Washington-7 de Abril de 2026-Total News Agency-TNA- Pakistán movió en las últimas horas una pieza delicada y de alto voltaje diplomático: pidió a Donald Trump que extienda por dos semanas el ultimátum lanzado a Irán para reabrir el estrecho de Ormuz. La Casa Blanca, lejos de desmentir la gestión, confirmó que el presidente estadounidense ya fue informado de la propuesta y que dará una respuesta. El reloj, mientras tanto, siguió corriendo hacia el plazo fijado para las 20 en Washington, es decir, las 21 en la Argentina, en un contexto en el que cada palabra de la Casa Blanca y cada movimiento militar en el Golfo ya impactan en petróleo, mercados y seguridad internacional.
Lo primero que surge de una revisión de fuentes confiables es que, detrás de las versiones optimistas, todavía no hay acuerdo cerrado. El pedido del primer ministro Shehbaz Sharif no fue una mediación genérica ni un gesto simbólico: incluyó la solicitud concreta de una prórroga de dos semanas y, a la vez, un planteo para que Irán abra de manera temporal Ormuz como señal de buena voluntad. Islamabad sostuvo que la diplomacia venía avanzando, pero al mismo tiempo Reuters reportó que, pese a los contactos intensos, seguía sin haber señales claras de compromiso entre las partes. Dicho de otro modo: hay negociación, sí, pero no todavía un entendimiento firme que permita hablar seriamente de descompresión definitiva.
Del lado iraní, además, la posición pública y la reservada muestran un endurecimiento que relativiza cualquier lectura triunfalista. Un alto funcionario iraní dijo a Reuters que Teherán solo aceptaría conversaciones hacia una paz duradera si antes cesan los ataques, si existen garantías de que no volverán a repetirse y si hay compensación por los daños sufridos. La misma fuente sostuvo que Irán rechaza una tregua meramente temporal. Ese dato es central, porque revela que la fórmula impulsada por Pakistán puede servir para ganar tiempo, pero todavía choca con un punto de fondo: Irán no quiere una pausa táctica si después queda expuesto a una nueva ronda de bombardeos.
Mientras la diplomacia intenta respirar, el terreno militar empuja en sentido contrario. Israel confirmó el ataque sobre el complejo petroquímico de Asaluyeh, uno de los nodos energéticos más sensibles de Irán, presentado por Reuters como el mayor complejo petroquímico iraní. Casi en paralelo, la crisis se amplió cuando Irán anunció un ataque contra el complejo petroquímico de Jubail, en Arabia Saudita, un movimiento que no solo eleva el riesgo regional sino que, según fuentes citadas por Reuters, puede hacer descarrilar por completo las conversaciones en curso. De hecho, el propio aparato estatal paquistaní advirtió que esos ataques constituyen una escalada peligrosa, después de una reunión de mandos encabezada por el jefe del Ejército, el mariscal de campo Asim Munir.
El otro termómetro de esta crisis está en la energía, y ahí el panorama es todavía más inquietante. Reuters informó que refinadores de Europa y Asia ya pagan precios físicos cercanos a los 150 dólares por barril para algunas calidades de crudo, mientras el mercado reacciona al cierre efectivo de Ormuz y a la interrupción de al menos 12 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca del 12% del suministro mundial. En paralelo, el Brent llegó el mes pasado a 119,50 dólares, su nivel más alto desde 2022. Ese dato explica por qué la discusión dejó de ser solo militar: el conflicto ya se convirtió en una amenaza sistémica para la inflación, la actividad global y la estabilidad política de numerosos gobiernos.
Hay un último dato que obliga a leer esta crisis con cabeza fría y no con entusiasmo de redes: las promesas de “buenas noticias” todavía no tienen respaldo sólido en los canales oficiales más confiables. Lo que sí está documentado es que la Casa Blanca aún no comprometió una extensión, que Trump ya postergó otros plazos antes y que la actual presión viene acompañada por una retórica cada vez más agresiva. Al mismo tiempo, agencias federales de Estados Unidos advirtieron que los ciberataques iraníes sobre infraestructura crítica norteamericana crecieron desde el inicio de la guerra, señal de que la represalia ya no se limita al teatro militar tradicional. En ese cuadro, la propuesta paquistaní aparece hoy más como una última ventana para evitar un salto mayor que como la prueba de una paz inminente.




