Por RR
Buenos Aires-20 de febrero de 2026-Total News Agency-TNA- El paro general de 24 horas convocado por la Confederación General del Trabajo (CGT) dejó una postal repetida —transporte detenido, actividad frenada y comercios a media persiana— pero su impacto más profundo quedó en una cifra que atraviesa a todos, incluso a quienes no pudieron elegir: según una estimación preliminar del Instituto de Economía de UADE (INECO), la medida significó una pérdida de $696.268 millones, equivalente a unos US$ 489 millones. En otras palabras, un día entero en el que la economía dejó de girar con normalidad y en el que el costo recayó, como siempre, en el bolsillo de familias y empresas que viven al día.
El informe calculó que el monto equivale al 0,8% del PBI estimado para todo febrero y a 17,3% de lo que el país habría producido en una jornada típica. El número es relevante no solo por su magnitud, sino por lo que revela: cuando el sindicalismo elige la paralización total como herramienta política, el resultado práctico es una transferencia inmediata de pérdida hacia la sociedad. Se pierde producción, se pierden ventas, se pierden turnos médicos y clases, se pierden horas que no vuelven; y, a la vez, se agranda la cuenta de un Estado que recauda menos justo cuando más demanda social enfrenta. En síntesis, los sindicalistas solo producen pérdidas para el país y riqueza personal.
En el desglose, el transporte aparece como el gran multiplicador del daño. Con colectivos, trenes y subtes interrumpidos, se cortó la circulación de trabajadores, estudiantes y consumidores, y se frenó la logística mínima para sostener actividad. INECO sostuvo que, si el transporte hubiera funcionado, el impacto habría sido drásticamente menor, con una pérdida estimada en torno a US$ 180 millones. La conclusión es directa: cuando la dirigencia sindical bloquea la movilidad, no “presiona” únicamente a un gobierno; inmoviliza el ingreso de millones de hogares y corta la facturación del pequeño comercio que depende del movimiento diario.
Los sectores más castigados se repartieron entre servicios y producción de bienes. En servicios, el subtotal estimado trepó a $360.356 millones, con fuerte golpe en enseñanza, servicios sociales y salud ($110.759 millones), seguido por comercio mayorista y minorista ($50.190 millones), administración pública ($43.906 millones) y hoteles y restaurantes ($29.671 millones). En bienes, el subtotal fue de $218.969 millones, encabezado por industrias manufactureras ($139.105 millones), construcción ($67.901 millones) y explotación de minas y canteras ($11.963 millones). Detrás de cada rubro hay escenas concretas: fábricas con líneas apagadas, obras paradas, turnos cancelados, reservas caídas, ventas que no se recuperan y sueldos que, al final del mes, no se estiran.
El Estado también perdió, y rápido. El cálculo preliminar ubicó en $16.063 millones la recaudación que se dejó de percibir en una sola jornada por impuestos netos de subsidios. Y ahí el paro muestra su costado más incómodo: el sindicalismo que dice defender a los trabajadores termina recortando recursos públicos que sostienen a los más vulnerables. La comparación es elocuente: con esa recaudación perdida se podrían haber cubierto 124.426 Asignaciones Universales por Hijo (AUH) o el pago íntegro de 37.420 jubilaciones mínimas, según la estimación citada. En un país con necesidades urgentes, resignar ese flujo por una pulseada política deja un saldo social difícil de justificar.
El contraste con el costo de vida vuelve todavía más áspera la discusión. Un informe del CESyAC estimó que una familia tipo en Ciudad de Buenos Aires necesita cerca de $93.978,47 por día para cubrir gastos básicos. Puesto en perspectiva, la pérdida total atribuida al paro equivale al presupuesto diario de 7,4 millones de familias. No es un dato abstracto: es el equivalente a millones de heladeras que se llenan o se vacían según si el país trabaja o se detiene.
El paro, además, golpeó de lleno a la conectividad del país con el mundo. La huelga afectó vuelos y operaciones aeroportuarias, con cancelaciones masivas informadas por aerolíneas y un impacto que se derrama sobre turismo, negocios y cadenas logísticas. En simultáneo, los puertos y nodos exportadores sintieron la tensión de una economía que depende de cada ventana operativa para sostener divisas y actividad. El resultado fue un día donde el reloj siguió corriendo, pero la producción no.
En términos políticos, la CGT planteó el paro como rechazo a la reforma laboral que se debatía en Diputados, pero el costo concreto quedó repartido entre quienes menos margen tienen para absorberlo: trabajadores informales, cuentapropistas, pymes, comercios de barrio y usuarios que perdieron servicios esenciales. Aun con diferencias ideológicas legítimas, la evidencia económica vuelve a dejar una marca: cuando la dirigencia sindical elige la parálisis, lo que se multiplica no es el bienestar, sino la pérdida. Y esa pérdida, en la Argentina real, siempre termina siendo colectiva.
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