Buenos Aires, 8 de febrero de 2026 – Total News Agency-TNA-En junio de 2018, Henry Kissinger publicó un ensayo en The Atlantic que, leído a la luz del presente, dejó de ser una reflexión futurista para convertirse en una advertencia anticipatoria. Bajo el título “Cómo termina la Ilustración”, el exsecretario de Estado de Estados Unidos no abordó la inteligencia artificial como una simple innovación tecnológica, sino como un fenómeno capaz de alterar los fundamentos mismos del conocimiento, la verdad y el orden civilizatorio moderno.
Desde el inicio, Kissinger planteó una tesis disruptiva: la Ilustración había definido la era moderna al confiar el descubrimiento de la verdad a la razón humana, estableciendo un pacto histórico basado en causalidad, explicación y comprensión. La inteligencia artificial, sostuvo, introduce por primera vez una ruptura en ese acuerdo, al generar conocimiento sin reproducir el proceso cognitivo humano que le otorgaba sentido.
El núcleo de su preocupación no era que las máquinas llegaran a pensar como los seres humanos, sino precisamente lo contrario. Kissinger advirtió que los sistemas de inteligencia artificial operan mediante procesos opacos, no transparentes ni comprensibles para la mente humana. El conocimiento deja así de ser algo que se entiende para convertirse en algo que simplemente funciona. Esa diferencia, aparentemente técnica, encierra consecuencias profundas para la política, la ciencia y la responsabilidad moral.
En uno de los pasajes centrales del texto, Kissinger señaló que la capacidad humana para establecer causalidad ha sido la base de su dominio intelectual. La inteligencia artificial, en cambio, no necesita comprender causas: detecta correlaciones masivas, aprende de ellas y produce resultados eficaces sin ofrecer explicaciones inteligibles. El riesgo, advirtió, es que la verdad deje de ser algo verificable mediante el razonamiento humano, no por ser falsa, sino por volverse inaccesible.
El ensayo también puso el foco en el liderazgo y la toma de decisiones. Para Kissinger, el juicio humano ha sido históricamente el elemento decisivo en los grandes momentos de la historia. Si ese juicio es reemplazado o condicionado por sistemas que superan la comprensión humana, la noción misma de responsabilidad entra en crisis. ¿Quién responde por una decisión correcta pero inexplicable? ¿Dónde se asienta la legitimidad cuando el proceso decisorio es una “caja negra”?
A lo largo del texto, Kissinger sugirió que la inteligencia artificial no solo desafía instituciones, sino el tejido mismo de la realidad moderna: el conjunto de supuestos compartidos que permiten a una sociedad comprender qué significa conocer, decidir y gobernar. En una advertencia clave, sostuvo que la tecnología avanza más rápido que la capacidad humana para formular los principios que la gobiernen, un desfasaje que, históricamente, ha precedido crisis profundas del orden establecido.
Lejos del alarmismo, el enfoque de Kissinger fue clásico y estratégico. Su preocupación central no era el dominio de las máquinas, sino la posible irrelevancia progresiva del entendimiento humano como árbitro último de la verdad. La amenaza, sostuvo, no es técnica sino cultural: un mundo en el que los seres humanos ya no sean los principales explicadores de su propia experiencia.
El texto culminó con una pregunta que trasciende la inteligencia artificial: si la civilización humana será capaz de preservar un concepto de significado en un mundo que ya no se explica a sí mismo. No propuso frenar el desarrollo tecnológico, pero sí integrarlo sin destruir los marcos humanos de comprensión que sostienen la responsabilidad, la legitimidad y el sentido histórico.
A casi una década de su publicación, el ensayo de Henry Kissinger anticipó debates que hoy atraviesan la democracia, la guerra, el periodismo, la ciencia y la política global. Su advertencia sigue vigente: el verdadero desafío de la inteligencia artificial no es lo que puede hacer, sino lo que puede desarmar si no es guiada por principios humanos claros.
Las diez ideas centrales de Henry Kissinger sobre la inteligencia artificial
Para Kissinger, la humanidad no está preparada intelectual ni filosóficamente para la inteligencia artificial, cuyo desarrollo avanza más rápido que la capacidad de comprender sus implicancias históricas, morales y cognitivas. Consideró que la IA inaugura una ruptura comparable —o incluso superior— a la imprenta, que dio origen a la Ilustración, pero que ahora podría poner fin al marco mental que aquella creó.
A diferencia de tecnologías previas, la inteligencia artificial no solo automatiza medios, sino que redefine fines, aprendiendo y optimizando sin intervención humana directa. En ese proceso, el conocimiento deja de ser comprensible: los sistemas producen resultados eficaces sin explicaciones humanas, erosionando la noción de comprensión racional.
Kissinger también advirtió que el proceso cognitivo humano se debilita en la era digital, donde la inmediatez y la fragmentación reemplazan a la reflexión profunda. La verdad, señaló, se vuelve relativa y personalizada, disolviendo consensos compartidos. En política, esto reduce la capacidad de reflexión estratégica, empujando a líderes a reaccionar ante presiones fragmentadas.
La inteligencia artificial, además, puede cometer errores más rápido y con mayor impacto que los humanos, amplificando fallas a escala masiva. Sin proponérselo, transforma valores humanos al optimizar exclusivamente para la eficiencia o la victoria, alterando el sentido de actividades como el aprendizaje, el juego o la deliberación.
Finalmente, Kissinger subrayó que la humanidad está creando una tecnología dominante sin una filosofía que la guíe. El desarrollo de la inteligencia artificial, impulsado por incentivos técnicos, comerciales y estratégicos, carece aún de un marco ético y humanista equivalente al que sostuvo la modernidad.
Fuentes consultadas: The Atlantic, archivos y ensayos de Henry Kissinger, análisis académicos sobre inteligencia artificial, estudios de filosofía política y tecnología.

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