Israel asegura que hallaron el cadáver de Khamenei y la región entra en horas críticas entre represalias y señales de desescalada
Jerusalén-28 de Febrero de 2026-Total News Agency-TNA- La guerra abierta entre Israel, Estados Unidos e Irán sumó este sábado un giro de máxima gravedad: un alto funcionario israelí afirmó que el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, fue asesinado durante los ataques conjuntos y que “su cadáver ha sido recuperado”, según reportes atribuidos a fuentes de Jerusalén. La declaración, por ahora, no cuenta con confirmación independiente ni con reconocimiento oficial de Teherán, donde medios estatales y voceros del régimen insistieron en las últimas horas en que su conducción continúa operativa. Aun así, el impacto político del anuncio es enorme: la posible muerte del hombre que concentró el poder real del sistema iraní durante más de tres décadas abre la puerta a un vacío de conducción, disputas internas y una escalada imprevisible.
La afirmación israelí llegó pocas horas después de una ofensiva a gran escala que Washington y Jerusalén presentaron como “preventiva” frente a lo que describen como amenazas inminentes vinculadas al programa nuclear y misilístico iraní. En un mensaje público, el primer ministro Benjamín Netanyahu sostuvo que hay “muchas señales” de que Jamenei “ya no está”, y describió la operación como un golpe directo al corazón del poder iraní. En su narrativa, la campaña no se limitaría a infraestructura militar: también buscaría desarticular mandos, centros de decisión y símbolos políticos del régimen.
Del otro lado, el régimen iraní reaccionó con una combinación de fuego y diplomacia. Mientras la Guardia Revolucionaria activó represalias con oleadas de misiles y drones, el canciller Seyed Abbas Araghchi dio una señal que muchos leyeron como la primera ventana para frenar la espiral: dijo que Irán “ciertamente está interesado en una desescalada”, pero advirtió que un cambio de régimen es una “misión imposible” y que no está en discusión. En otras palabras: Teherán deja entrever disposición a conversar para reducir hostilidades, pero rechaza de plano cualquier objetivo político que implique derribar al sistema.
Esa tensión —desescalar sin rendirse— convive con el escenario militar más peligroso en años. Tras los bombardeos iniciales en Teherán y otras ciudades, Irán amplió su respuesta apuntando también a bases estadounidenses en países del Golfo. Se reportaron explosiones, actividad antiaérea e impactos o intentos de impacto en Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Kuwait, en una señal de que la represalia no se limita a Israel. En Bahréin, el propio gobierno confirmó que una instalación asociada a la presencia naval de Estados Unidos fue atacada, un dato que coloca a toda la arquitectura militar norteamericana en la región en el centro del conflicto.
En Israel, la defensa civil se mantuvo en alerta extrema. Las sirenas se activaron en distintas ciudades y las autoridades insistieron en que la población permanezca cerca de refugios ante la posibilidad de nuevas oleadas de misiles. En Irán, en tanto, se profundizaron los cierres: el espacio aéreo quedó bloqueado y se registraron interrupciones de comunicaciones y restricciones de movimiento en áreas sensibles de la capital, con escenas de ansiedad ciudadana en estaciones de servicio y bancos, en previsión de un deterioro mayor.
La eventual muerte de Jamenei es, por estas horas, el punto más sensible del tablero. Si se confirmara oficialmente, el régimen podría enfrentar un proceso de sucesión urgente con tensiones entre clérigos y estructuras de seguridad, en especial la Guardia Revolucionaria. Si no se confirmara, el solo hecho de que el líder supremo quede fuera de escena —sin apariciones verificables— alimenta incertidumbre y puede acelerar decisiones de guerra o de negociación. En cualquiera de los dos escenarios, el sistema iraní se mueve bajo presión máxima.
La comunidad internacional observa con mezcla de alarma y cálculo. El riesgo inmediato es una escalada en cadena que incluya ataques a nuevas bases, golpes sobre infraestructura energética y mayores restricciones a la navegación en corredores estratégicos. El miedo no es abstracto: cada cierre de espacio aéreo y cada desviación de vuelos refleja una región que se prepara para lo peor. En los mercados, el foco vuelve a estar en el precio del petróleo y en la posibilidad de interrupciones logísticas si el conflicto toca puntos neurálgicos del comercio global.
En este contexto, la frase de Araghchi sobre la desescalada funciona como una señal tenue, pero real: Irán insinúa que podría hablar para contener el daño, siempre que no se le exija aceptar un cambio de régimen. El problema es que el discurso político del lado estadounidense e israelí, con llamados a que el pueblo iraní “tome el control”, se acerca peligrosamente a ese límite que Teherán considera innegociable. El choque entre esos objetivos puede decidir las próximas horas: o se abre una vía para frenar la escalada, o la guerra se profundiza con consecuencias regionales y globales.





