Buenos Aires-22 de febrero de 2026-Total News Agency-TNA- Estudiantes de varias universidades de Teherán retomaron este sábado las protestas contra la República Islámica, en el primer día del nuevo semestre académico, con cánticos que volvieron a desafiar abiertamente al poder clerical. En distintos puntos de la capital se escucharon consignas como “muerte al dictador” y, en algunos casos, mensajes favorables al retorno de la monarquía, entre ellos “viva el shah”. Las manifestaciones incluyeron homenajes a víctimas de la represión y derivaron en episodios de tensión y enfrentamientos en campus donde también se movilizaron grupos afines al régimen.
La escena se repitió en la Universidad Tecnológica Sharif, la Universidad Politécnica Amir Kabir y la Universidad de Teherán, entre otras casas de estudio. Medios vinculados al aparato oficial reconocieron concentraciones y admitieron que una convocatoria que, en principio, se presentaba como marcha silenciosa derivó en consignas políticas tras la presencia de personas encapuchadas. En paralelo, cadenas de la diáspora y plataformas con sede fuera del país difundieron imágenes de multitudinarias concentraciones, con alumnos coreando eslóganes contra el liderazgo y exigiendo cambios profundos.
Las protestas se enmarcan en una dinámica de duelo y memoria que tiene un peso particular en la cultura chiita: el cumplimiento de los 40 días desde los episodios más sangrientos de la última ola de movilizaciones, cuyo punto crítico se registró a comienzos de enero. En esa cronología, grupos defensores de derechos humanos y medios internacionales describen una represión de gran escala, con denuncias de miles de muertos y detenciones masivas, en el contexto de un movimiento que comenzó como protesta por la crisis económica y rápidamente se transformó en una contestación frontal al régimen.
En la Universidad Amir Kabir, los cánticos incluyeron juramentos de resistencia “hasta el final” y homenajes a compañeros caídos, en un clima cargado de emoción y desafío. En algunos campus se reportaron choques con sectores progubernamentales y con milicias asociadas a la estructura de control del régimen. En la Universidad Sharif, reportes periodísticos consignaron incidentes con lanzamiento de piedras y forcejeos en los alrededores, en una señal de que el aparato de contención sigue activo, aunque el régimen pareció intentar evitar imágenes de una represión total dentro de centros educativos de alta visibilidad.
Fuera de los campus, el malestar también se expresó en otras zonas del país. En algunas localidades, nuevas protestas se dispararon por detenciones de activistas y docentes, reactivando consignas contra el líder supremo y el núcleo duro del poder. La combinación de crisis económica, duelo por muertos recientes y regreso a clases funcionó como catalizador: la universidad, históricamente uno de los termómetros políticos de Irán, volvió a convertirse en plaza pública, con un mensaje que ya no se limita a reformas puntuales.
El régimen, como en episodios previos, buscó encuadrar la protesta como “disturbios” y atribuyó su origen a conspiraciones externas, señalando a Estados Unidos e Israel como instigadores. Ese relato oficial choca con el tono y el contenido de los cánticos estudiantiles, que apuntan directamente contra la conducción del Estado y la arquitectura de poder religioso. En los hechos, la respuesta discursiva revela una debilidad recurrente: cuando el reclamo social se vuelve masivo y transversal, el régimen suele optar por criminalizarlo antes que reconocer su raíz doméstica.
La reaparición de manifestaciones universitarias agrega presión a una coyuntura ya encendida por tensiones internacionales y por el deterioro económico interno. En el plano social, la protesta estudiantil combina rabia y duelo, y vuelve a exponer una fractura generacional profunda: jóvenes que no solo piden alivio material, sino también dignidad y libertades, frente a un sistema que responde con vigilancia, propaganda y castigo. Para el poder clerical, la calle universitaria es un riesgo doble: por su capacidad de contagio y por su potencia simbólica, al mostrar que incluso espacios tradicionalmente vigilados siguen dispuestos a desafiar el miedo.





