Washington, 30 de noviembre de 2025 – Total News Agency-TNA-
La magnitud del ciberataque ejecutado por actores vinculados al Partido Comunista Chino (PCCh) contra infraestructura crítica de Estados Unidos es tan amplia que, según exfuncionarios del Buró Federal de Investigaciones (FBI), es “difícil imaginar” que algún ciudadano estadounidense no haya sido afectado. La operación, atribuida al grupo conocido como Salt Typhoon, se extendió durante cinco años, comprometió sistemas sensibles del gobierno federal, el ámbito militar, el transporte, las telecomunicaciones y servicios esenciales, y se habría replicado en numerosos países.
Un informe conjunto emitido en septiembre por el FBI, la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) y organismos de inteligencia internacionales advirtió que los ciberatacantes —presuntamente tres empresas chinas que trabajan para el Ejército Popular de Liberación y el Ministerio de Seguridad del Estado— lograron infiltrarse en redes que sostienen aspectos centrales de la vida cotidiana en Estados Unidos. El objetivo: vigilar comunicaciones, rastrear desplazamientos y obtener acceso a información estratégica de funcionarios, políticos y estructuras críticas.
Cynthia Kaiser, exsubdirectora de la división cibernética del FBI, fue tajante en declaraciones al New York Times: “No puedo imaginar que ningún estadounidense se haya salvado, dada la amplitud de la campaña”. La exfuncionaria remarcó que la operación no se limitó a la extracción pasiva de datos, sino que permitió a Beijing crear un mapa detallado de comunicaciones privadas, incluyendo llamadas, mensajes y patrones de movimiento.
Desde el sector privado, el diagnóstico es igual de alarmante. Pete Nicoletti, jefe de seguridad de Check Point, describió el grado de intrusión como “sin precedentes”, al señalar que los actores de Salt Typhoon “tuvieron plena libertad” durante años. Si bien muchos estadounidenses comunes resultaron afectados de manera incidental, Nicoletti confirmó que figuras de alto perfil —entre ellos Donald Trump, J. D. Vance, Kamala Harris y decenas de funcionarios gubernamentales— fueron blancos directos.
Los investigadores sostienen que la operación incluyó la identificación de propietarios de dispositivos para seleccionar objetivos de interés del gobierno chino. Durante la intrusión masiva registrada en diciembre de 2024, la entonces asesora adjunta de seguridad nacional, Anne Neuberger, ya había advertido que Beijing utilizaba estos accesos para interceptar comunicaciones privadas de líderes estratégicos.
Pero la preocupación inmediata no es lo que el grupo pueda hacer a futuro, sino lo que podría seguir ocurriendo dentro de agencias y compañías que aún no detectaron la infiltración. “Mi mayor preocupación es que siguen en diversas organizaciones sin ser detectados”, alertó Nicoletti. “Lo crítico no es la próxima intrusión, sino qué están haciendo ahora mismo y en quiénes están”.
Mientras tanto, el gobierno estadounidense continúa intensificando sus esfuerzos para contrarrestar la influencia china en territorio nacional. El director del FBI, Chris Patel, lidera una ofensiva destinada a identificar, neutralizar y expulsar la presencia clandestina de actores vinculados a Beijing, tanto en el ámbito cibernético como en operaciones encubiertas.
La campaña global de Salt Typhoon expone que la guerra cibernética ya no es un escenario futuro, sino un terreno activo donde potencias rivales disputan control, información y capacidad de presión estratégica. Y para Washington, el diagnóstico es claro: el ataque no solo vulneró infraestructura crítica, sino que dejó en evidencia una falla profunda en la seguridad interna que afectó —directa o indirectamente— a millones de ciudadanos estadounidenses.

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