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No es una editorial cualquiera. Funerales, apagones, farsas del poder y más …

5 mayo, 2025
No es una editorial cualquiera. Funerales, apagones, farsas del poder y más …
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Por Blanca White- Envio especial para Total News Agency-TNA-

Bailando en la Oscuridad.
Funerales de fe, apagones de razón y farsa del poder.
Metamorfosis y veneno.

Queridos lectores, estoy de vuelta tras una semana de silencio premeditado. No, no hubo “apagón mental” ni censura: simplemente atravesé una pequeña metamorfosis interior. A veces hay que apagarse uno mismo para recargar veneno. Hoy regreso con el colmillo más afilado que nunca y dispuesto a incomodar a más de uno. Aviso a navegantes: esta edición viene cargada de crítica punzante y verdades incómodas. Además, aviso de nuevo contenido de mucho valor sólo para suscritores – porque algunas revelaciones merecen compartirse solo con quienes apoyan esta trinchera. Si la semana pasada no hubo editorial, prepárate: la dosis de esta semana viene doble y sin anestesia.

Funeral en el Vaticano: propaganda y fe en decadencia

Empecemos por Roma, escenario de un funeral papal entre la pompa mediática y la desolación espiritual. El papa Francisco fue despedido hace unos días en el Vaticano con toda la fanfarria imaginable: titulares lacrimógenos, filas interminables de fieles de postal y políticos sacando tajada fotogénica del momento. ¿Realidad? Una ceremonia impecable en lo protocolario pero vacía en lo trascendente. La manipulación mediática lo ha elevado a “papa del pueblo” en un guion digno de Netflix, mientras la fe auténtica agoniza fuera de plano. Iglesias semivacías, doctrinas diluidas y una masa más pendiente de inmortalizar el momento con el móvil que de rezar por el alma del Pontífice. Irónico: miles despidiendo al líder espiritual, pero ¿cuántos viven realmente la fe que él debía pastorear? Esta desconexión revela la decadencia de la fe auténtica, sustituida por sentimentalismo barato y espectáculo.

Tras la muerte de Francisco, la Iglesia se encuentra en una encrucijada histórica. Urge un Papa que custodie la tradición católica de verdad, con el coraje de ir contra la corriente mundana. Se añora, qué duda cabe, la estirpe de un Pío XII, aquel último pontífice preconciliar que mantenía incólume la doctrina sin importarle los aplausos del mundo. Desde el fatídico Concilio Vaticano II, la institución no ha dejado de ceder terreno: experimentos litúrgicos, ambigüedades doctrinales y un afán suicida de “aggiornamento” (puesta al día) que ha desdibujado la esencia de la fe. Los frutos están a la vista: relativismo moral, pérdida de vocaciones y un rebaño disperso que ya no sabe distinguir lo sagrado de lo profano.

El funeral de Francisco escenificó esta crisis. Vimos un Vaticano más preocupado por la imagen y la corrección política que por la solemnidad sacra. Mucho dignatario mundial dando el pésame, mucho periodista hablando de la “humildad” del Papa difunto… pero poca autocrítica sobre el rumbo de la Iglesia. ¿Quién mencionó, por ejemplo, la sangría de fieles hartos de ambigüedades? ¿Quién alzó la voz sobre la necesidad de recuperar la misa tradicional, la doctrina firme, la auténtica espiritualidad que alimenta almas? Silencio sepulcral.

Entretanto, el Foro de Davos y sus acólitos globalistas seguramente encendieron velas (simbólicas, por supuesto) por un Papa que tan buen servicio les hizo alineando la Iglesia con sus agendas mundiales. Porque seamos claros: Francisco fue el favorito de esa élite que predica un “nuevo orden” secular. Fue el Papa del cambio climático, de la migración irrestricta, de la fraternidad universal abstracta… todas causas muy aplaudidas en los salones de Davos. Pero ¿y la tradición católica qué? Bien, gracias, arrinconada y etiquetada poco menos que de extremismo. El daño del Concilio Vaticano II –que abrió la puerta a esta mundanización– ha culminado en un pontificado donde se habló más de pactos globales y de economía verde que de salvar almas inmortales. Así de crudo.

