Por Adalberto Agozino
La diplomacia marroquí ha encontrado en América Latina un terreno fértil para consolidar apoyos en torno a una de sus principales prioridades estratégicas: la resolución del contencioso del Sáhara.
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En ese tablero internacional, la reciente aproximación entre Marruecos y Ecuador marca un punto de inflexión que en Rabat se presenta ya como el inicio de una “nueva era” en las relaciones bilaterales, con implicaciones que trascienden lo estrictamente diplomático y se proyectan sobre la arquitectura geopolítica de las alianzas Sur-Sur.
El giro ecuatoriano no es menor. Tras retirar en 2024 su reconocimiento a la inexistente República Árabe Saharaui Democrática, Quito ha ido alineando progresivamente su posición con la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara, presentada en 2007 ante Naciones Unidas. En los últimos encuentros de alto nivel celebrados en Rabat, la ministra de Exteriores ecuatoriana, Gabriela Sommerfeld, ha reiterado el respaldo de su país a esta iniciativa, calificándola como la única solución “seria, creíble y realista” para un conflicto que se prolonga desde hace décadas .
Este apoyo no se limita a una declaración política. Se traduce en decisiones concretas que reflejan una convergencia estratégica entre ambos países. Ecuador ha decidido extender su cobertura consular al territorio del Sáhara bajo administración marroquí y ha manifestado su voluntad de promover inversiones y proyectos económicos en la región, considerada por Rabat como una plataforma de conexión con África. La próxima visita del embajador ecuatoriano a las provincias del sur apunta precisamente a materializar esta cooperación en iniciativas tangibles.
El fortalecimiento de los lazos se inscribe en una dinámica más amplia impulsada por el rey Mohammed VI, cuya estrategia diplomática ha buscado diversificar alianzas más allá de los tradicionales socios europeos. Bajo su impulso, Marruecos ha desplegado una política activa hacia África y América Latina, basada en la cooperación económica, la proyección de estabilidad institucional y la promoción de grandes proyectos de integración regional. Ecuador, en este contexto, ha expresado abiertamente su “alto aprecio” por el liderazgo del monarca alauí en el continente africano y por las reformas estructurales emprendidas en el país magrebí .
La sintonía entre Rabat y Quito se apoya también en afinidades en materia de multilateralismo y seguridad. Ambos países han intensificado su coordinación en foros internacionales y han manifestado su voluntad de respaldar mutuamente sus candidaturas en organismos globales, en una lógica de reciprocidad que refuerza su peso diplomático. La apertura recíproca de embajadas y la futura creación de una comisión mixta económica y comercial consolidan una relación que aspira a traducirse en un aumento significativo de los intercambios y de las inversiones bilaterales .
En paralelo, el respaldo latinoamericano a la posición marroquí se ha visto reforzado por la República Dominicana, que ha reiterado en fechas recientes su apoyo a la soberanía de Marruecos sobre el Sáhara. Durante un encuentro celebrado en el marco de la Unión Interparlamentaria, el presidente de la Cámara de Diputados dominicana, Alfredo Pacheco Osoria, subrayó la convicción de su país en la “credibilidad y pertinencia” de la propuesta marroquí, alineándose con las resoluciones del Consejo de Seguridad que consideran la autonomía como la vía más viable para resolver el conflicto .
Este respaldo, que se suma al de otros países del Caribe y de África, refuerza los argumentos de Rabat sobre el creciente consenso internacional en torno a su iniciativa. Desde la perspectiva marroquí, se trata de aislar progresivamente las posiciones favorables a los separatistas del Frente Polisario y consolidar un bloque de apoyos que legitimen sus derechos soberanos sobre sus “provincias del sur”.
La ofensiva diplomática marroquí combina así pragmatismo económico y activismo político. La cooperación con Ecuador ilustra esta doble dimensión: por un lado, la promoción de acuerdos de inversión, comercio y logística; por otro, la alineación en cuestiones clave de política exterior. La presencia de delegaciones empresariales, los proyectos de protección de inversiones y la articulación de mecanismos institucionales bilaterales reflejan la voluntad de transformar la afinidad política en resultados concretos.
En última instancia, la nueva etapa en las relaciones entre Marruecos y Ecuador no puede entenderse como un episodio aislado, sino como parte de una estrategia más amplia diseñada desde el Palacio Real de Rabat. Bajo el liderazgo de Mohammed VI, el país ha logrado tejer una red de apoyos que, desde África hasta América Latina, refuerzan su posición en el tablero internacional y reconfiguran el equilibrio diplomático en torno al Sáhara. En ese proceso, Ecuador emerge como un socio clave en la región andina, mientras que la República Dominicana consolida el anclaje caribeño de una política exterior que ha hecho de la diversificación y la persistencia sus principales señas de identidad.





