Buenos Aires, 21 de enero de 2026-Total News Agency-TNA-La secuencia de abandonos protagonizada por Vladimir Putin en los últimos años expone una constante que atraviesa la política exterior rusa más allá de la retórica grandilocuente: Moscú construye alianzas basadas en la promesa de protección estratégica, pero carece de la capacidad —y en ocasiones de la voluntad— para sostenerlas cuando esas promesas entran en conflicto con sus intereses centrales. Siria, Venezuela, Cuba e Irán configuran hoy un mapa de lealtades rotas que revela los límites estructurales del poder ruso.
El antecedente sirio fue el laboratorio de esta dinámica. En 2015, Rusia intervino militarmente para salvar al régimen de Bashar Al-Assad, combinando bombardeos masivos, respaldo diplomático irrestricto y el uso sistemático del veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La intervención consolidó la imagen de Putin como garante de supervivencia para regímenes autoritarios bajo amenaza. Sin embargo, esa garantía estaba condicionada: cuando la invasión a Ucrania absorbió recursos, atención política y capital militar, Siria dejó de ser prioritaria. El colapso del régimen se produjo sin resistencia efectiva y la única ayuda ofrecida desde Moscú fue logística: una salida segura para el dictador derrocado.
La guerra en Ucrania, iniciada en febrero de 2022, terminó de desnudar dos debilidades centrales del proyecto geopolítico ruso. Por un lado, la incapacidad de ejecutar una campaña militar decisiva en plazos breves; por el otro, la imposibilidad de sostener múltiples frentes simultáneos. Rusia no sólo quedó empantanada en un conflicto prolongado, sino que comenzó a perder influencia periférica en regiones donde antes se presentaba como actor decisivo.
Ese mismo esquema se repitió en América Latina con la captura de Nicolás Maduro. El líder venezolano apostó su supervivencia a una red de alianzas que incluía a Rusia como sostén militar implícito. Durante años, Moscú proveyó sistemas de defensa aérea, aviones, radares y asesoramiento táctico. Oficiales rusos entrenaron a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y se exhibió una relación estratégica destinada a disuadir cualquier intervención externa. Sin embargo, cuando comandos estadounidenses ejecutaron la operación que derivó en la detención de Maduro, Rusia no reaccionó. No hubo advertencias, ni señales de inteligencia, ni evacuación de emergencia. El aliado fue dejado solo.
El error de cálculo venezolano fue doble. Primero, creer que la retórica de alianza equivalía a un compromiso operativo real. Segundo, ignorar la variable geográfica y estratégica: si Moscú no sostuvo a un aliado a 3.400 kilómetros como Damasco, resultaba ilusorio pensar que lo haría a casi 10.000 kilómetros, en el hemisferio occidental y frente a Estados Unidos. La distancia no fue sólo física, sino política.
En Cuba, el desgaste es silencioso pero profundo. La dictadura castrista atraviesa una crisis estructural marcada por el colapso energético, el deterioro social y la falta de divisas. Durante años, La Habana confió en que Rusia podría reemplazar el sostén venezolano. Ese auxilio nunca se materializó de forma significativa. Moscú no inyectó recursos suficientes ni ofreció un plan de rescate económico. El aliado histórico quedó atrapado en un ciclo de decadencia sin respaldo externo efectivo.
Irán ofrece otra variante del mismo patrón. Teherán apostó a una asociación estratégica con Rusia basada en la cooperación militar y tecnológica. Drones y sistemas iraníes fueron utilizados por Moscú en Ucrania. Pero cuando objetivos sensibles en territorio iraní fueron atacados sin aviso previo, la asistencia rusa brilló por su ausencia. La falta de alertas y de cobertura defensiva fue interpretada como un gesto de indiferencia, si no de cálculo frío: Rusia priorizó no escalar conflictos secundarios mientras intenta sostener su frente principal.
Este conjunto de episodios permite una conclusión más profunda: el poder ruso es esencialmente reactivo y defensivo, no expansivo ni protector. Su influencia se apoya más en la intimidación, la desinformación y la narrativa de alternativa al orden occidental que en una capacidad real de proyección sostenida. Cuando los costos aumentan, Moscú reduce su radio de acción y sacrifica aliados periféricos sin dudarlo.
Para América Latina, la lección es particularmente relevante. Venezuela y Cuba ya experimentaron las consecuencias de confiar en un garante distante y debilitado. Nicaragua, que aún mantiene una retórica de cercanía con el Kremlin, probablemente enfrente el mismo destino cuando su estabilidad interna se vea seriamente comprometida.
El caso ruso demuestra que las alianzas basadas en discursos antioccidentales y promesas de protección suelen desmoronarse cuando llega la prueba decisiva. Putin no abandona por traición ideológica, sino por limitación estructural. Su capacidad para sostener imperios ajenos es menor que su ambición por preservar el propio. Quienes aún buscan refugio bajo el paraguas del Kremlin harían bien en observar la secuencia completa: la promesa, la espera y, finalmente, el abandono.
Fuentes consultadas: análisis geopolítico internacional, antecedentes de la guerra en Siria y Ucrania, información judicial y de seguridad sobre Venezuela, reportes sobre la situación en Cuba e Irán, agencias internacionales y medios especializados.

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