Ciudad de Buenos Aires, enero de 2026 – Total News Agency-TNA-Detrás de la iconografía heroica del espionaje soviético y ruso, cultivada durante décadas por la propaganda estatal y revitalizada bajo el poder de Vladimir Putin, existe una realidad mucho más cruda y devastadora: vidas construidas sobre la mentira, identidades robadas, familias destruidas y niños criados en un engaño total. Esa dimensión humana —habitualmente ausente del análisis geopolítico— es el eje central de la investigación reconstruida por Daniel Arjona, a partir del trabajo del corresponsal británico Shaun Walker, quien documentó un siglo de operaciones del KGB y su heredero, el SVR.
La historia de los llamados ilegales —espías sin cobertura diplomática, entrenados para mimetizarse por completo en sociedades extranjeras— no comienza con la Guerra Fría ni termina con la caída de la Unión Soviética. Es un programa que atraviesa generaciones, muta con los regímenes y sobrevive hasta la Rusia contemporánea, aunque cada vez con menor eficacia operativa y mayor costo humano.
El punto de partida narrativo de Walker es una escena real que sintetiza esa tragedia. En junio de 2010, en una tranquila casa de Cambridge, Estados Unidos, una familia celebraba un cumpleaños cuando un operativo del FBI desmanteló una vida entera. Don Heathfield y Ann Foley, un consultor tecnológico y una agente inmobiliaria, no eran quienes decían ser. En realidad se trataba de Andréi Bezrukov y Elena Vavilova, agentes del SVR que llevaban décadas infiltrados en Occidente.
Sus hijos, criados como ciudadanos norteamericanos, desconocían por completo que su infancia había sido una construcción diseñada en Moscú. No se trataba de una omisión puntual: toda su identidad —nombre, nacionalidad, historia familiar— era falsa. Walker subraya que el trauma no residió solo en la detención de los padres, sino en la implosión de la verdad misma. Lo que creían ser dejó de existir en cuestión de minutos.
Según expone Arjona, el programa de ilegales exigía una subordinación absoluta de la vida privada a la misión. El mandato del Estado era explícito aunque nunca escrito: la paternidad, la ética y la verdad quedaban siempre por detrás del deber hacia la “Madre Patria”. Tener hijos no era un atenuante moral, sino una herramienta operativa más, aun cuando eso implicara un daño psicológico irreversible.
Walker entrevistó a hijos de espías que crecieron en ese universo. El patrón se repite: padres afectuosos en lo cotidiano, pero incapaces de anteponer a sus hijos frente a la misión. Las conversaciones posteriores a las detenciones estuvieron atravesadas por una pregunta imposible de responder: ¿por qué decidieron tener hijos sabiendo que toda su vida sería una mentira?. La conclusión, dura y persistente, es que el trabajo siempre tuvo prioridad.
La investigación también desmonta el mito del superespía omnipotente. En la cultura soviética y rusa, la figura del agente perfecto fue elevada a categoría heroica, especialmente a través de personajes como Stirlitz. Sin embargo, los archivos revisados por Walker muestran una realidad muy distinta: misiones irrelevantes, información banal y un aparato burocrático que se retroalimentaba de su propio mito.
Con el paso de las décadas, el programa se fue degradando. Los primeros ilegales de la era bolchevique eran militantes ideológicos, cosmopolitas, habituados a la clandestinidad. En un contexto donde la joven Unión Soviética carecía de relaciones diplomáticas, el sistema resultó eficaz. Pero a medida que el Estado se cerró sobre sí mismo, el programa se volvió caro, lento y torpemente ineficiente.
Uno de los métodos más perturbadores fue el del doble muerto: apropiarse de la identidad de bebés fallecidos en países occidentales, aprovechando registros civiles laxos de mediados del siglo XX. Así “renacieron” identidades como Don Heathfield o Ann Foley, nombres de niños muertos que fueron reutilizados durante décadas. La construcción de estas identidades implicaba años de entrenamiento obsesivo, aprendizaje de idiomas, hábitos culturales y una vigilancia extrema incluso dentro de Rusia, donde los aspirantes tenían prohibido hablar su lengua materna.
