Por Nicolás J. Portino González
Buenos Aires, 3 de Enero de 2026-Total News Agency-TNA-. La confirmación, en la madrugada de este 3 de enero, de la extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores por parte de fuerzas de élite estadounidenses, marca sin duda el hito más significativo en la historia reciente de Venezuela. Las imágenes que llegan desde Caracas describen un amanecer de incertidumbre y tensión militar, pero mientras el mundo procesa la noticia de la captura, los expertos en inteligencia estratégica lanzan una advertencia urgente que va más allá de la euforia inicial: cortar la cabeza no mata al cuerpo cuando el organismo opera bajo la lógica del terrorismo.
El análisis de la estructura de poder en Venezuela revela una verdad incómoda. El régimen no ha funcionado en la última década como una dictadura personalista tradicional, sino que ha mimetizado la arquitectura operativa de las organizaciones terroristas y los cárteles transnacionales. La mecánica es obvia y letal: se elimina al “número uno”, y automáticamente el sistema activa protocolos de sucesión donde sube el de abajo, y luego el siguiente, perpetuando el mando infinitamente.
Por ello, aunque la extracción de Maduro es un golpe táctico monumental, es insuficiente para garantizar la libertad. Si la estrategia se limita a la captura del líder, la maquinaria criminal subyacente —esa red de intereses financieros, militares y paramilitares— simplemente se reorganizará bajo un nuevo rostro, sea Delcy Rodríguez o cualquier otro jerarca en la línea de sucesión, manteniendo intacto el “negocio” del Estado fallido.
La única vía para romper este ciclo de regeneración infinita es terminar con el régimen desde su base. El imperativo de estas horas críticas no es la negociación con los remanentes de la dictadura, sino la toma real del poder y el restablecimiento del gobierno legítimo bajo la figura del Presidente electo, Edmundo González Urrutia.
No se trata solo de un cambio de nombres, sino de un cambio de sistema. Se requiere, con urgencia absoluta, la emisión de órdenes presidenciales sistemáticas y decisivas que modifiquen la brújula del país de forma total y contundente. Esto implica una acción profunda que descienda por toda la cadena de mando: desarticular los apoyos logísticos, neutralizar a los operadores intermedios y purgar las instituciones secuestrarias.
La caída de Maduro ha abierto una ventana de oportunidad histórica, pero efímera. Si no se llena el vacío de poder con la autoridad constitucional de González y una reestructuración agresiva de las bases del Estado, el régimen demostrará su capacidad de mutar y sobrevivir. La historia enseña que a las organizaciones criminales no se las vence solo capturando al capo, sino desmantelando la estructura que le permitía operar. Hoy, Venezuela está ante la disyuntiva de cortar la raíz definitivamente o ver crecer una nueva cabeza en el monstruo que ha oprimido al país por décadas.

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