Washington-5 de Marzo de 2026-Total News Agency-TNA– La guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán entró en su séptimo día con señales cada vez más claras de escalada y de degradación del poder militar iraní: CENTCOM confirmó el ataque contra un buque iraní descripto como un “portaaviones de drones” y aseguró que quedó “en llamas”, mientras la aviación israelí afirmó haber destruido un búnker subterráneo vinculado al liderazgo del régimen en pleno corazón de Teherán, una estructura que —según su versión— seguía siendo utilizada por altos funcionarios incluso después de la muerte del ayatolá Alí Khamenei. En paralelo, el presidente Donald Trump descartó el envío de tropas terrestres y sostuvo que considerarlo hoy sería “una pérdida de tiempo”, afirmando que Irán “lo ha perdido todo” y que su Armada fue devastada. Imagen: Portaaviones iraní
El anuncio marítimo llegó con tono de victoria. En redes sociales, CENTCOM aseguró que “las fuerzas estadounidenses no se contienen” en su misión de hundir “toda la Armada iraní” y que un buque iraní “aproximadamente del tamaño de un portaaviones de la Segunda Guerra Mundial” fue alcanzado y “ahora está en llamas”. El mensaje no solo busca mostrar daño material: pretende transmitir que Irán pierde capacidad de operar en el mar y, sobre todo, de proyectar fuerza en el Golfo y en el Estrecho de Ormuz, un corredor crítico para el comercio global de energía.
Ese golpe naval se suma a una secuencia de ataques que, de acuerdo con evaluaciones y reportes de seguimiento del conflicto, vienen debilitando las defensas aéreas y la infraestructura misilística de Irán. Analistas militares señalan que la campaña conjunta combinó ataques de precisión, inteligencia persistente y un esfuerzo sistemático por degradar radares, sistemas antiaéreos y centros de mando y control. En términos prácticos, el objetivo es “abrir el cielo”: lograr superioridad aérea localizada para operar con mayor libertad, sostener el ritmo de bombardeos y perseguir blancos móviles como lanzaderas de misiles.
En ese marco, tomó fuerza en las últimas horas la información difundida por el Ejército israelí sobre un nuevo ataque de alto impacto en Teherán. Según la versión militar, una operación en la que participaron 50 aviones de combate habría destruido el búnker subterráneo asociado al liderazgo de Khamenei, una instalación extendida bajo varias calles con múltiples accesos y salas de reunión para figuras centrales del régimen. Israel sostuvo que, tras la muerte del líder supremo, el complejo continuó siendo utilizado por altos funcionarios, por lo que la destrucción del búnker apunta a un efecto doble: cortar espacios de coordinación interna y enviar un mensaje de vulnerabilidad a la cúpula iraní, en un momento en el que la cadena de mando ya aparece golpeada.
Si el ataque al búnker representa el golpe simbólico, el golpe operacional se expresa en el cuadro más amplio: los reportes recientes sugieren que el eje de la campaña es desgastar el sistema que permite a Irán sostener represalias con misiles y drones. En particular, crece la atención sobre instalaciones subterráneas y complejos de túneles donde el régimen resguardaría parte de su arsenal y desde donde busca operar con lanzaderas móviles. La lógica es simple y brutal: cuando una lanzadera emerge, se mueve o se prepara para disparar, queda más expuesta a ser detectada y atacada. Y si los accesos, depósitos y nodos logísticos quedan dañados, el ritmo de lanzamiento se resiente.
En esa clave se inscribe también el discurso de Trump, que eligió enfatizar el desgaste total del adversario y bajar el perfil de una eventual ocupación. En una entrevista telefónica, calificó como “pérdida de tiempo” pensar en tropas terrestres estadounidenses en Irán y desestimó la advertencia del canciller Abás Araqchi sobre el “desastre” que provocaría una invasión. El Presidente dijo que las declaraciones iraníes eran un “comentario inútil” porque Washington ni siquiera lo evalúa, y agregó una frase que busca cerrar la discusión con contundencia: “Han perdido su marina. Han perdido todo lo que pueden perder”.
El mismo registro de dureza apareció en otra definición política: Trump aseguró que le gustaría que la estructura de liderazgo de Irán “desaparezca” y habló de la intención de “entrar y limpiar todo” rápidamente, con la idea —según su propio planteo— de evitar que el régimen o sus herederos reconstruyan capacidades en pocos años. También afirmó que su equipo ya tiene “algunas ideas” sobre quién podría dirigir el país, aunque evitó dar nombres. Es un mensaje que, en la práctica, coquetea con el cambio de régimen y aumenta el voltaje diplomático del conflicto.
La combinación de golpes sobre blancos estratégicos, presión naval y ataques en profundidad sobre Teherán busca mostrar un punto: que Irán no solo enfrenta pérdidas materiales, sino una erosión del “sistema” con el que se defiende y responde. Sin embargo, incluso en ese escenario, la capacidad iraní de represalia no desaparece por completo. Irán conserva margen para acciones asimétricas, ataques con drones y misiles remanentes y operaciones indirectas en la región. La diferencia que señalan observadores es que responder se vuelve más costoso y más riesgoso: cada lanzamiento exige movimiento, exposición y comunicaciones; y todo eso, en una campaña con superioridad aérea y vigilancia persistente, puede convertirse en una condena operativa.
La guerra, por lo tanto, parece entrar en una fase donde el mensaje militar pretende ser inequívoco: Estados Unidos e Israel aseguran poder golpear con libertad creciente —en mar y en tierra— mientras apuntan a lo que queda de la infraestructura crítica del régimen. La incógnita es cuánto de esa degradación es irreversible, cuánta capacidad permanece protegida bajo tierra y, sobre todo, cómo decide Teherán administrar el costo de seguir respondiendo cuando su aparato de defensa y su mando aparecen bajo presión constante.