La auténtica espiritualidad católica vive hoy un apagón, una oscuridad auto-infligida por quienes debían ser sus guardianes. Por eso, el próximo cónclave no es que sea importante: es de vida o muerte para la Iglesia. Necesitamos un sucesor de Pedro que tenga la valentía de plantarse ante los mercaderes del templo modernos. Alguien que no se arrodille ante los emperadores del siglo XXI ni ante los gurús de Davos, sino solo ante Dios y la Tradición. Al poder mundano puede que esta idea le incomode, pero precisamente de eso se trata: de salvar lo sagrado de las garras de lo profano. Porque mientras la jerarquía juega a ser simpática con el mundo, la fe de nuestros abuelos se apaga. Y cuando la luz de la fe se extingue, otras oscuridades avanzan…

De la oscuridad espiritual pasamos a la oscuridad moral que avanza en nuestra sociedad, a veces impulsada incluso por quienes deberían frenarla. Cambiemos de escenario: Ciudad Real, pleno corazón de la España tradicional… ¿o ya no? Resulta que en este municipio, gobernado por el Partido Popular, han creído oportuno repartir a niños un material de ideología de género digno del Ministerio de Igualdad más radical. Increíble pero cierto: un ayuntamiento supuestamente “conservador” adoctrinando a menores en las últimas modas identitarias.

El folleto en cuestión, con estética infantil e inocente título –“Mandalas con valores”– es un caballo de Troya ideológico. A los escolares que visitaban el consistorio les regalaban este cuadernillo para colorear, que bajo dibujos simpáticos cuela contenido sobre la “diversidad de modelos de familia” y demás dogmas de género. En sus páginas se equiparan todos los tipos de familia habidos y por haber: mamá-papá, dos papás, dos mamás, familias “reconstruidas”, monomarentales… “Cada familia es única, pero todas igual de válidas”, rezaba el panfleto multicolor. Una forma azucarada de decir a los críos que da lo mismo tener un papá y una mamá que cualquier otra combinación. Relativismo puro metido con calzador en mentes infantiles impresionables.

Lo más grotesco es que esta iniciativa proviene de la Concejalía de Educación del PP. Sí, ese partido que en campaña dice defender la familia tradicional y el sentido común, pero que a la hora de la verdad claudica ante la ingeniería social progre. ¿Qué hace un ayuntamiento regalando material ideológico a los niños, además fuera de sus competencias educativas? ¿A quién se le ocurrió que era su papel reeducar moralmente a las familias que visitan el consistorio? Huele a complejo de la derecha acomplejada: queriendo quedar bien con la izquierda cultural, terminan haciendo el trabajo sucio de ésta. El PP de Ciudad Real ha demostrado estar cada día más cerca de la izquierda en estas cuestiones, malgastando dinero público para imponer su ideología aunque sea vulnerando derechos fundamentales de los padres. Una traición en toda regla a sus votantes y a sus supuestos principios.

La reacción no se hizo esperar. El aliado de gobierno local, VOX, montó en cólera (con toda la razón) y rompió el pacto municipal en señal de protesta. Cuando incluso tus socios te acusan de cruzar líneas rojas, es que has metido la pata hasta el fondo. Y los ciudadanos, especialmente los padres, montaron en cólera. ¿Quién defiende ya la familia natural? ¿Quién protege la inocencia de nuestros hijos frente al adoctrinamiento precoz? Afortunadamente, aún quedan valientes: la Asociación de Abogados Cristianos ha tomado cartas en el asunto. Ni corta ni perezosa, esta organización ha llevado al ayuntamiento ante los tribunales, denunciando que ese cuadernillo vulnera el derecho constitucional de los padres a decidir la formación moral de sus hijos. ¡Bravo! Alguien tenía que poner freno a esta locura.

