
Murger, en verdad, amó intenseamente las diversas formas de arte –música, pintura, poesía– pero no demostró verdadero talento para ninguna de ellas. Además, su padre combatía esas inclinaciones ya que lo pretendía un hombre serio de trabajo, como había sido él toda su vida. Sólo la madre lo consintió en algunas prácticas, sobre todo de versificación, y siempre a espaldas de la mirada paterna. Sin embargo, la buena suerte no fue solamente la de vivir en el mismo edificio que el de las célebres sopranos, sino que también allí vivía, en otro piso más modesto, un pintoresco y desdentado miembro de la Academia Francesa, Monsieur de Jouy, quien cuando Henri se convirtió en adolescente, y a pedido de su padre, le obtuvo un puesto de secretario en las oficinas de un conde ruso, Jakob Nikolaïevitch Tolstoi (sólo un homónimo del autor de “Anna Karenina”), quien se encargaba de las relaciones culturales entre París y San Petersburgo. En verdad, eso era sólo una fachada, ya que la auténtica –y secreta– actividad de Tolstoi en París era ser espía del Zar Nicolás I.
Así, sin siquiera imaginarlo –al principio– el frustrado poeta, pintor y músico, se encontró de la noche a la mañana convertido en espía al servicio del Zar. El Conde Tolstoi le pagaba un sueldo de 40 francos al mes, lo cual si bien estaba lejos de ser una suma suficiente, al menos le evitaba pasar días en ayunas, como los muchos que tuvo que sobrellevar, o de andar mendigando en la calle a cambio de la lectura de un poema musicalizado por alguno de sus amigos también hambrientos de fama. Y de comida. De allí viene la vida de “bohemia” (por el nombre que recibían los gitanos en París), que reunió a varios artistas luego célebres, como el pintor Gustave Courbet (el del “escandaloso” desnudo femenino “El origen del mundo”), Bonvin, Chintreuil, el músico Schann (Schaunard en la ópera), el filósofo Wallon (Colline), etcétera. Pero, además, las escasas tareas que debía cumplir Murger en lo de Tolstoi le permitió buscar y hallar al fin la profesión que lo haría famoso y que, aun moderadamente, lo sacaría de la pobreza: el de escritor por entregas en folletines populares, cuya lectura estaba entonces tan arraigada como la de mirar hoy series en Netflix.
Para ello tuvo que superar dos escollos: renunciar a escribir en rima (para él la prosa era algo indigno), y encontrar editores de revistas que se los publicaran. No tardó en dar con ellos: una era “El artista”, la otra “El corsario”, y más tarde terminaría fundando “El castor” (que se menciona en la ópera). En “El corsario” tuvo su primer gran éxito, “Orbassan, el confidente”, que ayudó a que la revista agotara número tras número. Los editores no dejaban de pedirle nuevos episodios como, siguiendo el símil, si le encargaran nuevas temporadas. Pero, en esos días, ocurrió algo grave: la Revolución de 1848 en París, en la cual el Rey Louis-Philippe fue obligado a abdicar, y Alphonse de Lamartine proclamó la Segunda República Francesa.
Ya en los días previos, con la revolución en marcha, el Conde Tolstoi convocó a Murger para que, gracias a sus contactos políticos (muchos de los cuales forjaba, junto a los bohemios, en el Café Momus) lo pusiera al tanto de algo más que sus folletines. El Zar necesitaba datos y fechas. Y el mismo día de la Revolución Murger cometió un error digno de un capítulo del Super Agente 86: Tolstoi lo obligó a escribir toda una serie de cartas con las informaciones, y él, que no quería demorarse con el folletín, ensobró por error la última página de un capítulo con una carta al Zar, y las envió de manera cruzada.
Así, cuenta una crónica de la época, Viremaître, director de ““El corsario”, recibió el siguiente escrito de puño y letra de Murger: “Alteza, la Revolución triunfa. En el momento en que escribo estas líneas, el pueblo, dueño de las Tullerías, está llevando allí el saqueo y la desolación. Louis-Philippe y su familia están huyendo. Los señores de Lamartine, Ledru-Rollin, Louis Blanc, Marrast y otros, reunidos en el Hôtel-de-Ville, dirimen los destinos de Francia”. Pero mayor fue la sorpresa de Nicolás I cuando, en lugar de una minuta de la Revolución, recibió el final de la desgarradora historia de amor del héroe romántico Orbassan.
El resto es historia conocida. El folletín “Scènes de la vie de Bohème”, en el que Murger se transformó en su alter ego Rodolphe, se convirtió en el mayor de sus éxitos, en una obra de teatro (que tampoco, pese al éxito, quiso ir a ver su propio padre), y, en 1896 con libreto de Illica y Giacosa, en la ópera de Puccini más popular de la historia.