Buenos Aires, 29 de agosto de 2025-Total News Agency-TNA-En un mundo donde la geopolítica redefine constantemente las dinámicas del poder, la inteligencia artificial (IA) se presenta como una herramienta clave, pero subordinada a la creatividad y la interconexión colectiva de la humanidad. Según señaló el analista internacional Ricardo Auer, profesor de la Escuela Superior de Guerra (ESG), la lucha global por la supremacía se articula en torno a tres ejes fundamentales: el dominio de la tecnología moderna, el acceso a recursos estratégicos y el control social en cada nación. En este contexto, la IA, lejos de ser una entidad autónoma, es un producto humano que amplifica el poder de quienes la controlan, sin capacidad para superar la complejidad del accionar colectivo.
Auer subraya que toda creatividad individual es intrínsecamente colectiva, ya que las comunidades otorgan valor y reconocimiento a las innovaciones. “La humanidad funciona como una red de nodos cerebrales interconectados, generando pensamiento, memoria y una conciencia colectiva vibrante”, afirmó el experto. Esta interconexión asegura la supervivencia de la diversidad cultural, lingüística, artística y religiosa, un fenómeno comparable al de una colmena o un hormiguero, donde la existencia individual depende del colectivo. En contraste, la IA carece de esta capacidad de integración orgánica, limitándose a procesar datos según parámetros diseñados por humanos.
El especialista critica el auge del ultra-individualismo, ejemplificado por la famosa frase de Margaret Thatcher: “No existe la sociedad, solo hay individuos”. Para Auer, esta visión es un “absurdo” que contradice la realidad interdependiente de las sociedades humanas y alimenta el caos. La polarización, resultado de llevar al extremo la cooperación y la competencia, dificulta la creación de síntesis que promuevan el Bien Común, un concepto que, según el analista, escapa por completo a la comprensión de la IA. “El ‘software’ de la humanidad, pese a sus errores, siempre termina encauzando los horrores temporales hacia un propósito mayor”, señaló.
En cuanto a la IA, Auer destaca que sus avances se basan en tres elementos: una mayor capacidad de almacenamiento en redes, microprocesadores de alta velocidad y algoritmos que filtran y relacionan datos. Sin embargo, enfatiza que “todo el input es humano; no existe una creación artificial independiente”. Estos desarrollos tecnológicos, aunque impresionantes, no son más que herramientas que otorgan poder a quienes las dominan, con claras implicancias geopolíticas. La IA no puede alterar el rumbo de la humanidad por sí misma, pero su control representa una ventaja estratégica en un mundo donde el poder se disputa en tres frentes: la tecnología, los recursos y el control social.
La doctrina global actual, según Auer, se centra en el desarrollo de sistemas de armas avanzados, la consolidación geopolítica de países con recursos estratégicos y la guerra cognitiva, una herramienta diseñada para fragmentar a los adversarios y reforzar el control social en las sociedades aliadas. “La IA es un medio, no un fin; su impacto depende de quién la ejerza y con qué propósito”, explicó. Este enfoque refuerza la idea de que el poder histórico de la humanidad reside en el equilibrio dinámico entre cooperación y competencia, un juego complejo que ninguna máquina puede emular.
En conclusión, la inteligencia humana, con su capacidad para generar conexiones sociales y avanzar hacia el Bien Común, permanece inalcanzable para la IA. Auer advierte que endiosar esta tecnología es un error, ya que su valor reside únicamente en su utilidad para quienes la controlan. En un mundo polarizado, la verdadera supremacía radica en la habilidad de la humanidad para navegar sus propias contradicciones y construir un futuro colectivo.