Buenos Aires-17 de febrero de 2026-Total News Agency-TNA- El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, endureció la presión pública sobre Ucrania para que se siente “rápidamente” a negociar con Rusia, en la antesala de una nueva ronda de conversaciones en Ginebra impulsadas por Washington. El mensaje de la Casa Blanca llegó en un contexto de máxima tensión militar: horas antes del inicio del encuentro, Rusia lanzó un ataque masivo contra infraestructura energética ucraniana en múltiples regiones, profundizando la estrategia de guerra contra el sistema eléctrico en pleno invierno y reforzando el patrón de golpes sobre objetivos críticos que Kiev denuncia como una forma de extorsión bélica.
Trump formuló su advertencia a bordo del avión presidencial, rumbo a Washington, y buscó instalar que el acuerdo sería “muy fácil” si Ucrania acepta participar sin dilaciones. “Más vale que Ucrania se siente a la mesa rápidamente”, transmitió ante periodistas, al presentar la cita en Suiza como “conversaciones importantes” y asegurar que su administración está “en posición” de conducir el proceso. La declaración, sin embargo, volvió a encender alertas en Kiev, donde funcionarios ucranianos vienen señalando que la mayor presión diplomática recae sobre el país invadido, mientras Moscú mantiene exigencias territoriales y políticas de máxima que equivalen, en los hechos, a imponer condiciones de rendición.
La ronda de Ginebra se desarrolló tras dos instancias previas de contactos mediadas por Estados Unidos en Abu Dabi, que dejaron gestos parciales —principalmente en cuestiones humanitarias— pero ningún avance decisivo hacia un alto el fuego sostenible. La cuestión territorial sigue siendo el núcleo del conflicto: Rusia pretende consolidar el control sobre zonas ocupadas desde la invasión iniciada en febrero de 2022 y reclama, además, un reconocimiento político de sus anexiones. Ucrania, en cambio, sostiene que la soberanía no se negocia bajo coerción militar y que cualquier definición sobre territorio debe resolverse en el nivel de los líderes y con garantías de seguridad creíbles, no en “arreglos técnicos” que congelen una ocupación.
En paralelo al empuje negociador, el frente bélico volvió a imponer su lógica. En la madrugada del martes, Rusia ejecutó una ofensiva coordinada con drones y misiles contra instalaciones energéticas en al menos una docena de regiones de Ucrania, con daños relevantes en nodos de suministro eléctrico y calefacción, víctimas entre trabajadores del sector y cortes que afectaron a decenas de miles de personas. Para Kiev, la secuencia es un mensaje político: incluso en vísperas de conversaciones patrocinadas por Washington, el Kremlin mantiene la prioridad militar de debilitar la capacidad de resistencia ucraniana atacando su red crítica y castigando a la población civil.
El presidente ucraniano, Volodimir Zelensky, había advertido en las últimas horas que la inteligencia de su país detectaba preparativos para un “ataque masivo” contra la infraestructura energética. Tras los bombardeos, reforzó su argumento: no se puede frenar a Vladimir Putin con gestos simbólicos ni con concesiones bajo amenaza. Desde su entorno subrayan que repetir errores del pasado —ceder territorio a cambio de promesas— sólo alimentaría nuevas ofensivas, porque la guerra no se originó por una disputa administrativa sino por el intento ruso de rediseñar fronteras por la fuerza.
La delegación estadounidense llegó a Ginebra con la instrucción de empujar un marco de compromiso. Trump enviará a su emisario principal, Steve Witkoff, y sumará a Jared Kushner, yerno del mandatario y exasesor con influencia en misiones sensibles. Rusia designó como jefe de delegación a Vladimir Medinski, un dirigente identificado con la línea dura del relato oficial sobre la guerra. Ucrania se presentó con Rustem Umerov, responsable del Consejo de Seguridad Nacional, acompañado por otros funcionarios. El armado anticipa una mesa compleja: los representantes rusos llegan con mandato de discutir “territorio y condiciones”, mientras los ucranianos priorizan garantías, seguridad, mecanismos humanitarios y un marco que no legitime la ocupación.
En ese tablero surgió, además, una propuesta atribuida a Washington para crear una “zona franca” o área de libre comercio en territorios en disputa como fórmula transicional. La idea busca, en teoría, bajar el nivel de fricción al separar soberanía de actividad económica. Ucrania respondió con cautela: admite debatir esquemas prácticos, pero insiste en que cualquier mecanismo debe preservar explícitamente su soberanía y no convertirse en una pantalla para consolidar hechos consumados. Para Kiev, congelar líneas actuales del frente podría ser un paso inicial si se acompaña de garantías y de un cese verificable de ataques, algo que Rusia no ha aceptado en los términos planteados por la parte ucraniana.
La lectura ucraniana, reforzada por los bombardeos sobre la red eléctrica, es que Rusia negocia desde la coerción: usa misiles y drones como herramienta de presión para arrancar concesiones políticas. Bajo esa lógica, el “apuro” que exige Trump corre el riesgo de traducirse en presión sobre la parte agredida para aceptar pérdidas territoriales, mientras el agresor retiene sus ganancias de guerra. En Ucrania repiten que la paz sólo puede sostenerse si se construye desde la fuerza defensiva, con respaldo internacional y costos reales para el invasor, y no a partir de fórmulas que premien la agresión.
Con la guerra aún activa y el sistema energético nuevamente bajo ataque, la ronda de Ginebra se abre con un dato insoslayable: el principal obstáculo no es la ausencia de diálogo, sino la brecha entre las exigencias expansivas de Moscú y la negativa de Kiev a transformar una invasión en un nuevo mapa permanente. La presión estadounidense, el pulso del campo de batalla y la resistencia ucraniana a ceder territorio marcarán el clima de una negociación que, por ahora, se mueve más por expectativas políticas que por señales concretas de cambio ruso.





