
P.: Pero ahora Europa chocó contra una pared. El gas no es un commodity. En EE.UU. sobra y a precios razonables. Europa pagará una fortuna por gas natural licuado, pero aun así no puede sustituir a Rusia. No será sencillo revertir una matriz tan dependiente, pero habrá que hacerlo. La apuesta estratégica impulsada por Alemania que confiaba en su ascendiente sobre Moscú salió muy mal.
G.G.: Es cierto, aunque Rusia también necesita de esos ingresos.
P.: ¿Entonces?
G.G.: Esta es la receta para una provisión intermitente, no la antesala de un corte definitivo. Europa tiene capacidad de almacenamiento de gas, y lo acumuló para atender una situación que se veía venir y que no tiene solución satisfactoria para el consumidor en el corto plazo. Yo diría que lo más grave es la posición de la industria. ¿Cuán viable es la industria química en Alemania, por ejemplo, si no hay acceso a una fuente elástica de energía? Y lo mismo vale para la metalurgia, la fabricación de bienes de capital y automóviles, y tantas otras actividades. Nace una crisis estructural.
P.: A menos que se quiera negociar con Vladímir Putin y volver a fojas cero.
G.G.: Eso tampoco es posible. La otra cara de la provisión incierta de energía, a precios estratosféricos, es la inestabilidad política. Donde hay democracia, la queja de los consumidores por las facturas de gas y electricidad es atronadora a pesar de los esfuerzos de los gobiernos por mitigarlas. Ya les tocará, como votantes, pasar su propia factura. Y en Rusia, Putin deberá extremar el control de las disidencias. El costo de oportunidad de su mandato es cada vez más elevado.
P.: ¿Cómo se traduce todo esto en términos económicos?
G.G.: La inflación de la eurozona ya es más alta que en los EE.UU., e irá en ascenso. 9,1% versus 8,5% interanual en julio. El fenómeno subyacente está más enraizado en EE.UU. La inflación núcleo supera 6% allí versus 4,3%. Europa es víctima específica del salto de precios de la energía, +38%. Y como vimos la energía sigue un camino que no es el mismo que el de EE.UU.
P.: Los precios del petróleo operan en cuarto menguante, por debajo de los u$s100 por barril. La OPEP dará marcha atrás con el último aumento de producción de 100.000 barriles diarios para estabilizarlos. ¿Cómo se explica?
G.G.: Por la menor demanda global, presente y esperada. El petróleo sí es un commodity, a pesar de las sanciones.
P.: ¿Y Europa no se beneficia?
G.G.: Sí, pero hay límites rígidos a la capacidad de sustitución.
P.: ¿Qué pasa con la actividad en Europa?
G.G.: Vimos caídas generalizadas en julio y otro tanto en agosto. El sector manufacturero está golpeado de lleno. Equipos de Tecnología es la excepción. Los servicios se defienden mejor, pero la debilidad creciente es la norma.
P.: ¿Hasta qué punto todo esto se refleja en la cotización del euro, que volvió a caer por debajo de la paridad con el dólar?
G.G.: El protagonista de la película es la fortaleza del dólar, su apreciación generalizada. Comparado con las principales divisas, el dólar cotiza a un máximo de 20 años. Gran Bretaña es un productor de energía, pero, según el propio Banco de Inglaterra, la economía se dirige a una recesión que durará no menos de 14 meses con una inflación que llegaría a 13%. Corolario: la libra cotiza también en un mínimo. Visto así, el ajuste es global, y la fortaleza del dólar lo comunica en todo el mundo. ¿Cómo evitar una recesión europea? El BCE discute si subir las tasas 0,5% o 0,75%. La prioridad es abatir la inflación. La recesión será un daño colateral. ¿Cómo impacta en Wall Street? El dólar fuerte exige menos ferocidad por parte de la Fed. Importa menos presiones inflacionarias, muy claramente por el lado de la energía, como vimos. Todo el mundo se pone a dieta, no solo EE.UU. Es la historia de siempre, recargada.
Fuente Ambito

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