Ciudad de Buenos Aires, 1 de febrero de 2026 – Total News Agency-TNA-Irán atraviesa una de las etapas de mayor fragilidad interna de las últimas décadas, marcada por una profunda crisis económica, protestas masivas y un entramado complejo de tensiones étnicas y territoriales que el régimen no ha logrado resolver. A fines de diciembre de 2025, un nuevo colapso económico detonó manifestaciones a gran escala en distintas regiones del país, respondidas por las autoridades con cortes temporales de internet y una represión de intensidad inédita.
Según cifras oficiales difundidas por Teherán, la represión dejó al menos 3.117 muertos, entre ellos miembros de las fuerzas de seguridad. Sin embargo, organizaciones internacionales de derechos humanos y fuentes independientes sostienen que el número real de víctimas sería sensiblemente mayor. La violencia estatal conmocionó a amplios sectores de la sociedad, en especial a una generación joven golpeada por el desempleo, la inflación, la escasez de agua y la falta de perspectivas de futuro. Otras fuentes hablan de mas de 35.000 muertos.
Aunque desde el exterior Irán suele ser percibido como un país homogéneo, la realidad interna es mucho más compleja. Se trata de un Estado multinacional y multiétnico, donde no todos los iraníes son persas ni todos comparten la misma identidad religiosa. Tras la conquista árabe del siglo VII, el islam se consolidó en el territorio, pero la lengua persa sobrevivió como núcleo central de la identidad cultural. Más tarde, en el siglo XVI, la dinastía safávida estableció el islam chií como religión oficial, diferenciando deliberadamente a Irán del mundo suní otomano.
En 1935, el país adoptó oficialmente el nombre de “Irán” en reemplazo de Persia, con el objetivo de reforzar una identidad nacional moderna. Sin embargo, esa identidad nunca logró absorber por completo las demandas de las minorías, especialmente en las regiones fronterizas, donde persisten denuncias de discriminación estructural, subdesarrollo y represión sistemática.
El régimen sostiene su legitimidad en la lealtad ideológica a la República Islámica más que en el origen étnico. Prueba de ello es que figuras clave del poder no son persas: el líder supremo Alí Jamenei es de origen azerbaiyano; el actual presidente Masoud Peseshkian tiene raíces kurdas y azerbaiyanas; y Ali Shamkhani, asesor estratégico del líder religioso, es de origen árabe. Aun así, las tensiones territoriales no desaparecen y resurgen con fuerza cada vez que estalla una crisis nacional.
Las protestas recurrentes revelan un rechazo creciente al sistema político, pero también una debilidad estructural de la oposición: no existe una alternativa unificada capaz de articular el descontento social en un proyecto político común. En paralelo, los medios estatales insisten en advertir sobre supuestos planes separatistas que, según el discurso oficial, buscarían sumir al país en el caos y provocar una guerra civil.
Uno de los focos más sensibles es el territorio kurdo. Con una población estimada entre nueve y doce millones de personas, mayoritariamente suníes, los kurdos iraníes mantienen fuertes vínculos culturales con comunidades de Irak, Turquía y Siria. Las regiones kurdas suelen ser epicentro de protestas, como ocurrió tras la muerte de la joven Jina Mahsa Amini en 2022, detenida en Teherán por una supuesta infracción a las normas del velo. Ante disturbios en estas zonas, Teherán coordina acciones de seguridad con países vecinos, en particular con Turquía.
En el noroeste, las provincias de Azerbaiyán Occidental y Azerbaiyán Oriental concentran otra fuente de tensión. Se estima que alrededor de 18 millones de ciudadanos iraníes tienen origen azerbaiyano. El gobierno observa con preocupación a los movimientos que promueven la idea de un “Azerbaiyán del Sur” independiente, mientras que en Bakú existen sectores nacionalistas que impulsan el concepto de una “Gran Azerbaiyán” que incluiría territorios iraníes. El acercamiento estratégico entre Azerbaiyán e Israel en los últimos años es percibido en Teherán como una amenaza directa.
Otro punto crítico es la provincia de Sistán y Beluchistán, en el sureste del país. Allí viven unos tres millones de beluchis suníes, en una de las regiones más pobres y marginadas de Irán. La zona, fronteriza con Pakistán y Afganistán, es considerada difícil de controlar y está atravesada por el contrabando de combustible y drogas. Las protestas del movimiento “Mujer, vida, libertad” también prendieron con fuerza en esta provincia, especialmente en la capital, Zahedan, donde la represión fue particularmente dura y derivó en detenciones masivas y condenas a muerte.
El mosaico interno iraní expone así una fragilidad estructural que va más allá de la coyuntura económica. La combinación de crisis social, tensiones étnicas no resueltas y una respuesta estatal basada casi exclusivamente en la coerción plantea un escenario de inestabilidad persistente, cuyo desenlace sigue siendo incierto y con potencial impacto regional.
Fuentes consultadas: Deutsche Welle; Reuters; organizaciones internacionales de derechos humanos; informes académicos sobre minorías en Irán; medios europeos especializados en Medio Oriente.

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