Por Redaccion TNA
Buenos Aires, 10 de enero de 2026 – Total News Agency-TNA-. La operación militar ejecutada por Estados Unidos en Venezuela el 3 de enero de 2026 no puede explicarse únicamente por el petróleo ni por el combate al narcotráfico, ejes centrales del discurso público inicial. Si bien el factor energético formó parte del escenario, distintos análisis estratégicos coinciden en que el verdadero detonante fue la convergencia operativa de China, Irán y Rusia en territorio venezolano, un punto que para el aparato militar estadounidense cruzó el umbral de riesgo tolerable.
Fuentes de seguridad y defensa citadas por medios internacionales sostienen que este tipo de decisiones no se gestan en la arena política cotidiana, sino en el núcleo del Pentágono, donde se evalúan amenazas sistémicas. Una vez que los mandos militares concluyen que una situación representa un peligro directo para los intereses estratégicos de Estados Unidos, la definición queda prácticamente tomada y el presidente actúa como instancia de autorización formal y de explicación pública.
En ese marco, el petróleo venezolano aparece como un componente secundario. La producción de crudo del país se encuentra desde hace años en niveles reducidos, con infraestructura deteriorada y limitada capacidad de exportación. Analistas recuerdan que, si el objetivo principal hubiera sido el control energético, una intervención habría resultado más lógica en 2019, cuando la estatal PDVSA aún conservaba mayor operatividad y existía un amplio consenso internacional contra el chavismo.
El punto de quiebre fue otro. Informes de inteligencia y estudios de think tanks occidentales indican que China consolidó una presencia directa en la explotación de minerales estratégicos —tantalio, cobalto y tierras raras— en el Arco Minero del Orinoco. Estos recursos son insumos críticos para la industria tecnológica y para la fabricación de armamento avanzado, incluida la cadena de suministros del propio complejo militar estadounidense. Para Washington, la presencia china dejó de ser comercial y pasó a ser operativa.
En paralelo, Irán habría avanzado en la instalación de capacidades industriales vinculadas a la producción de drones militares con alcance ofensivo, integradas a una infraestructura permanente y no meramente logística. La cercanía geográfica de estas capacidades, a poco más de 1.200 millas del territorio continental de Estados Unidos, elevó las alertas dentro de los comandos militares, en especial por su potencial proyección en el Caribe.
A este escenario se sumó Rusia, con el despliegue de asesores militares, sistemas antiaéreos, radares y programas de entrenamiento en inteligencia y guerra electrónica. Según fuentes de seguridad regional, esta combinación configuró un ecosistema militar integrado, en el que cada actor reforzaba la posición del otro, a escasa distancia del territorio estadounidense.
El detonante final se produjo cuando el Pentágono evaluó que esa convergencia implicaba una plataforma hostil coordinada: minerales estratégicos bajo control chino, industria militar iraní operando en el hemisferio occidental y soporte ruso en inteligencia y defensa aérea. Todo ello a menos de 2.000 kilómetros del área de responsabilidad del Comando Sur de Estados Unidos.
Ese diagnóstico explica por qué los ataques no se concentraron en pozos petroleros ni refinerías, sino en bases, centros de telecomunicaciones, radares y nodos de comando del régimen. El objetivo no fue apropiarse de recursos, sino desmantelar capacidades consideradas una amenaza directa.
La dimensión mineral terminó de sellar la evaluación estratégica. En 2025, China restringió exportaciones de tierras raras en respuesta a tensiones comerciales con Estados Unidos, demostrando que estaba dispuesta a utilizar las cadenas de suministro como arma geopolítica. Venezuela, rica en esos recursos, pasó a ocupar un lugar central en ese tablero global.
Así, además del petróleo, el verdadero detonante de la intervención fue la transformación de Venezuela en un nodo donde confluyeron recursos críticos y presencia militar coordinada de potencias adversarias. El crudo funcionó como una explicación comprensible para la opinión pública; la geoestrategia, en cambio, fue el factor decisivo que empujó la operación.
Fuentes consultadas: The Washington Post; Financial Times; informes y comunicados del Departamento de Defensa de Estados Unidos; análisis del Comando Sur; artículos de Foreign Affairs y The Economist; estudios sobre el Arco Minero del Orinoco y minerales estratégicos publicados por centros de investigación internacionales.

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