Se llevó con justicia el Trofeo de Campeones, pero es un equipo que quedará en la historia por mucho más que lo que hizo dentro de la cancha.
Con casi los mismos jugadores (faltaron tres) y un ayudante de aquella dupla técnica, no dejó de mostrar su estilo de pelea y confrontación física, pero en el final del año estuvo más cerca del resto de la temporada (después de ser campeón, ni siquiera entró entre los primeros ocho de su zona en el Clausura y quedó 22° en la tabla anual) que de aquellos cuatro partidos inolvidables.
E inolvidable, sí, será este Estudiantes campeón. ¿Fue un equipo extraordinario? ¿Tuvo actuaciones espectaculares? ¿Produjo alguna revolución táctica? ¿Tuvo figuras descollantes que tendrían que estar en el Mundial 26? No, nada de eso.
Pero este Estudiantes, más allá de los méritos futboleros que mostró en pasajes de la Copa Libertadores, como cuando le hizo temblar la pera al poderoso Flamengo, y en los playoffs del Clausura, quedará en la historia por mucho más que lo que hizo dentro de la cancha.
Estudiantes fue el equipo que corporizó la indignación del mundo futbolero contra los desmanejos de la AFA que desnaturalizan la competencia, los arbitrajes y tribunales tendenciosos. Un club que desde que en 1968 cortó la hegemonía de los cinco grandes tenía más detractores que adeptos, pasó a ser el que muchos querían que ganara.
El Pincha se galvanizó en la adversidad, mientras le suspendían al presidente y a todos sus jugadores por el ya célebre pasillo de espaldas.
Y será más recordado por eso.
Verón, suspendido, llevó a su hijita a la cancha (foto Marcelo Carroll).
Pinchas en San Nicolás. Muchos más hinchas, de otros equipos, simpatizaron con este Estudiantes (EFE / Adán González).
Fuente OLE

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