Gaza / Washington, 28 de enero de 2026 – Total News Agency-TNA-El anuncio del inicio de la fase dos del alto el fuego en Gaza fue presentado por los impulsores del acuerdo como un paso decisivo hacia la estabilización y la transición del conflicto armado a un esquema de gobernanza civil. Sin embargo, crecientes análisis estratégicos advierten que el plan descansa sobre una premisa errónea: la idea de que el orden administrativo y la supervisión internacional pueden preceder y sustituir la resolución militar de una guerra que sigue inconclusa.
El enviado presidencial de Estados Unidos, Steve Witkoff, explicó que esta nueva etapa contempla la transferencia de la autoridad en Gaza a un Comité Nacional para la Administración del enclave, integrado por 15 tecnócratas palestinos encabezados por Ali Shaath, bajo la supervisión de una Junta de Paz internacional presidida por el presidente Donald Trump. En los términos oficiales, se trata de un pasaje de la guerra a la gobernanza, con énfasis en reconstrucción, gestión de servicios básicos y estabilización institucional.
No obstante, especialistas en seguridad regional señalan que la arquitectura propuesta, aunque ordenada en el plano formal, ignora una constante histórica en Medio Oriente: los conflictos no terminan mediante comités ni estructuras transicionales si la fuerza armada que los originó no ha sido derrotada o neutralizada. En ese sentido, el núcleo del problema en Gaza no sería la falta de mecanismos administrativos, sino la permanencia de Hamas como organización armada, cohesionada y con un objetivo estratégico intacto.
Mientras Hamas conserve su estructura militar y su capacidad de coerción sobre la población, cualquier autoridad civil instalada en Gaza operará bajo su sombra. La experiencia regional muestra que los tecnócratas no desplazan a movimientos yihadistas armados, sino que suelen coexistir con ellos, adaptarse a su presencia o terminar absorbidos por su lógica de poder. La disputa no gira en torno a la gestión del saneamiento, la electricidad o la ayuda humanitaria, sino a la supervivencia de una fuerza armada que no ha aceptado la derrota.
Desde esta óptica, la fase dos del alto el fuego aparece más como un congelamiento del conflicto que como su cierre. Los ceses al fuego y los acuerdos transicionales tienden a aplazar la violencia, no a erradicarla, especialmente cuando se confunden con un final definitivo. Cuando el equilibrio de poder subyacente permanece intacto, la reanudación del conflicto se vuelve una cuestión de tiempo.
Evaluaciones de inteligencia israelíes sostienen que Hamas, pese a haber sufrido daños significativos, aún contaría con alrededor de 20.000 combatientes y acceso a hasta 60.000 rifles. Estas cifras describen a una fuerza armada organizada, no a un remanente marginal. Bajo estas condiciones, el componente de desarme previsto en la fase dos enfrenta un obstáculo central: el propio Hamas ha manifestado que no tiene intención de entregar las armas y concibe el alto el fuego como una pausa operativa para reorganizarse.
La Junta de Paz tendría la misión de supervisar el desarme de actores armados no autorizados y el desmantelamiento de infraestructura militar. Sin embargo, analistas advierten que, mientras los actores internacionales discuten esquemas de reconstrucción e inversión, Hamas aprovecha el tiempo para recolectar inteligencia, evaluar despliegues israelíes y prepararse para una eventual nueva escalada.
Este patrón no resulta excepcional en la región. Los movimientos armados que sobreviven a una guerra suelen interpretar los ceses al fuego como una confirmación de que la resistencia funciona. Cada avance en gobernanza sin desarme efectivo refuerza la percepción de que la violencia puede coexistir con dividendos políticos. En Medio Oriente, subrayan los especialistas, la legitimidad política emana de la fuerza demostrada, no del proceso administrativo.
La crítica de fondo apunta a que la fase dos evita responder la pregunta central de toda guerra: quién ganó y quién perdió. Al priorizar la gestión sobre la derrota del actor armado, el plan corre el riesgo de erosionar la disuasión y sentar las bases para un conflicto futuro. La reconstrucción, los fondos y las instituciones pueden avanzar, pero mientras decenas de miles de armas sigan en manos de Hamas, Gaza podría transformarse en un escenario mejor financiado y más organizado para la próxima crisis, en lugar de cerrar definitivamente la anterior.
Fuentes consultadas:
Análisis de seguridad regional; evaluaciones de inteligencia israelíes; declaraciones oficiales del Departamento de Estado de Estados Unidos; antecedentes históricos de procesos de alto el fuego en Medio Oriente; artículos de opinión y análisis estratégicos internacionales.

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