El resultado raramente justificaba la inversión. Walker documenta casos de ilegales que pasaron años trabajando como mensajeros, fotógrafos o empleados administrativos, sin acceder jamás a información estratégica relevante. La vida del ilegal moderno se parecía más a una novela de John le Carré que a una película de acción: espera interminable, paranoia constante, burocracia y miedo permanente a ser descubierto.
Un caso emblemático es el de Mijaíl Vasenkov, quien vivió durante años en Perú y luego en Nueva York bajo una identidad falsa. Tras décadas de infiltración, su aporte real fue mínimo. Walker se pregunta qué podía motivar a jóvenes soviéticos brillantes a elegir ese camino. La respuesta aparece una y otra vez: era una de las pocas vías para salir del país, viajar y acceder a un estatus de élite, aun sin conocer de antemano el costo real.
En ese engranaje, América Latina ocupó un rol central. Desde los años treinta hasta la actualidad, la región funcionó como un verdadero vestuario de identidades. La combinación de inmigración europea, diversidad étnica y registros incompletos permitió a los servicios soviéticos y rusos construir leyendas creíbles. Walker explica que un agente podía encontrar el rastro de un niño nacido décadas atrás de padres italianos o alemanes en la región, y con esa partida de nacimiento reaparecer legalmente como ciudadano sudamericano.
El libro recuerda episodios históricos notables, como el de Iósif Grigulévich, quien llegó a ser embajador de Costa Rica ante Italia y el Vaticano bajo una identidad falsa. Pero no se trata de una táctica extinguida. En 2022, una pareja detenida en Eslovenia vivía como una familia argentina común, con hijos escolarizados, hasta que se comprobó que eran agentes rusos encubiertos.
Walker vincula este universo de autoengaño con uno de los mayores errores estratégicos del Kremlin contemporáneo: la invasión a Ucrania. Convencido de que redes de durmientes y una supuesta simpatía prorrusa facilitarían la ocupación, Putin ignoró informes que contradecían esa visión. El resultado fue un fracaso de inteligencia comparable, según el autor, al error de Iósif Stalin en 1941, cuando desoyó las advertencias previas a la invasión nazi.
En los primeros días de la guerra, circularon rumores sobre espías infiltrados en pueblos ucranianos. Pero la insurrección interna nunca ocurrió. El sistema de inteligencia, atrapado en una lógica autoritaria, terminó diciéndole al poder lo que quería escuchar, sustituyendo la realidad por una fantasía imperial.
Walker concluye que en la era de la biometría, las redes sociales y la inteligencia artificial, crear ilegales como los de la Guerra Fría es casi imposible. Aun así, el Kremlin persiste. No por la eficacia comprobada del programa, sino por su valor simbólico. En la lógica del poder ruso, un solo éxito potencial justifica cientos de identidades destruidas, matrimonios ficticios y niños condenados a crecer en la mentira.
La investigación que Daniel Arjona rescata y amplifica expone así una verdad incómoda: el espionaje ruso no es solo una herramienta geopolítica, sino una maquinaria que convierte a seres humanos en piezas descartables, capaces de sacrificar su identidad, su moral y hasta a sus propios hijos en nombre de un Estado que nunca rinde cuentas. Un siglo después, el programa de los ilegales persiste, no como prueba de grandeza, sino como símbolo de decadencia y autoengaño.
Fuentes consultadas:
Investigación periodística de Daniel Arjona; libro Los ilegales: La historia nunca contada del programa de espionaje más secreto de Rusia de Shaun Walker; archivos históricos del KGB y SVR; testimonios recogidos por medios internacionales; análisis académicos sobre inteligencia y seguridad internacional.

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