Desde Abogados Cristianos –con su presidenta Polonia Castellanos al frente– lo han dicho claro: basta de colar ideología de género con dinero público y menos a espaldas de las familias. Su iniciativa judicial merece aplauso porque defiende algo básico: los niños no son campo de experimentos ideológicos. Y de paso, dan un aviso al PP (y a cualquier otro): dejen en paz a la familia tradicional, que es la célula básica de nuestra sociedad, y dedíquense a gobernar, que falta les hace. No necesitamos “nuevos valores” dictados por comisarios políticos; necesitamos que se respeten los de siempre. Padre, madre y niños, la familia de toda la vida, no es un modelo más a relativizar entre un menú de opciones: es el núcleo natural que ha sustentado nuestra civilización. Y estamos hartos de que la ataquen o la trivialicen con dibujitos y mandalas.

El episodio de Ciudad Real nos enseña algo preocupante: la infiltración ideológica avanza incluso donde uno espera resistencia. Cuando quien debería dar la batalla cultural se pasa al bando contrario, la sociedad queda indefensa. Por eso es tan importante el papel de organizaciones civiles como Abogados Cristianos y la presión de los propios votantes. Hay que exigir coherencia a esos políticos que prometieron frenar este tipo de adoctrinamiento. Y si no cumplen, que atenganse a las consecuencias, como ya pasó ahí mismo con la ruptura del gobierno local.


No se juega con nuestros hijos. Punto.

Mientras algunos se dedican a apagar la luz de la verdad en las aulas, otros lograron apagar –literalmente– la luz en toda España. Hablemos del apagón eléctrico histórico del pasado 28 de abril, un colapso sin precedentes que dejó a millones de ciudadanos a oscuras durante horas. Toda la Península Ibérica se sumió en tinieblas a plena luz del día, afectando incluso a Portugal y Francia, colapsando trenes, semáforos, comunicaciones… un caos propio de país tercermundista. Y una vez más, la pregunta: ¿quién es responsable de esta vergüenza?

La respuesta oficial, como era de esperar, fue un baile de excusas bochornoso. Al frente de la “investigación” de causas tenemos a dos figuras clavo: Sara Aagesen, nueva vicepresidenta tercera del Gobierno y ministra para la Transición Ecológica, y Beatriz Corredor, presidenta de Red Eléctrica de España (REE). Estas dos señoras encabezan el operativo energético nacional, cada una con su sueldo estratosférico: Aagesen con su jugosa nómina ministerial (y todos los privilegios de alta casta política) y Corredor con un salario de unos 546.000 euros al año como máxima jefa de la empresa eléctrica pública. Sí, han leído bien: más de medio millón de euros por “garantizar” que tengamos luz.

Pues bien, a la hora de la verdad ni garantizan nada ni asumen responsabilidades. Tras el apagón, en lugar de dar la cara y reconocer fallos, optaron por la salida cobarde de echar balones fuera. ¿La explicación? “Posible ciberataque ruso”. ¡Claro, cómo no se nos ocurrió! Si algo sale mal en España, siempre podemos culpar al malvado ruso de turno. Aagesen balbuceó que se investigaría un ataque informático “externo” como causa del colapso, y Corredor rápidamente secundó la teoría. El gobierno montó comités y grupos de trabajo para analizar “todas las hipótesis”, faltaría más. Rusia como comodín: el guion perfecto para tapar la ineptitud propia.

Pero los españoles no somos tan tontos, señoras. Cuesta creer que una potencia extranjera nos tumbara el sistema eléctrico entero de un plumazo… y si así fuera, ¡peor me lo ponen!, porque significaría que nuestras infraestructuras críticas están en manos de inútiles incapaces de protegerlas. O es negligencia o es incompetencia, no hay tercera opción. El cuento del “hacker ruso” suena a película mala para no admitir lo evidente: que la sacrosanta Transición Ecológica dejó nuestra red eléctrica en la cuerda floja.

