Buenos Aires, 30 de noviembre de 2025 – Total News Agency-TNA-La interna libertaria volvió a desbordar los pasillos del Congreso, esta vez bajo la forma de un vodevil político en el que Patricia Bullrich y Victoria Villarruel se disputaron —entre empujones, regalos venenosos y desplantes ceremoniales— quién manda realmente en la nueva era Milei.
Lo que debió ser una simple jura de senadores terminó mutando en un episodio digno de una serie satírica, con Karina Milei en el centro del ring, Bullrich de escudera oficial y Villarruel haciendo valer “su casa”, como definió al Senado, con tono de portera empoderada.
Todo comenzó el jueves por la noche, cuando Villarruel dejó en claro que no pensaba dejar entrar a Karina Milei si no seguía “los procedimientos”, léase: pedirle permiso directamente. La respuesta de la hermana presidencial fue tajante: “Yo no llamo a nadie”. Y así empezó la batalla.
Desde el campamento bullrichista intentaron calmarla. Que no se preocupe, que la Federal la maneja Seguridad, que pasaría sin problemas. Spoiler: no pasó sin problemas.
El viernes, escena uno: Karina Milei, Bullrich, Adorni y Diego Santilli llegan al Congreso como si fueran un comando operativo. Pero en la puerta se topan con seguridad del Senado, que informa sin temblar que no están autorizados.
Los efectivos de la Federal, atrás, tensaron el aire: “O se corren o pasamos igual”.
Los de seguridad del Senado se plantaron: “No nos apartamos, tenemos una orden”.
Resultado: empujones, forcejeos, un hombre casi volando por los aires y una escena digna de un desalojo en horario central. Finalmente, entraron. Victoria Villarruel tomó nota.
Escena dos: sin palco propio, Karina Milei, Santilli y Adorni terminaron sentados en un espacio destinado originalmente a la familia del flamante secretario administrativo. Para asegurar los asientos, la Federal envió infiltrados a ocuparlos de prepo. Al rato llegaron Lule Menem y Sharif Menem para completar la delegación presidencial.
Todo esto ocurrió antes de iniciar la sesión. Sí: antes.
Mientras tanto, en paralelo, la relación entre Bullrich y Villarruel venía acumulando rosarios de desencuentros. Y también regalitos.
Patricia Bullrich le envió a Villarruel un ejemplar de la Constitución Nacional, gesto que en cualquier manual diplomático se traduce como: “aprendé tus funciones, querida”.
Villarruel, molesta pero educada, respondió con una botella de vino. Traducción: “tomate algo antes de seguir dándome clases”, en referencia a los mentideros vernaculos dónde rumorean del afecto de la hoy senadora por el vino titnto.
Se reunieron sin cámaras hace quince días. Nada explotó, pero tampoco floreció nada. No hubo fotos. No hubo sonrisas. Sí hubo tensión y silencios largos. Y, según cuentan desde el Senado, más diferencias que coincidencias.
Los Milei ya eligieron lado: Bullrich es su escudo contra Villarruel. Quieren que sea su contrapeso, su reemplazo simbólico en el oficialismo legislativo, y su herramienta para arrinconarla. Desde la Rosada la consideran una traidora y buscarán apagar el protagonismo de la Vice todo lo posible.
En el Senado, la vice y su equipo responden: “Ellos mandan en la Rosada; acá mandamos nosotros”.
A esto se reduce hoy la institucionalidad libertaria:
una pelea de peluquería entre dos mujeres fuertes que se disputan territorio con regalos pasivo-agresivos, empujones policiales y un Presidente decidido a que su hermana nunca quede por debajo de su vice.
Un operador peronista, testigo del cruce histórico del viernes, lo resumió con ironía quirúrgica:
“Habrá que alquilar un palquito para ver a las dos en acción. Esto recién empieza.”

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