra de desgaste con episodios de alta intensidad, ataques intermitentes y represalias cruzadas.
En este contexto, la frase de Araghchi —desescalada sin cambio de régimen— choca con la línea política que asoma desde Washington y Jerusalén, donde el discurso ya se mezcla con la idea de acelerar un vuelco interno en Irán. La brecha entre esas posiciones define el dilema de las próximas horas: si la prioridad será contener el fuego o empujarlo hasta el punto de quiebre. Por ahora, con misiles en el aire y bases bajo ataque, la región se mueve en el filo de una guerra mayor.