Llevan años vendiéndonos la panacea de las energías 100% renovables, cerrando centrales térmicas, demonizando la nuclear, supeditando todo a los molinos de viento y a los paneles solares… y aquí está el resultado. Una red frágil, sin respaldo suficiente, donde cualquier fluctuación puede desencadenar el desastre. Diversos expertos lo advirtieron: si desconectas plantas estables y dependes de fuentes intermitentes, el riesgo de apagón masivo se dispara. Pero nuestros gobernantes verdes prefirieron ignorarlo en su fervor ideológico. Ahora, cuando media España se queda sin luz, en vez de reconocer que su modelo energético es un castillo de naipes, se inventan saboteadores fantasmas.

¿Dónde está la autocrítica? No busquen, no hay. En su lugar, la ministra Aagesen tuvo el descaro de llamar “irresponsable y simplista” a quienes señalan a las renovables como parte del problema. Según ella, ni se nos ocurra dudar del dogma ecológico: la culpa debe ser de un “error técnico imprevisto” o de unos malvados hackers. Por supuesto, de su gestión, ni una palabra. Y mientras tanto, Beatriz Corredor –colocada a dedo por su carné político, sin experiencia en energía– sigue aferrada al sillón asegurando que todo se hizo “extraordinariamente” bien desde REE. Extraordinario, sí: extraordinario desastre.

Lo más insultante es ver la desconexión con la realidad de nuestra clase dirigente. Ahí estaban Aagesen y Corredor, sonrientes en las fotos de la “reunión de crisis”, muy trajeadas ellas en despachos iluminados por generadores, discutiendo cómo maquillar el desaguisado. Nadie dimite, nadie pide perdón. Al contrario, se felicitan por su “coordinación”. Y la factura, en todos los sentidos, la pagamos nosotros. ¿Consecuencias? Cero. Aquí no pasa nada, señores: a otra cosa, mariposa. Total, el gobierno ya tiene su relato preferido –“fue un ataque externo”– y sus palmeros mediáticos lo repetirán hasta la saciedad para que el público mire hacia Moscú en lugar de hacia Moncloa o la sede de Red Eléctrica.

Pero la realidad es tozuda. Dependemos de un sistema energético inestable, fruto de políticas imprudentes. Nos subimos a la burra del “nuevo paradigma verde” sin red de seguridad, y ahora sufrimos apagones masivos como en los años 40. Eso sí, qué orgullosos de salvar el planeta… dejando a nuestra gente a oscuras. Ecologismo de salón le llaman algunos: mucho discurso climático, mucha Agenda 2030, pero poca previsión y cero humildad para admitir que tal vez hace falta un mix energético sensato, con renovables y base firme de energía tradicional. En su lugar, siguen dogmáticamente empeñados en el todo-o-nada verde, jugando con fuego (o con oscuridad, mejor dicho) con tal de colgarse medallas progres.

Y no hablemos de la hipocresía ambiental. Nos venden las renovables como la solución milagrosa, pero ¿qué hay de los residuos tecnológicos que generarán? Miles de toneladas de paneles solares agotados y palas de aerogenerador inservibles terminarán en vertederos en unas décadas, y apenas se oye nada sobre cómo se gestionará ese desastre ecológico. Nos llaman a reciclar la bolsita de plástico y apagar la luz al salir de la habitación, mientras ellos crean un elefante verde del que nadie se responsabilizará cuando envejezca. Este falso ecologismo es puro postureo: presumen de verdes pero en la práctica solo siembran nuevos problemas a futuro, eso sí, esperando que para entonces ya no estén ellos para rendir cuentas.

El apagón del 28 de abril dejó una imagen dantesca pero reveladora de nuestra sociedad. En lugar de indignación general y exigencia de respuestas inmediatas, ¿qué vimos? Multitudes que, tras el susto inicial, salieron a tomarse la situación a guasa. Terrazas llenas en Madrid a plena tarde, gente riendo y brindando como si festejaran Nochevieja. “Mientras la cerveza siga saliendo fría…”, decía con sorna un camarero ante las cámaras. Algunos hasta montaron bailes en los balcones, convirtiendo la ciudad a oscuras en una discoteca improvisada. ¿En serio? La nación entera sufriendo el peor apagón de nuestra historia reciente, ¡y a un segmento de zombis les parece ocasión de fiesta! Pan y circo en versión penumbra: aunque no haya pan (ni luz), el circo lo ponen ellos mismos bailando como tontos útiles.

