Por Enrique Guillermo Avogadro
“La guerra es el arte de destruir hombres, la política es el arte de engañarlos.”
Jean le Rond d’Alembert
El inusual período de ‘pax mileísta’ se vio sacudido por la licitación de una empresa privada para comprar los caños para construir un gasoducto hasta la costa atlántica. Con una precio inferior – 40% -, triunfó una gran compañía india. Techint, la multinacional italo-argentina que, tardíamente, ofreció reducir su cotización hasta igualarlo, reaccionó con furia. Se reabrió así el debate entre los aperturistas, con el Gobierno como portaestandarte, y los proteccionistas que, como siempre, apelan al cuidado de la industria y del empleo, pero sus argumentos se vieron perjudicados tanto por la enorme diferencia cuanto porque ambas empresas importan su materia prima (la chapa) de China y Brasil, respectivamente.
Si bien es cierto que la cancha está aún inclinada contra los productores locales por los gravosos impuestos, la deficiente infraestructura vial y la obsoleta legislación laboral, nada – salvo los recientes antecedentes de corrupción rampante – puede justificar tamaña variación, especialmente en un país en que todos estamos hartos de empresarios que sólo saben cazar en el zoológico y pescar en la bañadera, para vendernos malo y caro.
En estos días de tambores bélicos que retumban desde el Golfo Pérsico y el Caribe, Taiwan festeja la purga desatada por Xi Jinping sobre la cúpula del Ejército, ya que llevará tiempo recomponerla y China pueda volver a su política de hostigamiento. Donald Trump, empeñado en dejar su huella antes de que el tiempo lo expulse del Salón Oval, amenaza con atacar Irán por su programa nuclear, su industria misilística y su apoyo a milicias desestabilizadoras. Tanto como sucedió en las vísperas de la extracción de Nicolás Maduro de Caracas, al Presidente de EEUU le quedan pocas opciones fáciles, y ninguna de ellas incluye retirarse después de ejecutar este inmenso despliegue aeronaval.
La primera es ordenar ataques selectivos y precisos contra las bases de la terrorista Guardia Revolucionaria (CGRI), sitios de misiles y el programa nuclear; o sea, bajas civiles mínimas, derrocamiento del régimen debilitado y una transición a la democracia, con Irán reintegrándose al mundo, pero Irak y Libia vieron caer dictadores para dar paso a épocas de caos y sangre. En otra, parecida a la de Venezuela pero impensable por las gigantescas disimilitudes entre ambos regímenes, el poder actual sobrevive pero se modera: una acción rápida de EEUU lo deja en pie, aunque forzado a cortar el apoyo a sus milicias proxys, frenar sus programas nucleares y balísticos, y relajar la represión; no contenta a los iraníes que anhelan libertad, pero evita el colapso. En la tercera, el régimen cae pero es sustituido por una junta militar; las protestas erosionaron su poder, pero el Estado profundo de seguridad defiende el statu quo con brutalidad.
El escenario más temido es el caos tras el derrumbe, con una guerra civil motivada en tensiones étnicas (kurdos, baluchis) en un país de 93 millones de habitantes. Qatar y Arabia Saudita ven cercana una pesadilla humanitaria y millones de refugiados. Israel celebraría el fin del régimen, pero nadie quiere un Irán fragmentado. En Medio Oriente, como en Latinoamérica, el vacío de poder invita al desastre.
Pero también pueden producirse represalias iraníes contra las fuerzas y los aliados de EE.UU. Teherán no iguala el poder aeronaval de Trump, pero tiene miles de misiles y drones, y las bases de EEUU en Bahrein, Qatar o Jordania e infraestructuras como las saudíes de 2019, lo experimentarían. Los aliados árabes tiemblan, porque esa respuesta elevaría el precio del petróleo. Los ayatollahs podrían minar el estrecho de Ormuz, una amenaza latente desde la guerra entre Irak e Irán; es un cuello de botella que podría bloquearse para el 25% del petróleo y GNL mundiales. Irán ya practicó despliegues rápidos; el comercio global sufriría y los precios se dispararían. Otra posibilidad sería el hundimiento de buques de EEUU con “ataques de enjambre”, con drones explosivos y lanchas rápidas abrumando las defensas; la Armada del CGRI, experta en asimetrías, podría lograrlo, humillando así a EE.UU como sucedió con el USS Cole (2000) y el USS Stark (1987).
Estos escenarios muestran la extrema imprevisibilidad actual: con una inmensa flota aeronaval preparada, Trump está obligado a actuar, aunque desate consecuencias globales, para no perder más apoyo interno, como el que ya sufre por la brutal política anti-inmigratoria y la debilidad del dólar, que ponga en mayor riesgo aún su actual control del Capitolio en las elecciones legislativas de noviembre; si las perdiera, el efecto – que podría incluir un impeachment – repercutirá también en la Argentina, aliada incondicional del Presidente, a cuyo apoyo financiero tanto debemos.
En cambio, donde seguramente obtendrá éxito será en su enfrentamiento incruento contra el régimen marxista de Cuba, ya que sus presiones sobre el gobierno de México (Claudia Sheinbaum) han producido el estrangulamiento total del único cordón umbilical – el regalo de petróleo, que también le hacía Venezuela hasta hace pocos días, tras la obligada deserción de Rusia e Irán – que permite sobrevivir a Miguel Díaz-Canel, el criminal continuador del castrismo, jaqueado por la terminal crisis socio-económica, agravada por los diarios apagones de veinte horas de duración.

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