Buenos Aires 4 de diciembre de 2025-Total News Agency-TNA-.El escenario geopolítico sudamericano, observado al inicio del año 2026, presenta una mutación estructural que trasciende la alternancia democrática convencional. La extracción de Nicolás Maduro en Venezuela no ha operado simplemente como un cambio de administración, sino como el colapso del nodo logístico e ideológico que sostenía la resistencia anti-hegemónica en el hemisferio. Este vacío de poder ha precipitado una aceleración de los tiempos históricos, permitiendo que la administración Argentina, bajo la conducción del Presidente Javier Milei, ejecute una maniobra de reordenamiento regional que abandona la tradicional “tercera posición” o la neutralidad retórica, para adoptar un rol de alineamiento operativo irrestricto con los Estados Unidos. La tesis central de este análisis sostiene que Argentina ha dejado de buscar la integración horizontal con sus vecinos para priorizar una integración vertical con el hegemón del Norte, redefiniendo las reglas de la seguridad y el comercio en el Cono Sur.
Para comprender la actual dinámica, es imperativo analizar la génesis del vínculo entre la Casa Rosada y la Casa Blanca en este segundo mandato de Donald Trump. La relación no se cimenta en la diplomacia protocolar, sino en una “deuda estratégica” y en la validación de lealtades anticipadas. El apoyo explícito del mandatario argentino al candidato republicano durante sus procesos judiciales y electorales generó un activo político intangible pero determinante: la confianza personal en la cúspide del mando.
En términos de inteligencia estratégica, Argentina ha transicionado de ser un “aliado extra-OTAN” formal a convertirse en un proxy o agente estabilizador regional. Para la doctrina Trump, que prioriza el repliegue de recursos directos para concentrarlos en el Indo-Pacífico, la existencia de un operador local capaz de garantizar el orden y la alineación ideológica en Sudamérica es un activo de valor incalculable. Argentina ofrece a Estados Unidos una plataforma de “poder blando” (legitimidad política) y “poder duro” (cooperación en seguridad e inteligencia) que le permite a Washington proyectar influencia sin el costo político de la intervención directa. Milei no es un subordinado en la óptica de Trump, sino el gerente ejecutivo de la franquicia occidental en el Atlántico Sur.
La configuración territorial actual expone una fractura continental inédita. La división ya no es norte-sur, sino que obedece a una lógica de bloques de seguridad. Por un lado, se consolida un “Corredor del Pacífico y los Andes” (Argentina, Chile, Perú, Ecuador y una Bolivia reorientada hacia la derecha). Este bloque controla la fachada oceánica hacia los mercados asiáticos y, críticamente, posee el monopolio de las reservas de litio más grandes del mundo, un recurso vital para la seguridad nacional tecnológica de Occidente.
En contraposición, el bloque del “Atlántico Norte” (Brasil, Colombia) se encuentra en una fase de retracción defensiva. La pérdida de Venezuela como aliado y zona de amortiguación, dejará a Brasilia expuesta. La inteligencia geoestratégica indica que la inclusión de Bolivia en la esfera de influencia argentina es el golpe de gracia al sueño brasileño de liderar una Sudamérica unida, cortando su influencia hacia el oeste y limitando su capacidad de maniobra bioceánica.
El punto de inflexión más agresivo de esta nueva doctrina es la demolición controlada de las estructuras supranacionales heredadas, específicamente el MERCOSUR. Desde la óptica del realismo ofensivo, el bloque comercial había devenido en una herramienta de contención utilizada por la diplomacia de Itamaraty para subordinar la economía argentina a los intereses industriales de San Pablo.
La decisión estratégica de Argentina de liderar una nueva alianza de naciones (el “Grupo de los 10”) y abandonar el arancel externo común no es una mera política comercial; es una declaración de independencia geopolítica. Al ofrecer una vía directa de alineación con Estados Unidos, Argentina ejerce una fuerza gravitatoria sobre estados pendulares como Paraguay. Asunción, históricamente recelosa del subimperialismo brasileño, encuentra en la propuesta argentina una salida al mar política y económica garantizada por la seguridad norteamericana.
Esto resulta en el aislamiento efectivo de Brasil. Sin Argentina y sin Paraguay, el MERCOSUR se reduce a una cáscara vacía, dejando al gigante sudamericano confinado a su propio mercado y rodeado por un cinturón de naciones hostiles a su visión geopolítica y alineadas con Washington.
La República Argentina ha logrado revertir décadas de irrelevancia internacional mediante una apuesta de alto riesgo: la importación de la agenda de seguridad de Estados Unidos como propia. El resultado es un subcontinente donde la integración ha sido reemplazada por la alineación.
La “Doctrina de acero” impuesta por la nueva alianza sugiere que el futuro de la región no se decidirá en cumbres multilaterales de consenso, sino en acuerdos bilaterales de fuerza. Argentina se ha posicionado como el pivote indispensable, la llave maestra del Sur. Mientras Brasil observa el desmoronamiento de su periferia, Buenos Aires consolida su rol como la capital de la nueva derecha continental, asegurando que, por primera vez en el siglo XXI, los intereses del Cono Sur y los de la Casa Blanca sean, a efectos operativos, indistinguibles

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