Permítanme el desprecio: esa estampa de ciudadanos banalizando la catástrofe, riendo la gracia al poder incompetente, da verdadera vergüenza ajena. Mientras esos inconscientes se marcaban un bailecito a lo pandemia, personas vulnerables agonizaban: enfermos conectados a respiradores sin electricidad, ancianos atrapados en ascensores, servicios de emergencia colapsados… Pero claro, eso no sale en los vídeos de TikTok con musiquita pegadiza. Nadie viraliza al abuelo cuya vida pendía de un hilo en una UCI cuando se apagó todo. Es más divertido subir la story bailando a oscuras. INDIGNANTE.

Y aún más indignante cuando ahora empiezan a llegar las noticias silenciadas. En varias ciudades, sobre todo donde la luz no volvió hasta bien pasada la medianoche, se produjeron saqueos sistemáticos. Tiendas de zapatillas deportivas, joyerías, pequeños comercios… muchos fueron asaltados tras ver sus puertas reventadas. En barrios enteros, los sistemas de alarma y videovigilancia dejaron de funcionar, y la delincuencia hizo fiesta. Me consta cómo familias asiáticas se postraban ante sus negocios para impedir el saqueo. Nadie cuenta eso, claro. ¿Qué fue del Estado protector? ¿Dónde estaban las fuerzas del orden? Ah, sí… probablemente esperando a que volviera la luz también. Mientras tanto, los bárbaros aprovecharon la penumbra para hacer lo suyo, y la televisión, fiel a su papel de mamporrera, calló. Ni una mención. Porque si no sale en pantalla, no pasó.

Esta actitud frívola es síntoma de algo más profundo: la anestesia generalizada del pueblo. Nos han acostumbrado a no tomarnos en serio nuestra propia decadencia. Nos meten en una caldera que hierve poco a poco y en vez de saltar, nos ponemos a bailar. Tal cual la orquesta del Titanic, que seguía tocando mientras el barco se hundía. Aquí la orquesta son esos vecinos jaleándose en la penumbra, orgullosos de su resiliencia mal entendida. Y así, entre risas y bailecitos, se diluye la exigencia de responsabilidades. El gobierno agradecido: cuantos más memes del apagón circulen, menos se hablará de su nefasta gestión.

Misión cumplida.

El apagón eléctrico es apenas una pieza del puzzle del colapso general que vivimos en España. Se apagan las luces, sí, pero también se están apagando la sanidad, la educación, la seguridad, la justicia… Todos esos servicios públicos que justifican los astronómicos impuestos que pagamos están en franco deterioro. Listas de espera sanitarias interminables; escuelas donde importa más el adoctrinamiento ideológico que la excelencia; delincuencia campando a sus anchas mientras las leyes protegen más al criminal que al ciudadano honrado; oficinas públicas colapsadas incapaces de atender trámites básicos. El Estado del Bienestar se desmorona, pero eso sí, el sablazo fiscal sube y sube sin cesar.

Cada día nos levantamos con nuevos impuestos, tasas o subidas: que si peajes a las autovías, que si más IRPF, que si el recibo de la luz por las nubes (cuando hay luz, claro está), que si sube la cuota de autónomos, que si más IVA encubierto… Nos exprimen a impuestos prometiendo maná de servicios, y a cambio obtenemos migajas y excusas. ¿Dónde diablos va a parar todo ese dinero? Porque a la gente no vuelve en forma de mejores hospitales ni mejores transportes, desde luego. La respuesta es clara: el dinero se lo traga la propia bestia estatal y sus parásitos.

