La Guardia Revolucionaria endurece a Irán y deja al Presidente Pezeshkian cada vez más vacío
Por Daniel Romero
Buenos Aires, 21 de abril de 2026-Total News Agency-TNA- El dato político más inquietante que hoy surge desde Teherán no pasa solamente por la interna entre el presidente Masoud Pezeshkian y la cúpula del régimen, sino por algo bastante más profundo: el crecimiento del poder del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica empuja a Irán hacia una línea todavía más beligerante, menos dispuesta a ceder ante Washington y más inclinada a prolongar la escalada regional. Con las conversaciones entre Estados Unidos e Irán trabadas, la tregua bajo tensión y nuevas dudas sobre si Teherán siquiera enviará negociadores a la próxima ronda en Pakistán, la pregunta de fondo ya no es solo qué quiere hacer el régimen, sino quién manda realmente y si algún funcionario civil conserva autoridad para hablar en su nombre.
Ese es el punto central del avance de la Guardia Revolucionaria: cuanto más poder acumula, menos margen queda para una salida negociada. Distintos analistas vienen advirtiendo que un aparato militar-religioso más fuerte no significa un reordenamiento administrativo, sino un endurecimiento del régimen en todos los frentes. El problema para Pezeshkian es que su presidencia, ya limitada desde el inicio, hoy parece todavía más desfondada en medio de una estructura que privilegia la confrontación sobre la cooperación. Cuando asumió, el presidente iraní no controlaba los grandes ejes de seguridad ni de política exterior; el escenario actual sugiere que esa debilidad se profundizó al extremo.
Pero sería un error leer esta situación como un golpe de Estado clásico o como una ruptura brusca con el pasado. La militarización del poder en Irán no empezó ahora: es un proceso largo, sostenido, casi orgánico, por el cual el régimen fue entregando cada vez más control a sus fuerzas de seguridad cada vez que enfrentó crisis internas, protestas sociales, presión internacional o guerra. La Guardia Revolucionaria hace años dejó de ser solo una estructura militar: controla sectores de la economía, el programa misilístico, áreas de inteligencia y buena parte del músculo represivo del sistema. Lo que ocurre en estas semanas no sería, entonces, una excepción, sino la profundización de una deriva que el régimen eligió hace tiempo.
En ese marco, el episodio más revelador fue el fracaso del intento de Pezeshkian por nombrar un nuevo ministro de Inteligencia. Según Iran International, esa designación se cayó por presión directa del jefe de la Guardia Revolucionaria, Ahmad Vahidi, que rechazó todos los nombres propuestos, entre ellos el del exministro de Defensa Hossein Dehghan, con el argumento de que en tiempo de guerra los cargos más sensibles deben quedar bajo control directo de la estructura militar. Esa versión surge de fuentes citadas por ese medio y luego confirmada por Total News Agency, por lo que describe una línea de conflicto consistente, aunque parte del detalle fino aún falte. De todos modos, el mensaje político ya quedó expuesto: el presidente puede proponer, pero la Guardia Revolucionaria parece decidir.
Para la Argentina, además, el nombre de Vahidi tiene una carga propia y especialmente grave. La Cancillería argentina reclamó en 2024 su arresto internacional al señalarlo como uno de los responsables del atentado contra la AMIA en Buenos Aires, y ese pedido se apoyó en la investigación judicial argentina y en la vigencia de la notificación roja de Interpol. Que un hombre con ese antecedente gane peso en el corazón del régimen iraní no es un dato lateral: refuerza la idea de que el sector que más crece dentro de Teherán no es el de una eventual moderación, sino el de las figuras más comprometidas con la proyección violenta y clandestina del sistema.
Por eso, el desplazamiento político de Pezeshkian importa mucho más por lo que revela que por su suerte personal. Si el gobierno electo ya no logra nombrar a su ministro de Inteligencia, si la delegación negociadora aparece envuelta en disputas internas y si el acceso al núcleo del poder queda cada vez más filtrado por mandos militares, entonces la señal hacia afuera es contundente: Irán se está cerrando sobre su ala más dura en el peor momento posible. Y cuanto más se consolide ese proceso, menos chances habrá de una distensión real con Estados Unidos y más probable será que el régimen siga apostando a la presión regional, la confrontación y el conflicto como forma de supervivencia.





