Buenos Aires, 19 de marzo de 2026-Total News Agency-TNA- La guerra en Medio Oriente entró en una fase todavía más delicada después de que dos refinerías de Kuwait resultaran alcanzadas por ataques con drones y de que, en paralelo, desde Irán comenzara a tomar forma una propuesta para imponer peajes o tarifas de tránsito a los buques que atraviesen el estrecho de Ormuz, uno de los pasos marítimos más sensibles del planeta. La combinación de ambos movimientos confirma que el régimen iraní ya no sólo busca responder en el plano militar a la ofensiva de Estados Unidos e Israel, sino también golpear donde más duele a la economía global: la energía, la logística y el comercio internacional.
De acuerdo con reportes coincidentes de agencias internacionales, una de las instalaciones impactadas fue la refinería de Mina al-Ahmadi, una de las más importantes de Kuwait. Poco después, se registró otro incendio en una unidad operativa de la refinería de Mina Abdullah, perteneciente a Kuwait National Petroleum Company (KNPC). En este último caso, la propia compañía informó que el fuego fue controlado por los equipos de emergencia y que se activaron los protocolos de seguridad para proteger al personal y las operaciones. Más allá del control posterior de la situación, el daño político y estratégico ya estaba hecho: la infraestructura energética del Golfo volvió a quedar expuesta como blanco directo de la escalada regional.
El dato no es menor. Kuwait no ocupa el centro del conflicto como sí lo hacen Irán, Israel o las bases estadounidenses en la región, pero sí integra el corazón petrolero del Golfo. Que dos de sus refinerías hayan terminado incendiadas el mismo día por ataques con drones muestra hasta qué punto la represalia iraní busca extender el radio del conflicto y sembrar inquietud en todos los actores energéticos de la zona. La lectura de los mercados fue inmediata: el Brent superó durante la jornada los US$ 119 por barril antes de recortar parte de esa suba, mientras el gas europeo también volvió a dispararse por temor a nuevas interrupciones.
Pero el segundo frente abierto por Teherán puede resultar incluso más inquietante a mediano plazo. Según declaraciones de un legislador iraní a la Agencia de Noticias de Estudiantes de Irán, el Parlamento estudia un proyecto para cobrar tasas e impuestos a los países que utilicen el estrecho de Ormuz para navegación comercial, transporte energético y abastecimiento de alimentos. La iniciativa apunta a monetizar el control estratégico que Irán busca ejercer sobre una vía por la que circula cerca de una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado del mundo. Aunque por ahora se trata de una propuesta en estudio y no de una medida vigente, el solo hecho de que haya sido planteada ya agrega una nueva capa de incertidumbre geopolítica y comercial.
En términos prácticos, la amenaza es de enorme magnitud. Ormuz funciona como una arteria crítica para las exportaciones de crudo y gas de las monarquías del Golfo y para buena parte del abastecimiento energético de Asia y Europa. Si Irán avanzara con un esquema de peajes, restricciones o arbitrariedades sobre el tránsito, no sólo estaría desafiando la libertad de navegación, sino que también abriría un conflicto jurídico, militar y comercial de alcance global. La sola posibilidad de que un régimen bajo sanciones internacionales busque cobrar por el paso de buques en ese corredor ya es vista por analistas y operadores como una señal de presión económica directa sobre sus adversarios y sobre los países que dependen de esa ruta.
La secuencia muestra, además, una lógica cada vez más clara en el comportamiento iraní: ante la imposibilidad de igualar a Estados Unidos e Israel en capacidad militar convencional, el régimen intenta compensar golpeando infraestructura, encareciendo la energía y tensionando los cuellos de botella del sistema global. Esa táctica puede no definir por sí sola una guerra, pero sí alterar precios, cadenas de suministro y decisiones políticas de gobiernos muy alejados del campo de batalla. En otras palabras, Irán parece decidido a convertir el petróleo y los estrechos marítimos en instrumentos de coerción estratégica.
Para el resto del mundo, la señal es inequívoca. Ya no se trata únicamente de ataques cruzados entre enemigos históricos, sino de una fase donde la guerra empieza a permear el corazón mismo de la economía internacional. Y cuando arden refinerías en Kuwait y se pone sobre la mesa la idea de cobrar por pasar por Ormuz, el mensaje que sale del Golfo es uno solo: la energía global ha entrado en zona de riesgo.