Miren al Gobierno y su legión de enchufados. España bate récords en número de asesores, cargos de confianza y demás paniaguados a sueldo del erario. Se calcula que este Ejecutivo social-comunista ha colocado a dedo cerca de un millar de asesores (sí, 1000 personajillos) en ministerios, secretarías y sobre todo en Moncloa, muchos cobrando más que el propio Presidente. Un ejército de aduladores y comisarios políticos cuya utilidad pública es más que dudosa. Tenemos más “asesores” que ningún gobierno en nuestra historia –muchos más que en países vecinos mucho más poblados– y sin embargo, ¿han visto ustedes que la gestión mejore gracias a tanto sabio? Al contrario, cuanto más crece la corte, peor funciona el reino. Pero eso sí, las nóminas de estos amiguetes se pagan religiosamente con nuestros impuestos, mes a mes.

Este parasitismo político se extiende a todos los niveles: autonomías, diputaciones, ayuntamientos… Un sinfín de chiringuitos donde colocar al colega, al militante, al familiar del diputado. ¿Resultado? Un gasto público elefantiásico, ineficiente, que dispara la deuda pública a cifras estratosféricas. España debe ya más de 1,6 billones de euros (1.600.000.000.000 €), récord histórico que sigue subiendo a toda velocidad. Pan para hoy y hambre para mañana: pan no, migajas; hambre, segura para nuestros hijos que heredarán esta losa. Pero los políticos ni se inmutan: ellos, a seguir pidiendo dinero prestado, a seguir endeudando al país para mantener su tinglado un poquito más. Patético y criminal.

Mientras tanto, los privilegios de la casta política permanecen intactos o aumentan. Tienen asegurados coches oficiales, dietas, viajes en clase VIP, pensiones máximas tras pocos años en el escaño, puertas giratorias a consejos de administración lucrativos… Viven en una burbuja de impunidad y confort desconocida para el ciudadano medio. ¿Han visto colas de ministros en la Seguridad Social? ¿Políticos esperando meses una operación en la sanidad pública? No, porque muchos se arreglan la vida en la privada o en el extranjero con sus sueldazos, o cuentan con mutuas especiales solo para ellos.

Viven de nosotros, pero no viven como nosotros. Así de simple.

Y aquí abajo, el pueblo raso, cada vez más cansado y empobrecido. Te obligan a cotizar 40 años para una pensión misérrima mientras ellos con 7 años de cargo público ya se garantizan la suya bien jugosa. Te exigen tributar hasta por respirar, pero luego despilfarran tu dinero en ocurrencias ideológicas, en ministerios inútiles (¿alguien nota algo si mañana desaparece el Ministerio de Igualdad, por ejemplo?), en rescatar autopistas ruinosas o aeropuertos fantasma, en subvenciones a sus asociaciones amigas, en pagar favores políticos… Un saqueo legalizado. Y pobre de ti como te retrases en un pago a Hacienda: entonces sí verás la eficacia implacable del Estado persiguiéndote. Para cobrar, cómo funcionan; para servir, qué mediocridad.

Este panorama plantea una cuestión moral espinosa pero inevitable: en un sistema que actúa así, ¿hasta qué punto es legítimo seguir tragando y pagando sumisamente? Dicho de otro modo, ¿es lícito intentar eludir impuestos en un sistema que roza la esclavitud fiscal? Sé que la mera pregunta escandalizará a algunos, pero piénsenlo fríamente. Nuestro contrato social está roto: nos esquilman como a siervos pero no cumplen su parte básica de garantizar servicios de calidad y gestión honrada.

¿Debe el ciudadano seguir financiando a un leviatán que lo oprime y engaña?

Cada cual tendrá su respuesta ética, pero resulta comprensible que crezca la indignación fiscal. Algunos lo llamarán economía sumergida, picaresca, incluso insolidaridad. Otros lo verán como autodefensa. Cuando el Estado se convierte en tu explotador en lugar de tu protector, la resistencia fiscal empieza a ser casi una reacción de supervivencia. No hablo de promover abiertamente la ilegalidad –que no cunda el pánico en el Ministerio de Hacienda–, hablo de entender el hastío de quienes buscan cualquier resquicio para que no les sigan robando la cartera impunemente. Porque la verdadera insolidaridad es la de estos gobernantes que malversan la confianza (y el dinero) de la gente, condenando a la nación al declive mientras ellos bailan su propia fiesta privilegiada.

