Buenos Aires-20 de febrero de 2026-Total News Agency-TNA- La vicepresidenta Victoria Villarruel volvió a marcar distancia del rumbo económico del gobierno de Javier Milei y cuestionó públicamente la apertura de importaciones, al advertir que una liberalización “total y libre” puede empujar a la Argentina a depender “hasta en lo más mínimo” de China, a la que definió como “un país comunista”. El pronunciamiento, difundido en un mensaje en X, se produjo al calor de dos hechos que tensaron el debate público: el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos que anuló los aranceles globales aplicados por Donald Trump, y el cierre anunciado de la fábrica de neumáticos FATE, señalado por el sector industrial como un caso testigo del impacto de la competencia importada.
En su publicación, Villarruel interpretó la anulación judicial de los aranceles de Trump como un golpe a políticas de producción y radicación de empresas en Estados Unidos, y la usó como espejo para cuestionar el enfoque doméstico. “Sin empleo nacional y sin producción nacional no hay políticas reales de gobierno”, sostuvo, antes de plantear una comparación de prioridades: “Para Trump primero está Estados Unidos; para mí, primero está la Argentina”. El mensaje, además de fijar posición, expuso un contraste con la línea oficial de apertura comercial y desregulación, uno de los ejes identitarios del programa libertario.

La vicepresidenta profundizó la crítica al sostener que la apertura irrestricta “solo favorece la dependencia de China y profundiza las emergencias económicas y sociales”, y llamó a no resignar el perfil productivo: “Tenemos todo para ser una potencia mundial. No debemos conformarnos con ser un país de servicios”. Remató su argumento con una dicotomía que busca encuadrar el debate en términos ideológicos: “En definitiva estamos hablando de Nacionalismo o Globalismo”. La intervención no pasó inadvertida dentro del oficialismo porque suma un capítulo más a una secuencia de señales políticas en las que Villarruel exhibe agenda propia y un discurso con anclaje en industria, empleo y soberanía económica.
El disparador externo fue el fallo en Estados Unidos. En una decisión 6-3, la Corte Suprema invalidó el uso de poderes de emergencia para imponer gravámenes masivos a las importaciones, al concluir que la herramienta legal invocada no habilitaba al Ejecutivo a crear impuestos de esa magnitud. El pronunciamiento no solo condiciona la arquitectura comercial de la administración Trump, sino que reavivó discusiones regionales sobre proteccionismo, cadenas de valor y reindustrialización, y permitió que el mensaje de Villarruel encontrara un marco internacional para reforzar su argumento: sin protección o política industrial, el mercado doméstico queda más expuesto a competidores de escala global.
La dimensión local se volvió más concreta con el caso FATE. La vicepresidenta vinculó su postura con el contexto de cierres y tensiones industriales, y el sector autopartista aportó una advertencia en la misma dirección. El presidente de AFAC, Juan Cantarella, describió que una apertura “muy abrupta” puede generar efectos inmediatos cuando el “timing” no acompaña el proceso de mejora de competitividad. En esa lectura, la liberalización de importaciones, aplicada a un ritmo que supera la capacidad de adaptación de costos, logística y productividad, acelera el estrés sobre plantas con márgenes ajustados y eleva el riesgo de recortes o cierres.
El argumento de la “dependencia china” también se apoya en números duros del comercio bilateral. Los últimos informes del INDEC confirman que China es un actor dominante del lado de las compras externas y un origen central de presión competitiva para sectores sensibles. En el acumulado de 2025, el intercambio con China arrojó el saldo negativo más alto entre los principales socios: un déficit de US$ 8.155 millones, con exportaciones por US$ 9.799 millones (11,3% del total) e importaciones por US$ 17.954 millones (23,7% del total). La asimetría refleja, por un lado, la concentración argentina en ventas primarias y, por el otro, la penetración de manufacturas e insumos chinos en el mercado local.
En el arranque de 2026, la fotografía general del comercio exterior argentino mostró superávit, pero con desequilibrios puntuales que refuerzan el debate. Según el INDEC, en enero la balanza comercial registró un superávit de US$ 1.987 millones, con exportaciones por US$ 7.057 millones e importaciones por US$ 5.070 millones. El saldo positivo fue impulsado por mayores exportaciones y una baja interanual de importaciones, aunque las cámaras industriales advierten que una eventual reactivación con importaciones creciendo rápido puede reabrir tensiones sobre producción local, especialmente si los flujos se concentran en bienes finales de bajo precio y alto volumen desde Asia.
La irrupción de Villarruel en la discusión agrega un componente político a una agenda que ya venía cargada de disputas técnicas. En el Gobierno, la apertura es defendida como instrumento para bajar precios, disciplinar márgenes y modernizar la economía. En el mundo industrial, se reclama secuenciación y señales de protección transitoria o de estímulo a la productividad para evitar cierres en la transición. Con su mensaje, la vicepresidenta eligió pararse del lado de quienes temen una apertura sin red y puso el foco en la geopolítica del abastecimiento: menos industria local, mayor dependencia de China. El dato no menor es que lo hizo en un momento en que el oficialismo necesita cohesión política para sostener su programa económico y su frente legislativo, mientras crecen los costos sociales y sectoriales de las reformas.
Fuentes consultadas: Coberturas y documentos oficiales sobre el posteo de Victoria Villarruel, el fallo de la Corte Suprema de Estados Unidos sobre aranceles y los datos de comercio exterior de INDEC. (Agencia Noticias Argentinas)
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