
“Este libro es un sacrilegio”. Eso es lo que consideró Bernard Lecomte, biógrafo de Juan Pablo II, consagrado historiador del Vaticano, y para que no hubiera dudas agregó que “siglos atrás esta señora Amélie Nothomb hubiera sido condenada a la hoguera”. No fue el único que atacó “semejante blasfemia hecha libro”. Y todo porque la escritora belga (otra gran olvidada de la Academia Sueca) se había atrevido a contar desde una visión y un lenguaje actual el juicio y ejecución de Jesús. Un Jesús que, al haber sido encarnado elige ser humano, ya que lo es. Es un Jesús que ama con amor intenso y pleno a María Magdalena, a la que llama con un sobrenombre como llaman a su amada los amantes, y al resucitar es la primera persona a la que busca para abrazarla y descubrir que “nada altera nuestro fervor”. Es, a su vez, el diferente amor a su madre y a los padecimientos por el hijo que tuvo, aceptando que realmente él era quién era. Es el encuentro con sus seguidores y las discusiones con Judas. Es Jesús demudado ante los testimonios de las personas a las que ayudó con milagros y ahora lo tratan de egoísta, mago y farsante. Es la contrariedad de Poncio Pilatos con esos testigos “que lo irritaban en lo que a él le quedaba de ser racional”. Un Jesús que elogia al pasar a Proust y cita a Valery. Un Jesús al que le pesa llevar la cruz y padece en la crucifixión, y que vuelve a reflexionar desde la resurrección sobre el ser, el tiempo, la existencia, el deseo, el amor.
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