Buenos Aires, 19 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La escalada bélica en Medio Oriente acaba de pegar de lleno en uno de los puntos más sensibles para la economía argentina: el costo del gas que deberá importar para atravesar el invierno. Los ataques iraníes contra el complejo gasífero de Ras Laffan, en Qatar, provocaron un sacudón global en el mercado de GNL y empujaron con fuerza los precios de referencia en Europa, justo cuando la Argentina se prepara para definir su cobertura estacional. El efecto es directo: el gas importado será bastante más caro y la discusión de fondo vuelve a quedar planteada entre subsidios, tarifas y presión fiscal.
El golpe externo no es menor. QatarEnergy informó que los ataques dañaron dos de sus catorce trenes de licuefacción y una planta de gas a líquidos, lo que dejará fuera de servicio alrededor del 17% de la capacidad exportadora de GNL de Qatar durante entre tres y cinco años. La magnitud del problema excede largamente a ese país: Qatar explica cerca de una quinta parte del comercio mundial de gas natural licuado, por lo que cualquier interrupción severa en Ras Laffan repercute de inmediato sobre la disponibilidad de cargamentos para Europa y Asia.
La reacción del mercado fue fulminante. Reuters reportó que el gas europeo llegó a trepar hasta 35% en una sola jornada tras el ataque, mientras otro relevamiento sobre el mercado TTF indicó que los precios se duplicaron desde el inicio de la guerra y tocaron el 19 de marzo un pico cercano a 74 euros por MWh, su nivel más alto desde comienzos de 2023. Esa suba es la que importa especialmente a la Argentina, porque el TTF funciona como una referencia central para valuar el GNL que luego termina llegando en metaneros al sistema local.
En términos argentinos, la noticia pega en el peor momento posible. Energía Argentina lanzó el 4 de marzo de 2026 una licitación pública nacional e internacional para seleccionar un agente comercializador-agregador privado que se encargue de importar GNL y venderlo como gas regasificado en el mercado interno durante el período invernal, utilizando la terminal de Escobar. Es un cambio importante respecto del esquema que predominó en años anteriores, porque el Estado delega ahora la compra y comercialización en un operador privado, aunque la necesidad física del combustible sigue estando allí.
El antecedente inmediato ayuda a medir la vulnerabilidad. En 2025, Enarsa había cerrado la compra de 22 cargamentos de GNL por aproximadamente US$ 567,5 millones, según informó GIIGNL. En 2024, además, la Argentina había reducido sus importaciones a 1,5 millones de toneladas, el nivel más bajo desde 2019, favorecida por una mayor oferta doméstica desde Vaca Muerta y por la mejora del transporte interno. Ahora, con el mercado internacional mucho más tensionado, cualquier planificación invernal parte de una base de costos bastante más alta.
La paradoja es que el país había logrado bajar parcialmente su dependencia externa gracias a la infraestructura local. Reuters consignó que la ampliación del gasoducto troncal Perito Moreno busca sumar 14 millones de metros cúbicos diarios a una capacidad que ya venía en torno de 26 millones, precisamente para reducir importaciones caras y mejorar la balanza energética. Pero esas obras no eliminan por completo la necesidad de comprar GNL en invierno, sobre todo cuando picos de demanda residencial y generación térmica obligan a reforzar el sistema. En otras palabras: Vaca Muerta alivió la cuenta, pero todavía no blindó a la Argentina de un shock geopolítico global.
El impacto final sobre el bolsillo dependerá de una decisión política central. Si el Gobierno decide absorber buena parte del salto internacional mediante subsidios, el costo caerá más sobre las cuentas públicas y la necesidad de divisas. Si en cambio opta por trasladar una porción mayor al usuario, la presión se sentirá en las facturas y también en la inflación. El dilema es especialmente incómodo para una administración que busca sostener el equilibrio fiscal, pero al mismo tiempo evitar que un nuevo shock energético complique todavía más la desaceleración de precios. Esa tensión no es teórica: el encarecimiento del GNL coincide con un momento en que el costo de la energía volvió a transformarse en variable macroeconómica de primer orden.
También hay una lectura más amplia. Aunque el mayor precio del petróleo puede aportar más divisas por exportaciones de crudo, el mercado del gas es mucho más rígido y vulnerable que el del petróleo. Reuters destacó que Noruega y Estados Unidos, dos proveedores clave para Europa, ya operan cerca de su capacidad y no pueden compensar rápidamente un agujero como el que dejó Qatar. Eso obliga a una competencia más dura por los cargamentos disponibles y deja a compradores estacionales, como la Argentina, en una posición más delicada frente a países con mayor poder de pago.
El saldo, entonces, es inquietante. La guerra no sólo sacudió el tablero militar del Golfo; también encareció uno de los insumos más sensibles del invierno argentino. Y aunque el país haya avanzado en producción local y transporte desde Vaca Muerta, la dependencia residual del GNL vuelve a exponerlo a una verdad incómoda: cuando arde Ras Laffan, el impacto no queda en Qatar. Tarde o temprano, también termina llegando a las cuentas públicas, a la balanza energética y al bolsillo de los argentinos.





