
Así, como Rodolfo Tilli, se enganchó un día a trabajar de extra en una versión teatral de “Fuenteovejuna” en una sala de Morón. Ahí descubrió el ambiente, el olor de las tablas, la cálida penumbra detrás del escenario, la emoción y el miedo ante los públicos. El aplauso, en cambio, le incomodaba un poco. Se reencontró con el padre, tomó su nombre, estudió, fue progresando hasta integrar la Comedia Nacional en el Teatro Cervantes. Había empezado a fines de los 50. A mitad de los 60 le llegó la fama completa, por su papel de galán en una telenovela de reconocible calidad: “El amor tiene cara de mujer”, de Nené Cascallar, y a fines de esa década la consagración en la popularísima “Malevo”, en el papel de un compadrito. Pronto se agregaron los discos (el “Poema 20” de Neruda, una reducción de “Platero y yo”, etcétera) y el cine: en 1972 encarnó a Juan Manuel de Rosas en el film homónimo de Manuel Antín, y un año después alcanzó la cúspide con el “Juan Moreira” de Leonardo Favio, suerte de santificación de un gaucho forzado a convertirse en matón de comité. Allí la fotografía de Juan Carlos Desanzo captó como ninguna el enojo, la angustia y la tristeza que podía haber en los ojos de Bebán.
También fueron llegando los hijos (una con la modelo Liz Amaral, dos con Claudia Lapacó, tres con Gabriela Gili), la viudez, los desafíos mayores, el paulatino aquietamiento tras casi medio siglo de trabajo, la gran pieza casi de despedida, “Filosofía de vida”, con otro grande, Alfredo Alcón, y Claudia Lapacó, en la temporada 2011. Después, calladamente, comenzó el retiro. No hay quien lo reemplace.

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