
El cine es la única de las artes donde los muertos hablan, caminan, aman. Y en movimiento, no como en la pintura o la fotografía fija. Hoy podemos seguir viendo a Humphrey Bogart despedir a Ingrid Bergman en el aeropuerto de Casablanca, o a Audrey Hepburn llegando sola por la madrugada a Tiffany’s, o a Orson Welles apareciendo en las sombras de la Viena bombardeada en “El tercer hombre”. Sin embargo, hasta el año 2000, había un límite: podíamos ver actores muertos pero que estaban vivos al momento de filmar; lo que no podíamos era verlos “resucitar” para que la película no se estropeara.
Justamente, en 2000 se traspasó ese límite ético. Ese año Ridley Scott filmaba su multimillonario proyecto de “Gladiador” con Russell Crowe. Una reconstrucción en CGI (Computer Generated Images) de la Roma Imperial. Allí, Oliver Reed interpretaba a Próximo, un exgladiador que compraba y negociaba a Maximus (Crowe). Pero una noche, en un pub, Reed (que era alcohólico y había prometido abstinencia durante el rodaje), bebió de más y sufrió un paro cardíaco fatal. La desesperación se adueñó de la producción. ¿Qué iban a hacer ahora? En casos similares, aunque con papeles no muy importantes, se recurría a trucos como modificar el guión, limitar diálogos, repetir planos y crear contraplanos nuevos (donde no se ve la cara del actor). Ni hablar de soluciones bizarras como la de Ed Wood, quien cuando murió Bela Lugosi durante la filmación de “Plan Nueve del espacio sideral” lo reemplazó por un actor 20 centímetros más bajo y más gordo.
En “Gladiador” nada de eso era posible. ¿Volver a rodar desde el comienzo con otro actor? Menos todavía: el altísimo presupuesto de esa película, donde el Coliseo había sido reconstruido en su totalidad, no lo permitía. Fue entonces cuando Scott decidió “resucitar” a Reed: su rostro fue recreado mediante CGI sobre un extra que se le parecía físicamente, y se cambiaron algunas líneas de guión. Paradójicamente, fue el propio Scott el que se vio obligado a volver a rodar desde el principio algunas escenas de un film ya terminado, “Todo el dinero del mundo” (2017), para “borrar” a Kevin Spacey, que había caído en desgracia con la Justicia, y reemplazarlo por Christopher Plummer. Pero, desde luego, los valores de la producción no eran los mismos, ni tampoco la cantidad de escenas del personaje.
A partir de 2000, entonces, desaparecieron muchos de los pruritos que suponía antes la resurrección digital. En “Rogue One: Una historia de Star Wars” (2016), regresó Peter Cushing digitalmente como el Emperador Moff Tarkin (el actor había fallecido en 1994), lo mismo que Carrie Fisher como la Princesa Leia. Sin embargo, en este último caso se pudo considerar el de Fisher como su film póstumo, porque ella vivía durante el rodaje. Pero tres años más tarde, en “Star Wars Episodio 9: The Rise of Skywalker”, aparecieron tanto Cushing como Fisher, y ella en dos papeles: la princesa joven, a la edad que tenía en el film original de 1977, y con el aspecto que tendría en la actualidad. No fueron estos, sin embargo, los únicos casos, Paul Walker murió en un accidente de autos antes de completar “Rápido y furioso 7”, y la Universal ordenó recrear digitalmente las partes faltantes.
Con todo, el uso de AI para la generación de la voz de una persona fallecida que habla de sí misma en un documental no es lo mismo, desde el momento en que pone en cuestión el concepto mismo de “documento”. Eso no es documento, es falsedad. Peter Jackson, en su serie sobre los Beatles “Get Back”, también se valió de la AI para suplir algunas voces que no había hallado. El año pasado, el uso del mismo recurso en el documental sobre Anthony Bourdain, el famoso chef que se suicidó, provocó críticas y debates que continúan hasta hoy.
“Los diarios de Andy Warhol” incluyen entrevistas televisivas (éstas reales, de archivo) con artistas como John Waters y Glenn Ligon, y marchands, curadores y productores como Larry Gagosian, Jeffrey Deitch y Donna de Salvo. A propósito: De Salvo fue la productora, en 2018, del show de Whitney Houston en holograma, otra de las formas horrorosas de resucitar figuras muertas, tal como se hizo con María Callas.





