Buenos Aires, 11 de enero de 2026 –Total News Agency-TNA–La rápida y estrepitosa caída del régimen de Nicolás Maduro no solo expuso las debilidades políticas y operativas del chavismo, sino que también asestó un duro golpe a la credibilidad internacional de la industria militar de Rusia y China, principales proveedores de armamento y sistemas de defensa del Estado venezolano durante la última década. La operación estadounidense del 3 de enero dejó al descubierto que buena parte del sofisticado andamiaje defensivo adquirido por Caracas colapsó en cuestión de minutos frente a un adversario con supremacía tecnológica y dominio de la guerra electrónica.
La protección del círculo más cercano de Maduro no dependía únicamente de agentes cubanos —varios de los cuales murieron durante el operativo— sino también de un entramado de radares, misiles antiaéreos y sistemas de comando y control de origen ruso y chino, adquiridos por miles de millones de dólares bajo la promesa de constituir un escudo moderno frente a amenazas occidentales. Ese esquema se derrumbó sin ofrecer resistencia efectiva.
Durante las primeras fases de la incursión, las fuerzas estadounidenses lograron degradar y cegar los sensores clave del sistema de defensa aérea venezolano, basado en tecnología suministrada por la China Electronics Technology Group. Entre los equipos neutralizados figuraban los radares tridimensionales JYL-1 y el radar de onda métrica JY-27, promocionado durante años por Beijing como un supuesto “cazador de aeronaves furtivas”. La interferencia electrónica y los ataques de precisión dejaron inutilizada esa red en pocos minutos.
La anulación de los radares impidió cualquier empleo efectivo de los sistemas antiaéreos de mayor alcance comprados a Moscú, incluidos los complejos S‑300V y Buk‑M2, concebidos para operar dentro de una defensa escalonada. Sin detección temprana ni enlaces de datos seguros, esos sistemas quedaron expuestos y sin capacidad real de respuesta.
Analistas militares coinciden en que el colapso no se explica por la falla de un componente aislado, sino por la incapacidad estructural del esquema de comando y control de diseño chino para operar bajo interferencia intensa y ataques multidominio. La doctrina defensiva venezolana, construida en torno a hardware sofisticado pero sin una integración robusta ni entrenamiento adecuado, se mostró incapaz de adaptarse a un escenario de guerra moderna.
El golpe es doble para Moscú y Beijing. Por un lado, la derrota tecnológica daña la reputación de sus sistemas en el mercado internacional, justo cuando ambos países buscan ampliar sus exportaciones de defensa como herramienta de influencia geopolítica. Por otro, pierden a un cliente que durante años pagó sumas multimillonarias por equipos presentados como “de élite”, pero que en la práctica demostraron ser vulnerables frente a capacidades occidentales.
El caso del sistema S-300VM resulta paradigmático. Vendido como un escudo casi impenetrable, tuvo un costo estimado cercano a los 2.000 millones de dólares y prometía cerrar el espacio aéreo venezolano incluso frente a misiles modernos y aeronaves furtivas. Sin embargo, en la madrugada del 3 de enero sus radares se convirtieron en blancos evidentes dentro de una guerra electrónica moderna, revelando más que ocultando su posición.
También los aviones Sukhoi de la Fuerza Aérea Venezolana, exhibidos durante años como símbolos del poder chavista, quedaron virtualmente anulados. Su operatividad dependía de radares activos y enlaces de datos que fueron neutralizados en los primeros instantes del ataque, dejándolos sin capacidad de intervención real.
El desenlace dejó en evidencia que la dictadura de Maduro gastó miles de millones de dólares sin desarrollar una doctrina moderna, adquirió sistemas complejos sin el personal debidamente capacitado y tomó decisiones basadas más en propaganda política que en escenarios reales de combate. El resultado fue la conversión de un arsenal teóricamente avanzado en chatarra estratégica, con un costo que terminó pagando el pueblo venezolano y con un impacto que ahora repercute en la imagen global de la industria armamentista de Vladimir Putin y Xi Jinping.
Fuentes consultadas:
Zonamilitar; análisis de especialistas en defensa; Reuters; AFP; medios internacionales especializados en asuntos militares y estratégicos.

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