LA ÚNICA SOLUCIÓN: encender la luz de la verdad.

España se encuentra en una hora oscura, en todos los sentidos. Oscura porque han apagado los valores que nos guiaban (esa fe auténtica relegada, esa familia natural atacada). Oscura porque literalmente nos dejan sin luz y sin infraestructuras fiables. Oscura porque los pilares del Estado del Bienestar se resquebrajan pese a nuestras millonarias aportaciones. Y oscura, sobre todo, porque parte de la sociedad parece bailar despreocupada en medio del derrumbe, entretenida con migajas y espejuelos, sin querer mirar el abismo que se abre bajo sus pies.

Es hora de encender la luz de la verdad y la dignidad. De dejar de bailar al son que nos toca el poder y empezar a exigir, a cambiar el paso. España no puede permitirse más cómplices pasivos ni “antisistema de sofá” –esas voces de pacotilla que critican todo desde la comodidad de su hogar, pero que a la hora de la verdad ni se despeinan y hasta disfrutan de los desastres ajenos mientras tengan wifi y cerveza fría–. Ya basta de hipocresía y de apatía. La realidad es demasiado seria como para evadirse en fiestas estúpidas o indignaciones de Twitter sin acto seguido.

Nos corresponde a nosotros, ciudadanos despiertos y conscientes, tomar cartas en el asunto. ¿Cómo? Cada uno a su manera: informándose y no tragando propaganda, denunciando los abusos allá donde ocurran, apoyando a quienes dan la batalla (desde plataformas civiles hasta medios incómodos para el poder), votando con cabeza y no con la nariz tapada, e incluso desobedeciendo pacíficamente cuando la situación lo requiera. Porque la obediencia ciega a un sistema corrupto solo nos hace cómplices de nuestra propia ruina.

No podemos seguir permitiendo que nos traten como siervos ni que nos apaguen el futuro. Que no nos hipnoticen con bailes en la oscuridad mientras nos desvalijan la casa. Ha llegado el momento de encender todas las luces: la de la fe y la tradición bien entendida, la de la razón y el sentido común en las políticas, la de la exigencia moral a nuestros representantes. Y apuntar esos focos directamente a las caras de quienes han prosperado en las sombras, para que sientan la mirada escrutadora del pueblo.

En esta hora difícil, cada gesto cuenta. Quizá no podamos cambiar todo de la noche a la mañana, pero al menos no seamos parte del decorado decadente. Levantemos la voz, despertemos al vecino dormido, devolvamos la vergüenza a quien la perdió. Hay esperanza si encendemos conciencias: recordemos que la noche más negra precede al alba, y que ninguna mentira puede durar eternamente cuando unas cuantas velas valientes empiezan a arder. Seamos esas velas.

Termino ya esta editorial, afilada y sincera, con un llamamiento: que cada uno reflexione y decida si seguirá bailando en la oscuridad o ayudará a encender la luz. España lo vale. Nuestro futuro y el de nuestros hijos lo valen. Y a los poderosos, a esos que se revuelven incómodos con estas palabras, solo les digo: aquí seguiremos, alumbrando sus vergüenzas, les guste o no. La verdad, como la luz, siempre encuentra rendijas por donde colarse. Es hora de abrir bien los ojos y no volver a cerrarlos.

¡Despertad, encended la luz, y que comience el verdadero cambio!

Si has llegado hasta aquí y algo de esto te ha removido por dentro —o por fuera—, si te ha hecho pensar, enfadar o mirar el mundo con otros ojos, entonces el trabajo está hecho.

Y si además quieres apoyar esta causa independiente, libre de subvenciones, partidos y postureos, puedes invitarme a un café. Literal. Un gesto pequeño que nos permite seguir diciendo lo que nadie quiere escuchar.

👉 https://buymeacoffee.com/blancawhite

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