Buenos Aires-5 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA– Mohsen Rabbani, ex agregado cultural de la embajada de Irán en Argentina e imputado por la Justicia argentina como uno de los señalados en la trama del atentado contra la AMIA, volvió a escena con un mensaje de aparente calma: sostuvo que es “incorrecto” afirmar que Argentina pueda ser “objetivo” de Irán por el alineamiento internacional del presidente Javier Milei con Estados Unidos. En un contexto de máxima tensión en Medio Oriente y de reconfiguración del poder en Teherán, la frase sonó diseñada para bajar defensas: “Para nosotros los argentinos son amigos”, dijo en una entrevista difundida por el canal de streaming AZZ, y se presentó como alguien que “quiere al pueblo argentino”.

El problema, para Argentina, no es solo el contenido literal de esa promesa, sino quién la formula y desde qué tradición política. Rabbani no es un comentarista neutral: su nombre aparece desde hace décadas en el expediente judicial y en los pedidos internacionales de captura vinculados al atentado de 1994. Por eso, cuando un acusado que arrastra una historia asociada al peor ataque terrorista en suelo argentino pide confianza y ofrece “amistad”, el país tiene razones de sobra para desconfiar. No por prejuicio, sino por experiencia: la trayectoria del régimen iraní en materia de información estratégica, compromisos internacionales y transparencia está marcada por el ocultamiento, la manipulación y el doble discurso. La sola mención de las palabras de Rabbani, deberían elevar las alertas en Argentina.

Luis D’Elía y Fernando Esteche en Teherán con Moshen Rabbani, los argentinos que “quiere” Rabbani.
En su intervención pública, Rabbani buscó invertir el foco: deslizó que sería “muy bueno” que el gobierno argentino “se pare del lado de la verdad” en el marco de la guerra que enfrenta a Estados Unidos e Israel con Irán. El giro retórico es conocido: presentar a Teherán como víctima, acusar a terceros de agresión y reclamar credibilidad. “Nosotros no hemos invadido ningún país ni empezamos a atacar. Fueron ellos”, afirmó, mientras describía manifestaciones internas bajo la consigna “Dios es más grande” y habló de “800 asesinatos” sufridos por su país desde el comienzo del conflicto.
El tramo más político de su mensaje estuvo orientado a legitimar al sistema de poder iraní. Llamó “dictador” al presidente Donald Trump, recomendó que “vuelva a la cordura” y sostuvo que Irán es “un gobierno democrático” porque posee parlamentos electos y un mecanismo de selección del líder. En el mismo movimiento, intentó envolver el luto por el fallecimiento del ayatolá Alí Khamenei —confirmado tras los ataques coordinados de Estados Unidos e Israel del 28 de febrero— en un relato heroico: lo definió como “gran sabio político” y “héroe”, aseguró que no se refugiaba en instalaciones especiales y que permaneció “activo” hasta el final, en un “lugar público”.
Pero para Argentina, el punto central no es cómo Rabbani reconstruye la imagen del liderazgo iraní, sino qué busca con su mensaje y qué condiciones objetivas existen para creerle. El país tiene memoria: el atentado contra la AMIA dejó un saldo devastador, y la causa acumuló durante años acusaciones, imputaciones y pedidos de detención internacional contra ciudadanos iraníes y otros involucrados. En ese marco, las palabras “amistad” y “no somos objetivo” no pueden tomarse como garantías; son, como mínimo, piezas discursivas dentro de una estrategia de control de daños, más aún cuando la región atraviesa una guerra abierta y cuando Teherán intenta administrar su imagen externa tras el golpe político y simbólico que implicó la muerte del líder supremo.
La desconfianza argentina se vuelve todavía más razonable si se mira el historial de afirmaciones públicas del régimen iraní en otros terrenos sensibles, especialmente el nuclear. Durante años, Irán sostuvo que su enriquecimiento de uranio respondía a fines pacíficos, mientras restringía inspecciones, demoraba explicaciones y acumulaba material cada vez más cercano al umbral militar. La discusión dejó de ser abstracta: los reportes recientes de organismos internacionales y reconstrucciones técnicas indican niveles de enriquecimiento elevados —incluido material al 60%— y un stock cuya magnitud, según evaluaciones ampliamente difundidas en ámbitos diplomáticos, podría reducir drásticamente los tiempos necesarios para alcanzar grado armamentístico si existiera la decisión política.
En ese capítulo, la figura de Rafael Grossi, director general del OIEA (la agencia nuclear de Naciones Unidas), se volvió clave: el organismo viene reclamando desde hace tiempo cooperación plena, acceso e inspecciones para poder dar garantías creíbles sobre el destino del material nuclear y sobre la continuidad de la actividad de enriquecimiento. En otras palabras: aun con protocolos y mecanismos de verificación, el mundo discute lo que Irán hace porque Irán no termina de mostrar lo que hace. Y ese patrón —prometer una cosa, ocultar otra, admitir solo cuando ya no queda margen— es exactamente el que en Buenos Aires enciende todas las alarmas cuando un vocero informal del aparato iraní pide “creer” en su palabra.
La entrevista incluyó además una postal inesperada, casi amable, con un guiño futbolero: Rabbani dijo que la selección de Irán “va a estar en Norteamérica” para participar del Mundial en junio próximo. El comentario, en apariencia liviano, funciona como recurso de normalización: mostrar a Irán como un actor “como cualquier otro”, integrado al calendario global, mientras se desarrolla un conflicto bélico de altísima intensidad y mientras reaparecen, para Argentina, los nombres que remiten a la herida abierta de la AMIA.
En este contexto, el desafío argentino no pasa por sobreactuar pánico ni por alimentar fantasías, sino por sostener un principio básico de prudencia estratégica: evaluar mensajes del régimen iraní —y de quienes lo representan o lo justifican— a la luz de sus antecedentes, no de sus slogans. Cuando un imputado por terrorismo se ofrece como puente de amistad y pretende dictar lecciones de “verdad”, Argentina no puede responder con ingenuidad. La historia reciente enseña que el costo de creer demasiado rápido suele pagarse demasiado caro.




